El líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció en las primeras horas del 5 de junio de 2026. La noticia sacudió a millones que encontraron en sus letras una brújula para habitar el desconcierto. Como ocurrió con Spinetta, Cerati o Luca Prodan, el impacto emocional desborda cualquier análisis frío: el estado de ánimo de una nación entera quedó prisionero de la melancolía.
La madrugada del viernes 5 de junio de 2026 arrasó con una certeza que muchos preferían no pronunciar. Carlos Alberto Solari, aquel paranaense de voz rasposa y mirada de oráculo callejero, abandonó el escenario terrenal. No hubo manera de rescatar el ánimo. La noticia cayó como un mazazo, y la tristeza lo inundó todo. Músico, cantante, compositor, poeta, diseñador, artista, pensador: el Indio fue todo eso y mucho más. Fue bandera y camiseta. Fue el autor de frases que atravesarán los tiempos como proyectiles de significado puro, capaz de condensar en un puñado de palabras un universo entero para quien quisiera habitarlo. “Mucha tropa riendo en las calles”, “Violencia es mentir”, “Todo preso es político”, “Puede fusilarte hasta la Cruz roja”, “El futuro llegó: todo un palo”. Cada persona agrega las suyas, porque el Indio nos habló a todos, y se convirtió en estampita y estandarte aun a su pesar. En la Argentina, muy poca gente podría observar una foto suya y preguntarse quién era ese hombre. Es ocioso indagar las causas. La respuesta siempre estuvo en las canciones.
Nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, Solari construyó su identidad artística muy lejos de ese dato de agenda. Su historia quedó íntimamente ligada a La Plata, aquella ciudad universitaria que fue caldo de cultivo para La Cofradía de la Flor Solar, una galería variopinta de personajes que entendían la cultura como herramienta de transformación en tiempos oscuros. La capital bonaerense se convirtió en foco de atención para represores y asesinos, pero la contracultura que allí se cocinaba no pudo ser silenciada. Ex estudiante de Bellas Artes, durante una de sus estadías en Valeria del Mar montó un taller de estampado. Puede parecer una exageración, pero allí se encuentra la génesis de los Redondos. Su socio en aquel emprendimiento era el cineasta Guillermo Beilinson, quien a su regreso a La Plata le presentó a su hermano Eduardo, el mismo a quien Marta Minujin aún no había apodado Skay. Por aquellos pasillos también circulaban el Mono Cohen, Carmen Castro —la Negra Poli— y una miríada de artistas, músicos y performers que dieron forma a la primera encarnación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. No era una banda de rock en sentido estricto: se trataba de un happening impredecible donde cabían monólogos, stripteases o El Doce Gaudini repartiendo buñuelos, todo ello atravesado por canciones incipientes. Esa fue la esencia de los Lozanazos, aquellas primeras expresiones en el Teatro Lozano de 11 entre 45 y 46.
Sin embargo, la primera vez que Patricio Rey “corporizó a sus muñecos” de manera más o menos oficial no ocurrió en La Plata sino muy lejos de allí. El 6 de enero de 1978, el Polaco Bar de Deán Funes 82, en Salta, prometía un “divertidísimo espectáculo” a tres mil pesos de la época con canilla libre. Fue, en palabras del Indio, “la primera vez que tocábamos delante de un público que no estaba compuesto por amigotes”. En Recuerdos que mienten un poco, el libro de conversaciones con Marcelo Figueras, Solari admitió que aquel show fue un desastre y que había más gente arriba que abajo del escenario. Pero era una semilla que solo podía crecer. El problema, claro, era el contexto. En la época más pesada de la represión, muchos cofrades y ricoteros debieron buscar ambientes menos amenazantes. A comienzos de 1979, el Indio volvió a Valeria del Mar, mientras Skay y Poli se replegaron en Mar del Plata. Más allá de presentaciones esporádicas, Patricio Rey quedó guardado, acechado por la sospecha de que quizá se convertiría en otro sueño truncado por la dictadura.
En 1982, cuando la dictadura intentó perpetuarse mediante la aventura de Malvinas pero ya comenzaba su retirada, el under argentino empezó a hacerse una pregunta recurrente: ¿quién era ese tipo barbado que cantaba en una banda de rock pero subía al escenario vestido como un oficinista? Alfredo Rosso, Claudio Kleiman y Gloria Guerrero advertían desde las páginas de Expreso Imaginario y Humor que algo novedoso estaba llegando desde La Plata. En Radio del Plata, Lalo Mir gastaba el demo grabado en los estudios RCA, donde ya brillaba “Superlógico” y el Indio lanzaba una profecía inolvidable: “Esto ya no es rock, es pura suerte”. En Lo de Fontova, en La Esquina del Sol, en el Parakultural o en el Teatro Xirgu, Patricio Rey comenzó a construir su leyenda. Poco a poco, el formato de varieté fue quedando rezagado y los Redondos adquirieron su carnadura definitiva como banda de rock. De manera inevitable, por las escalas orientales que empleaba Skay en combinación con Tito Fargo, el saxo de Willy Crook y la lírica, la presencia escénica y el tono de voz del Indio, aquel grupo escapaba a cualquier símil con lo que sonaba en el rock argentino. Todo seguidor forjado en esa época lo recuerda: la primera audición de aquel demo o de Gulp, el debut de 1985, provocaba el encuentro con algo absolutamente novedoso, diferente a todo, magnético. “Vamos a brillar, mi amor”, invitaba esa voz rasposa y personalísima. “¿Cómo te va en estos días, humano roto y mal parado?”, interrogaba. “¿Son por acaso ustedes hoy un público respetable?”, toreaba, para luego admitir: “Yo no me caí del cielo”. Muchos decidieron hacerle caso a la Expreso y a Las Páginas de Gloria, y la voz corrió. Patricio Rey dejó de ser un secreto. Para colmo, el Indio afiló su pluma hasta niveles exquisitos y Rocambole plasmó una de las gráficas más reproducidas en la historia del rock local para una obra maestra llamada Oktubre. Nadie podía intuirlo en las legendarias presentaciones del Paladium, pero en el segundo lugar del lado B aparecía la canción que tiempo después haría temblar la tierra: un himno con el curioso nombre de “Jijiji”.
Todo eso sucedía en el contexto de uno de los grandes legados de los Redondos. Tomando la enseñanza del clan Vitale y del grupo MIA, la banda hizo de la independencia un modo de trabajo y una bandera que jamás se arriaba. Bajo la conducción del Indio, Skay y Poli, las cosas se harían en sus propios términos. No habría un productor tramposo que intervendría en discos y conciertos. Nadie se quedaría con grabaciones de “El regreso de Mao”, “Roxana Porcelana” o “Cua Cua Amén” para un compilado menor. El Parque Rivadavia era un hervidero de casetes piratas, grabaciones a veces ininteligibles de shows calientes, pero para la banda eso era solo otra demostración del inexplicable amor que se extendía y solidificaba. En esa resistencia independiente frente a la gran bestia pop y los mercaderes de la música, los Redondos se hicieron más fuertes. Y todo estaba por cambiar.
Con Un baión para el ojo idiota, Patricio Rey clavó nueve himnos. Si en Oktubre el Indio ya había empezado a alimentar banderas y remeras, frases como “Todo preso es político”, “Vencedores vencidos”, “Noticias de ayer” y “Vamos las bandas” convirtieron a la creciente masa de seguidores en algo mucho más que fans de un estilo musical. Lo que decía y cantaba Solari los representaba, expresaba con un poder arrollador aquello tan difícil de sintetizar. La nueva formación, con Skay como único guitarrista, Sergio Dawi en el saxo, Semilla Bucciarelli al bajo y Walter Sidotti en batería, forjó una contundencia sonora que explica el ascenso irrefrenable hacia una popularidad impensada en los tiempos de los Lozanazos. La tribu de la calle escribía en la pared lo que el Indio escribía en cada disco. En solo un par de años, los Redondos se encontraron con un problema que no haría más que crecer: ningún lugar alcanzaba. El público se desmadraba. Tras lidiar una y otra vez con la monada que se subía al escenario e interrumpía los shows, en Satisfaction hubo que colgar una bandera: “Un verdadero Redondito no arruina la fiesta”. En 1989, ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado provocó que finalmente debieran desembarcar en el vilipendiado Obras (aunque en sus propios términos). Pero Obras también quedó chico, y trajo la pesadilla del asesinato de Walter Bulacio a manos policiales, además de las primeras voces críticas mientras el Indio sostenía que “no vamos a televisar nuestro dolor”.
A medida que avanzaba la década del noventa, los Redondos se volvían más relevantes gracias a discos como La mosca y la sopa, Lobo suelto, Cordero atado y Luzbelito, pero también por un proceso de descomposición social que Solari identificaba y analizaba con lucidez en sus ocasionales pero extensas entrevistas. De a poco, el país se llenaba de desangelados, los expulsados del menemismo, y esos desangelados encontraban reflejo y consuelo en las canciones de Solari y Beilinson. La tropa reía en las calles con sus muecas rotas cromadas, y buscaba roña en las adyacencias de Huracán y la encontraba. Salir de caravana a tocar al interior del país fue una decisión razonable, pero el desamparo social no era exclusivamente capitalino. Los palos aparecían en todas partes: cada visita a Mar del Plata era garantía de enfrentamiento con los patas negras de la Bonaerense, y en Olavarría el Indio y Skay debieron romper una viejísima tradición: ante la prohibición del intendente Helios Eseverri, el grupo ofreció una extraña conferencia de prensa. El fin de siglo trajo el fin de los Redondos. La pesadilla de los shows en River, en abril de 2000, con acuchillados en el campo y la orden de tocar con las luces encendidas o se suspendía todo, fue un no va más. Además, puertas adentro los caminos empezaban a escindirse. Todo terminaría en un amargo enfrentamiento entre los dos líderes. Este viernes, el mensaje público de Skay dejó claro que ni siquiera aquello pudo borrar el amor.
Ultimo bondi a Finisterre y Momo Sampler no fueron discos fáciles, ni para los fans ni para la banda. El Indio empezaba a interesarse en experimentaciones sonoras más cercanas a Oktubre que a Bang! Bang!, y eso quedó patente en su carrera solista. Pero lejos de espantar al público, el nuevo camino de Solari lo multiplicó. Su primer paso, El tesoro de los inocentes, se presentó con dos fechas en noviembre de 2005 en el Estadio Unico de La Plata. La última vez que se vio al Indio de carne y hueso en escena fue el 11 de marzo de 2017 en Olavarría —otra vez Olavarría—, donde aparecieron cuatrocientas mil personas. Hubo dos muertos en una avalancha. Un año antes, en Tandil, el Indio había anunciado sobre el escenario el acoso de un tal Parkinson. Las muertes en el campo de Olavarría, el acecho de los medios interesados en demoler a un artista que ya había expresado su apoyo al peronismo y a Cristina Fernández de Kirchner, y los problemas de salud, lo llevaron a la decisión extrema de abandonar la performance en vivo. Los shows de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado con un Indio virtual fueron y son un modo de conjurar la angustia ante lo inevitable. Refugiado en su estudio Luzbola, en 2018 Solari lanzó el soberbio El ruiseñor, el amor y la muerte. Los últimos tiempos estuvieron signados por singles con el proyecto paralelo El Mister y los Marsupiales Extintos y los Fundamentalistas. Entre ellos, la canción que hoy desgarra los corazones, “Encuentro con un ángel amateur”, donde la tempestad deja paso al perfume de la despedida. Su última entrevista, con Julio Leiva al inicio de 2024, lo mostró en un difuminado contraluz.
Y sin embargo sigue brillando, e invitando a brillar. En la espantosa jornada del 5 de junio de 2026, millones en la Argentina hablaron del Indio, cantaron al Indio, portaron con orgullo su camiseta, su bandera, su tatuaje. Ya sucedía antes. Seguirá sucediendo. Los artistas que se ganan el amor del pueblo se mueren, pero no se van. Aunque estas horas sean de infinita tristeza, de preguntarse otra vez y que las lágrimas sigan cayendo. Y ahora qué hacemos con nuestro estado de ánimo, Indio. Si esto ya no es rock. Es pura suerte.
