El alfajor, un refugio dulce en tiempos amargos: cómo la golosina más popular se convirtió en el sustituto del almuerzo para millones de argentinos

El alfajor, un refugio dulce en tiempos amargos: cómo la golosina más popular se convirtió en el sustituto del almuerzo para millones de argentinos

Mientras la crisis económica licua los salarios y los precios de los alimentos se disparan, el tradicional alfajor dejó de ser un mero capricho para transformarse en un recurso de supervivencia alimentaria. Detrás del récord de ventas en kioscos, se esconde la preocupante realidad de trabajadores y estudiantes que saltean comidas nutritivas para llenar sus estómagos con azúcar y harina, una tendencia que enciende las alarmas de nutricionistas y especialistas en salud pública.

En los anaqueles de los kioscos de todo el país, un ejército de dulzura ocupa cada vez más espacio. Rellenos con la untuosidad del dulce de leche, la frescura de las frutas o la suavidad de las mousses; cubiertos con baños relucientes de chocolate o glaseados que brillan bajo la luz; en presentaciones simples, triples o de dimensiones extravagantes, las más de cien variantes de alfajores que pueblan el mercado argentino se han erigido como el producto rey de la venta callejera. Lejos de sucumbir ante el embate recesivo, este ícono de la gastronomía criolla no solo resiste, sino que se fortalece, consolidándose como el artículo más demandado en los comercios de cercanía, según coinciden voces autorizadas del sector. Sin embargo, este éxito comercial tiene un trasfondo que empaña su brillo: la crisis económica y la persistente merma del poder adquisitivo empujan a un número creciente de trabajadores a saltarse comidas esenciales, recurriendo a esta golosina como un paliativo urgente para acallar los rugidos del estómago, transformando un placer ocasional en un acto de necesidad cotidiana.

Claudio Messina, director de marketing y comercial de Fantoche, una firma local con más de seis décadas de historia que se mantiene entre las preferidas del público por su equilibrada relación entre costo y calidad, explica a Página|12 que el alfajor ha trascendido su condición original de simple golosina para instalarse como un alimento funcional. Se lo incorpora en el desayuno, en la merienda, se lo utiliza como un almuerzo exprés o incluso como colofón de una cena, adaptándose a los tiempos y a las urgencias de una sociedad que corre contra el reloj y, sobre todo, contra un presupuesto cada vez más ajustado. Aunque el consumo generalizado de bienes ha sufrido una merma considerable, el alfajor se defiende con uñas y dientes, manteniendo un ritmo de ventas que asombra: se estima que los argentinos devoran alrededor de doce millones de unidades cada jornada. Este fenómeno, no obstante, presenta aristas diferenciadas: mientras los ejemplares más económicos experimentan un crecimiento sostenido y se convierten en el buque insignia de los kioscos, los de gama alta, aquellos que ostentan ingredientes premium y precios elevados, se estancan en los registros de ventas, víctimas de su propio valor, tal como lo detalla Ernesto Acuña, vicepresidente de la Unión Kiosqueros República Argentina (UKRA), en diálogo con este medio.

En un escenario donde los salarios permanecen congelados frente a una inflación imparable, la ecuación económica se vuelve perversa. Un simple sándwich para llevar puede alcanzar un costo cercano a los ocho mil pesos, una cifra prohibitiva para muchas billeteras. Frente a este panorama, la combinación de un alfajor y una gaseosa representa un desembolso que se reduce a la mitad, convirtiendo a esta dupla en una solución práctica y accesible. Messina subraya que esta golosina rellena reemplaza, en numerosas ocasiones, la comida del mediodía, especialmente en aquellos sectores donde los ingresos son más magros. La realidad es que los bolsillos de los consumidores se han vuelto cada vez más delgados, obligando a las personas a desplegar estrategias de supervivencia, adaptando sus hábitos de consumo a las posibilidades inmediatas y las carencias imperiosas.

El día se torna interminable cuando el único combustible para el mediodía es un alfajor de bajo costo, como el emblemático Guaymallén. Los incrementos mensuales en el transporte público y los servicios esenciales golpean sin piedad, pero los sueldos no logran seguir ese ritmo ascendente, vaciando las carteras a una velocidad vertiginosa. En este contexto, disponer de un ingreso fijo ya no es sinónimo de garantizar las cuatro comidas diarias, y las familias se ven forzadas a recortar gastos en todos los frentes posibles. Maia, una joven que cursa sus estudios en la Universidad Nacional de las Artes (UNA), relata con crudeza su rutina para estirar el dinero cuando el hambre la sorprende en el campus. Confiesa que procura llevar alimentos preparados desde su hogar, pero cuando las circunstancias no lo permiten, se ve obligada a comprar algo en los alrededores, aunque muchas jornadas concluyen en un ayuno involuntario o en un apaño con un alfajor o cualquier otra bagatela que calme el apetito de manera temporal.

Cuando el presupuesto se convierte en una manta que no cubre ni los pies, aquello que en otras épocas era un mero tentempié, un antojo para momentos de ocio, pasa a ser el plato principal. Candela, compañera de Maia en la facultad, explica que los precios de los alimentos que realmente llenan y nutren son exorbitantes, por lo que opta por distraer su hambre con alternativas de bajo costo, como un café, un alfajor o un paquete de galletitas, siempre eligiendo la opción más económica que encuentra a su alcance. Esta realidad no es exclusiva del ámbito estudiantil. Agustín, un joven de dieciocho años que asiste al CBC de Avellaneda, cuenta que intenta variar su alimentación, comprando a veces empanadas o un sándwich, pero cuando el dinero escasea, no duda en recurrir al infalible alfajor Guaymallén. Una de sus compañeras de cursada asiente y confiesa que suele sobrellevar la jornada con dos de estos dulces y alguna bebida hasta que llega a la seguridad de su hogar, donde una comida más completa le espera.

Estos relatos no constituyen casos aislados ni se circunscriben al universo de los estudiantes; por el contrario, reflejan una problemática estructural que aqueja a la mayoría de los trabajadores argentinos. El informe titulado “La alimentación y comensalidad en la población asalariada de la Argentina”, publicado por la Universidad Católica Argentina (UCA), revela una cifra estremecedora: el 83,5% de los trabajadores experimenta algún grado de vulnerabilidad alimentaria, un dato que evidencia el deterioro profundo de las condiciones de vida de la clase laboral.

El ahorro que implica sustituir una comida por un alfajor resulta, a largo plazo, un costo demasiado elevado para la salud. El estudio de la UCA, basado en una muestra representativa de 1.171 casos a nivel nacional, indagó en las condiciones en que se alimentan los asalariados y las estrategias que despliegan para hacer frente a la pérdida de poder adquisitivo. Las conclusiones son alarmantes: el 61,1% de los encuestados confiesa saltarse comidas por razones estrictamente económicas. A esta privación se suma otra igualmente grave: el 78,5% de los trabajadores debe conformarse con ingerir alimentos de menor valor nutricional. Ambas carencias se superponen en más de la mitad de la población activa (56,2%), configurando un escenario de inseguridad alimentaria que afecta con mayor virulencia a los empleados de menores ingresos, aquellos no calificados y los que trabajan en pequeñas empresas, donde la vulnerabilidad se intensifica hasta límites críticos.

La licenciada en Nutrición Nancy Cepeda (MP 353) advierte en diálogo con este medio que en contextos de crisis, la población deja de comer, o come menos veces al día. Es una realidad que escucha a diario en su consultorio: la gente ha reducido la cantidad de sus ingestas porque el dinero simplemente no alcanza para cubrir todas las comidas necesarias. La recomendación estándar desde el campo de la nutrición es realizar cuatro comidas diarias que incluyan una cantidad armónica y suficiente de nutrientes de calidad, pero esta pauta se torna inalcanzable para una porción creciente de la sociedad. La especialista enfatiza que no solo importa la cantidad de alimentos ingeridos, sino también, y de manera fundamental, la calidad de los nutrientes que se consumen. En este sentido, los alfajores y otras golosinas aportan, en un volumen reducido, una carga calórica enorme, pero los nutrientes que ofrecen son considerados de baja calidad, carentes de las vitaminas, minerales y fibra que el organismo necesita para funcionar correctamente.

El consumo de estos productos, según Cepeda, debería ser ocasional y estar supeditado a las condiciones de salud de cada persona. Aquellos individuos que presentan factores de riesgo como sobrepeso, obesidad, hipertensión arterial o diabetes deben ser extremadamente cautelosos, ya que el abuso de estos alimentos contribuye a exacerbar esas enfermedades crónicas no transmisibles. Incluso en personas aparentemente sanas, una ingesta excesiva y recurrente de alfajores podría derivar, con el paso del tiempo, en la aparición de complicaciones metabólicas y cardiovasculares. El estudio de la UCA es lapidario al señalar que solo el 16,5% de la fuerza laboral asalariada se encuentra libre de privaciones alimentarias, lo que constituye un diagnóstico severo sobre el deterioro del salario real y la insuficiencia de los ingresos para cubrir un estándar básico de vida digna. Los investigadores remarcan que estamos ante un fenómeno masivo, que golpea con mayor dureza a los eslabones más frágiles de la cadena productiva.

En medio de este panorama desolador, el alfajor se erige como un salvavidas al que muchos se aferran. Ese bolsillo exhausto, que no puede garantizar una nutrición adecuada, es el mismo que recorta los pequeños gustos, esos gastos hormiga que siempre fueron el primer blanco de los recortes. Así, los chocolates descomunales o las golosinas con ingredientes exóticos acumulan polvo en los estantes, mientras que el clásico alfajor mantiene una rotación frenética en los comercios de proximidad. Un ejemplo tangible de esta fiebre dulce es la reciente apertura de “Planazo Alfajor”, un pequeño local en el barrio porteño de Almagro, donde Martín Andrés Cabello decidió apostar por este producto como estrella indiscutible. En las primeras semanas de funcionamiento, el ejemplar más solicitado fue El Capitán del Espacio, un producto que arrastra una mística de décadas en el conurbano. Pero la oferta no se limita a los clásicos; la tienda también exhibe creaciones de pequeños productores que buscan innovar con sabores rupturistas, como alfajores que incorporan frutas enteras en su interior o recetas que emulan bebidas alcohólicas. Hay, en definitiva, propuestas para todos los paladares.

Para seducir a la numerosa población estudiantil de las escuelas y universidades aledañas, Cabello lanzó promociones como la denominada “Recreo”, que combina un alfajor de maicena con una gaseosa. Los más preocupados por su salud o aquellos que evitan el azúcar y las calorías vacías también tienen su espacio, con ofertas que incluyen alfajores proteicos acompañados de agua mineral con infusiones de menta y limón. Cabello analiza que el segmento del alfajor en Argentina posee una fortaleza y una personalidad inusitadas, acaparando más de la mitad del negocio kiosquero. Esta percepción es compartida por Acuña, de UKRA, quien asegura que en su propio comercio, el 80% de las ventas corresponden a promociones de alfajores, evidenciando que la gente busca activamente ofertas y, en el caso de este dulce, la compra se realiza por cantidad, buscando maximizar el rendimiento de cada peso gastado.

Messina, desde Fantoche, reflexiona que en una porción de alfajor se conjugan varios placeres en uno: dulce de leche, galletitas y chocolate. Son contadas las golosinas que logran esa síntesis, y al final del día, terminan alimentando y aportando las calorías que toda persona necesita para sobrevivir. No obstante, el ejecutivo es plenamente consciente de que en épocas de vacas flacas, sus productos ocupan un lugar distinto en la vida de los consumidores. Reconoce que, en un país donde un almuerzo resulta cada vez más prohibitivo, un alfajor con agua o con una gaseosa se convierte, en muchos casos, en el sustituto del almuerzo. Y aunque deja sobre la mesa la discusión acerca de si esta práctica es saludable o no, la realidad se impone con crudeza: el alfajor, el más argentino de los manjares, se ha transformado en el reflejo de una sociedad que, para calmar su hambre, ha tenido que endulzar su amargura.

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