Lejos de la artificiosa unidad que pregona la Casa Rosada, la confesión del Jefe de Gabinete sobre su condición de evasor generó un cimbronazo interno. Mientras los ministros transitan horas de indignación contenida, los referentes del oficialismo optan por un mutismo que grita más que cualquier respaldo explícito.
En los corredores de la sede gubernamental se respira una atmósfera densa, atravesada por malestares y resquemores que nadie se anima a verbalizar en público. La figura de Manuel Adorni, lejos de concitar la solidaridad impostada que algunos intentaron proyectar hace apenas unas jornadas, se ha convertido en un tema tabú dentro del propio espacio libertario. Los voceros oficialistas, consultados de manera insistente, se refugian ahora en un lacónico “sin comentarios”, gesto que delata más incomodidad que prudencia estratégica.
Fuentes cercanas al despacho presidencial describen el cuadro de situación con crudeza: “Todos están irritados y fuera de lugar”. Esa sensación de malestar generalizado alcanza a los ministros y a las figuras de mayor peso del oficialismo, luego de que el propio Adorni admitiera ante la opinión pública —casi con naturalidad— su condición de evasor impositivo. La presentación de su declaración jurada, efectuada el miércoles pasado, no hizo más que cavar un pozo aún más profundo: el funcionario continúa sin ofrecer una explicación verosímil que no se desmorone al cotejarla con sus propias declaraciones previas, tanto en el Congreso como en reportajes periodísticos. La pregunta que sobrevuela cada reunión de gabinete es de dónde provinieron los miles de dólares que le permitieron a Adorni mutar por completo su tren de vida, pasando de una existencia modesta a otra signada por el desahogo económico.
En medio de esta tormenta, la figura de Javier Milei brilla por su ausencia discursiva. El Presidente opta por el mutismo más absoluto, una estrategia que ya empieza a ser cuestionada en los pasillos del poder. “Seguro está mirando la inauguración del mundial”, ironizan con fastidio algunas voces cercanas al mandatario, aludiendo a su falta de reacción frente a un escándalo que salpica directamente a su jefe de Gabinete y, por extensión, a toda la administración.
La situación no pasa desapercibida en el principal socio parlamentario del oficialismo. Desde las filas del PRO, el partido que lidera Mauricio Macri y que funciona como aliado estratégico de la Casa Rosada, también comenzaron a desmarcarse con gestos elocuentes. La bancada amarilla en el Senado elevó un pedido concreto a la vicepresidenta Victoria Villarruel: que cite a Adorni para que presente su informe de gestión, un trámite reglamentario que en este contexto adquiere ribetes de interpelación encubierta.
Tras una reunión de la mesa política —encuentro del que brilló por su ausencia el ministro de Economía, Luis Caputo—, el propio Adorni salió al cruce de las especulaciones con un mensaje escrito: “durante el mes de julio iré al Senado de la Nación para presentar el Informe de Gestión del Gobierno”. El anuncio, más que descomprimir la tensión, agregó una cuota de suspenso sobre lo que allí pueda suceder. El silencio incómodo que reina en las filas libertarias, mientras tanto, se vuelve cada vez más elocuente.
