El periódico fundado por Mariano Moreno se convirtió en la primera voz pública del gobierno patrio y estableció las bases del periodismo militante en el Río de la Plata
Aquel individuo cuya niñez quedó profundamente señalada por las secuelas de la viruela y el reumatismo, criado bajo la férrea disciplina de un progenitor severo, y cuya familia realizó un sacrificio económico mayúsculo para sufragar sus estudios universitarios con el propósito de consagrarlo al sacerdocio, retornó a Chuquisaca transformado en un experto en teología y también en leyes, además de contraer matrimonio y tener un descendiente. Mariano Moreno había emergido como un servidor público de múltiples facetas al desempeñarse como secretario de la Primera Junta, instaurada a las quince horas del 25 de mayo de 1810.
La puesta en marcha de un periódico semanal figuró entre las primeras determinaciones de aquel cuerpo gobernante, surgida directamente de la pluma de Moreno. El intelectual sostenía con firmeza que el pueblo poseía el derecho inalienable de conocer la gestión de sus mandatarios. Aquel medio llevaría por nombre “Gazeta de Buenos Aires” (con variante ortográfica admitida como “Gaceta”), y la resolución fue comunicada oficialmente mediante un bando fechado el 2 de junio de 1810. El jueves 7 vio la luz su ejemplar inaugural, del cual se tiraron quinientas copias. Aunque su periodicidad era semanal, solían aparecer ediciones extraordinarias ante asuntos de imperiosa urgencia, siendo la primera de ellas publicada el día 9.
Moreno argumentaba con convicción que ninguna acción emprendida por el gobierno debía permanecer oculta ni mantener a la ciudadanía “ignorante de las noticias prósperas o adversas”, y consideraba saludable que “el funcionario tema la censura pública”. Bajo esta premisa, todos tenían derecho a conocer los actos de sus representantes.
La exhausta imprenta de los Niños Expósitos, único taller gráfico de la ciudad que laboraba ininterrumpidamente sobre la calle San José –que posteriormente sería rebautizada como De la Imprenta–, era el lugar del cual emanaban todas las publicaciones. Y, como resultado inevitable, también La Gaceta de Buenos Aires veía la luz desde allí.
Constituyó una verdadera bendición aquel cargamento decomisado a los británicos tras su derrota en la segunda invasión de 1807. Entre las mercancías que los invasores abandonaron en su huida –pensando venderlas en la ciudad que erróneamente consideraban ya propia– se hallaron juegos completos de caracteres tipográficos y una considerable cantidad de resmas de papel. Todo ese material llegó como enviado por la providencia para reemplazar los gastados tipos que clamaban por una renovación.
Quien deseara plasmar su opinión o aproximar alguna información debía remitir sus escritos al presbítero Manuel Alberti, miembro vocal de la Junta e integrante de la primera redacción. Se aclaraba que el contenido de esta publicación no se superpondría con el del Correo de Comercio, fundado por Manuel Belgrano, que circulaba desde el 3 de marzo de ese mismo año.
Siguiendo la costumbre imperante en aquellas épocas, el título del periódico iba acompañado por una máxima en latín atribuida a algún pensador clásico. La Gaceta eligió una frase de Tácito, historiador y político romano: “Rara felicidad la de los tiempos en que pensar lo que se quiere y decir lo que se siente, está permitido”.
Cabe recordar que el primer periódico editado en la ciudad fue el “Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiógrafo del Río de la Plata”, fundado por el abogado y coronel Francisco Cabello y Mesa. Un mes antes de su cierre apareció el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, de Juan Hipólito Vieytes, cuyo primer número circuló el 1 de septiembre de 1802. Posteriormente, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros había lanzado la “Gazeta del Gobierno” entre el 14 de octubre de 1809 y el 16 de enero de 1810, reproduciendo información extraída de diarios españoles.
A pesar del malestar que esto generó en el obispo Benito Lué y Riega, ferviente defensor de la corona española, quien durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo había sido la voz principal de los partidarios del virrey, se vio obligado a autorizar que La Gaceta fuera leída algunos domingos al finalizar la celebración de la misa.
El contenido del periódico incluía los asuntos gubernamentales como decretos y disposiciones, incorporaba novedades locales y extranjeras, y difundía los ideales revolucionarios. Los artículos redactados por Moreno apuntaban a la formación ciudadana y a establecer una conciencia colectiva sobre el espíritu de la obra iniciada en mayo.
Con el distanciamiento de Mariano Moreno del gobierno y la consecuente salida de sus partidarios, asumió la dirección del diario el Deán Gregorio Funes. Siendo un fiel seguidor de Cornelio Saavedra, bajo su gestión el contenido de la publicación experimentó una moderación del encendido discurso morenista. Lo reemplazó en el cargo Pedro J. Agrelo, quien renunció cuando el gobierno determinó que La Gaceta pasaría a ser un papel particular sin dependencia oficial.
El 26 de octubre de 1811 se promulgó el decreto de libertad de imprenta, que establecía que “todo hombre puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa”. Al mes siguiente asumió la dirección Vicente Pazos Silva, recomendado por Manuel de Sarratea, miembro del Triunvirato. Conocido también como Pazos Kanki por su ascendencia aymará, este director introdujo cambios significativos: el diario modificó su formato y comenzó a circular dos veces por semana. Y entonces estalló la controversia.
Cuando Pazos Silva criticó con dureza al ejército que había sufrido la derrota en Huaqui –calificándolos como “sacrílegos profanadores de nuestra santa causa”–, recibió una misiva de lectores publicada en la edición del 29 de noviembre de 1811 que tituló “El vasallo de la ley al editor”, firmada con nombre y apellido: Bernardo de Monteagudo. En aquel texto, el autor explicaba que el ciudadano debía someterse a la ley y no a la voluntad de persona alguna, sosteniendo que la verdadera libertad solo se alcanzaría mediante el respeto a las normas emanadas de la voluntad general.
Bernardino Rivadavia, secretario del Primer Triunvirato, quien en octubre de 1811 había anunciado el decreto de libertad de imprenta, quedó cautivado por la prosa firme y decidida del tucumano Monteagudo y procedió a contratarlo. Se dispuso entonces que Pazos Silva redactara el editorial de los martes mientras que Monteagudo se encargaría del de los viernes. Su debut ocurrió el 13 de diciembre de 1811. La ciudad entera permanecía atenta a aquel encendido contrapunto que estas dos figuras protagonizaban dentro de un mismo periódico.
Los lectores podían encontrar los martes cómo el diario defendía a Saavedra y a la Primera Junta de Gobierno, mientras que los viernes se sucedían artículos lapidarios en defensa de Juan José Castelli y a favor de la independencia. “Cada viernes daba un disgusto al gobierno y hacía temblar a los pelucones”, escribiría más tarde Ricardo Rojas. Surgieron polémicas en torno a la libertad individual y la orientación política.
Aquella experiencia constituyó quizás los inicios del debate periodístico en nuestro país y una muestra temprana del llamado “periodismo militante”. Monteagudo calificaba a los saavedristas como “facciosos” y “egoístas políticos”, mientras que Silva defendía a Saavedra, quien había caído en desgracia, argumentando que merecía un juicio justo. “El que no castiga la transgresión de las leyes es su primer infractor”, señalaba el tucumano. Por su parte, Silva tildaba de ignorante a Monteagudo y censuraba su extremismo.
Era una dupla cuya coexistencia laboral en una misma publicación no podía prolongarse indefinidamente. A comienzos de 1812, Silva abandonó el diario y fundó otro, El Censor, mientras que Monteagudo también dejó La Gaceta y lanzó Mártir o Libre en marzo, publicación que apenas duró un par de meses. En sus páginas continuó con su prédica a favor de declarar la independencia y dotar al país de una constitución.
La Gaceta continuaría editándose, aunque con cambios de nombre y de directores, hasta el 12 de septiembre de 1821, fecha en que cesó su publicación.
Desde 1938 se conmemora cada 7 de junio el Día del Periodista, en homenaje al nacimiento de La Gazeta o La Gaceta de Buenos Aires, en aquellos tiempos fundacionales donde la población debía estar al tanto de los ideales revolucionarios y conocer las acciones de sus funcionarios. Aquel pequeño periódico, nacido de la pluma combativa de Moreno, sembró la semilla de lo que con el tiempo se convertiría en una tradición irrenunciable: el derecho a saber y la libertad de expresar lo que se piensa y se siente.
