A veintiocho meses de implementado el programa macroeconómico del Gobierno, la mejora en la calificación de riesgo, la acumulación de reservas, la desaceleración inflacionaria y la estabilidad cambiaria dibujan un escenario que los mercados celebran y que obliga a los espacios opositores a repensar sus estrategias de cara al futuro.
La senda de la economía nacional continúa brindando señales alentadoras para la administración de Javier Milei, en un contexto donde los indicadores financieros y productivos parecen alinearse con una narrativa de consolidación. Hace apenas quince días se conocía que el país había alcanzado marcas sin precedentes en su intercambio con el exterior, gracias a volúmenes récord de exportaciones, cosechas extraordinarias y un saldo favorable de la cuenta corriente. Pero la semana que recién concluyó sumó un nuevo motivo de regocijo para el equipo de gobierno: un clima financiero primaveral se instaló en pleno otoño, desafiando pronósticos y estacionalidades.
En ese contexto, una segunda agencia dedicada a evaluar la solvencia crediticia, Standard & Poor’s, emuló el gesto que su par Fitch había protagonizado un mes atrás y decidió elevar la calificación de los títulos públicos argentinos. La medida, oficializada el jueves precedente, desencadenó una contundente alza en las cotizaciones de los bonos nacionales y de las acciones de empresas locales, tanto en el mercado doméstico como en los paneles internacionales. Esta mejora en la percepción del riesgo soberano no es un mero dato técnico: permite que un universo más amplio de fondos de inversión institucionales, que antes tenían vetado adquirir activos argentinos por cuestiones regulatorias, pueda ahora incorporarlos a sus carteras. Ello robustece el frente financiero y alivia la presión sobre las cuentas externas. De manera simultánea, el indicador que mide el riesgo país protagonizó un derrumbe histórico, alcanzando niveles que no se veían desde antes de las crisis recurrentes que asolaron a la economía local en la última década.
A este panorama alentador se sumaron dos novedades adicionales, igualmente relevantes. Por un lado, la autoridad monetaria continuó con su racha compradora de divisas estadounidenses, fortaleciendo las reservas del Banco Central en un gesto que disipa viejos fantasmas de desabastecimiento cambiario. Por otro lado, el proceso inflacionario mantuvo su trayectoria descendente, con una marca del 2,1 por ciento para el mes de mayo, lo que representa uno de los registros más reducidos de los últimos años. Así, los resultados del plan macroeconómico lanzado por el Gobierno hace ya veintiocho meses no solo se sostienen, sino que continúan perfeccionándose. Numerosos analistas consultados no vislumbran obstáculos de magnitud para que esta dinámica favorable se prolongue durante el año entrante.
Más aún, en las oficinas de la Casa Rosada confían en que, para el momento en que se desarrolle la campaña presidencial, las decisiones impulsadas por el ministro de Economía, Luis Caputo, tendrán un impacto positivo sobre la economía real, gracias a la paulatina mejoría de las condiciones crediticias. Ese efecto podría manifestarse con toda su fuerza justo cuando la ciudadanía ingrese al cuarto oscuro para emitir su voto. El jefe del Palacio de Hacienda consiguió, además, una hazaña inusual en la historia argentina reciente: transformar la cotización de la divisa norteamericana en un activo electoral favorable al partido gobernante. Actualmente existen reservas suficientes para sostener la estabilidad cambiaria y para afrontar los vencimientos de la deuda pública. La eterna escasez de dólares que en momentos críticos desataba inestabilidad y remarcaba precios parece haber quedado relegada a un pasado que, por ahora, no amenaza con retornar. El equipo económico controla la situación, o al menos eso es lo que los mercados están proclamando ya a los gritos. Esta realidad fuerza a la oposición a acelerar sus movimientos, razón por la cual se encuentra en campaña cuando todavía resta más de un año para elegir un nuevo presidente o, muy probablemente, para la reelección del actual mandatario.
A todo lo anterior cabe agregar un elemento no menor: la prédica recurrente de los economistas pertenecientes al establishment, que durante veintiocho meses han anunciado una crisis cambiaria inminente, sigue sin cumplirse. En un tramo del mandato donde los presidentes suelen perder impulso, Javier Milei consolida su plan y exhibe niveles de satisfacción ciudadana con el rumbo del país superiores a los que registraron Mauricio Macri y Alberto Fernández en circunstancias análogas de sus respectivos gobiernos, tal como se señala en un apartado especial de este diario.
Este cuadro de situación —que no forma parte de la difusión habitual en ciertos medios de comunicación— ha dado lugar a dos fenómenos poco frecuentes en la política local. El primero es la notable ausencia del peronismo en el debate sobre economía. El gobernador Axel Kicillof, atrapado por el kirchnerismo en una interna que le ha hecho perder protagonismo y liderazgo, no ofrece señales claras acerca de cuál sería su programa de gobierno en caso de llegar a la Casa Rosada. Incluso, cuando algún integrante de su círculo más próximo se refiere al asunto, termina generando más incertidumbre sobre lo que podría sobrevenir después de 2027. Su jefe de Gabinete, Carlos Bianco, acaba de declarar que “el equilibrio fiscal no será prioridad en un eventual gobierno peronista”. Declaraciones como esta constituyen, paradójicamente, un aporte invaluable para la futura campaña de reelección de Milei, que debería agradecerlas.
El segundo fenómeno infrecuente es que empezaron a ocupar el espacio propio de la oposición peronista candidatos que no pertenecen a ese movimiento. El caso más notorio es el de Patricia Bullrich, quien con un notable sentido de la oportunidad se ha abierto paso por la brecha generada tras el escándalo vinculado al vocero presidencial, Manuel Adorni. A esta misma lógica responde la reaparición pública de Mauricio Macri, con opiniones críticas hacia la gestión económica y la política exterior del Gobierno. Ante la Cámara de la Construcción, el exmandatario sostuvo que el equilibrio fiscal logrado por la administración de Milei “es de mala calidad”, argumentando que el Estado no invierte en infraestructura. También reclamó una “reforma de segundo orden” para estimular el crecimiento y reducir la pobreza. Vale recordar que Macri no solo no alcanzó el equilibrio fiscal (ni de buena ni de mala calidad) durante su mandato, sino que concluyó su gestión con un déficit superior al cinco por ciento del Producto Bruto Interno. También es oportuno señalar que la economía creció un cinco por ciento en el último año y que el actual gobierno recibió una pobreza del cincuenta y siete por ciento y logró reducirla a la mitad (veintiocho por ciento) en apenas dos años. En cuanto a la obra pública, cabe recordarle al exmandatario que los propios miembros de la cámara empresarial que lo recibió están involucrados en la célebre causa de corrupción conocida como “los cuadernos de las coimas”.
Mucho más encaminadas resultan las críticas de Bullrich, quien no cuestiona la marcha de la economía sino que apunta directamente al desmanejo político del entorno presidencial, evidenciado en la protección dispensada a Manuel Adorni, considerado un activo tóxico del cual el Presidente debería desprenderse sin demora. Las explicaciones que el vocero ofreció acerca de su crecimiento patrimonial no solo fueron lamentables, sino también irritantes para vastos sectores de la ciudadanía. Si Milei no lo aparta por decisión propia, podría ver cómo el Congreso lo hace en su lugar, ya que en el Parlamento se estarían acumulando los sufragios necesarios para aprobar su destitución. Así, mientras la economía se encamina y los mercados celebran, la política doméstica se tensa alrededor de figuras y escándalos que, sin embargo, no logran empañar el sólido tablero macroeconómico que el oficialismo exhibe como su principal carta de cara al futuro.
