La caravana que trasladaba los restos de la histórica militante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora se detuvo en la puerta del edificio de San José 1111, donde la ex presidenta, desde el balcón del segundo piso, despidió con besos y aplausos a quien fuera una de sus más entrañables compañeras de lucha por los derechos humanos
En un gesto que trascendió lo protocolario para convertirse en un profundo acto de reconocimiento y afecto, el féretro de Taty Almeida realizó una parada simbólica frente al hogar donde Cristina Fernández de Kirchner cumple prisión domiciliaria. «Como Cristina merecía despedirse de Taty, Taty vino a ella», expresó Alzira, integrante del Movimiento de Jubilados, mientras se mantenía erguida ante la fachada del edificio de Constitución. El reloj marcaba las trece horas cuando, acompañando la llegada del sol estival, el cortejo mortuorio hizo su aparición en el barrio, estableciendo un puente emocional entre dos mujeres que compartieron décadas de militancia y búsqueda incansable de justicia.
La caravana, integrada por familiares directos, representantes de organismos de derechos humanos, dirigentes sindicales y referentes políticos, se dispuso sobre la calle San José, y fue entonces cuando la ex mandataria emergió en el balcón del segundo piso, ese espacio que se ha convertido en el límite físico de su encierro pero que en esta jornada funcionó como atalaya de despedida. Con besos lanzados al vacío y ademanes que buscaban traspasar la distancia impuesta por las restricciones judiciales, Cristina saludó a la multitud y rindió su particular homenaje a quien fuera una de las voces más persistentes en la demanda de verdad sobre los crímenes de la dictadura.
Fabiana Almeida, hija de la desaparecida militante, tomó el megáfono y, con la mirada fija en la figura de la ex presidenta, le agradeció con una emoción quebrada por el dolor pero fortalecida por la convicción: «mamá ya está con Ale y deben estar viendo todo esto», exclamó, estableciendo una continuidad espiritual entre la madre recién fallecida y el hermano Alejandro Martín Almeida, cuya desaparición forzada el 17 de junio de 1975 marcó el inicio de una odisea que se prolongó durante cincuenta y un años. Taty Almeida se convirtió así en símbolo de una resistencia que no claudicó ante el silencio ni la impunidad.
El grito de «Presentes, ahora y siempre», que resonó en la esquina de San José 1111, no fue un mero clamor sino la reafirmación de una promesa colectiva: tanto para Taty como para los treinta mil compañeros que permanecen en la categoría de detenidos desaparecidos, la memoria se erige como un acto de justicia poética que desafía al olvido. Entre sollozos y abrazos, una mujer que formaba parte de la concurrencia señaló la naturaleza adversa de este junio que ya había cobrado antes al Indio, y ahora arrebataba a otra de las almas nobles que engrosan la historia reciente del país.
Cuando el cortejo se detuvo frente al inmueble, la ex presidenta solicitó mediante señas que se tributara un aplauso en honor de la homenajeada. Desde el asfalto, cientos de pares de ojos se elevaron hacia el balcón, y el llanto se mezcló con la admiración. Cristina, sujeta a las numerosas limitaciones que su condición procesal impone, se circunscribió a realizar movimientos de manos y a esbozar sonrisas que apenas lograban disimular la impotencia de no poder participar activamente. Su aparición resultó casi irreal, una figura fantasmal que rara vez se manifiesta en vivo, pues la mayoría de sus intervenciones llegan a través de registros previos, pero nunca en la inmediatez del contacto directo. A su alrededor, los gritos de «fuerza Cristina» se alternaban con palabras de agradecimiento que pretendían traspasar la barrera de la distancia física y la censura judicial.
Noemí Fernández, presidenta del centro de jubilados de Ate Capital Federal, compartió su percepción con este diario, señalando que «me parece bien y también me llena de tristeza que Taty pase por acá y Cristina se asome a despedirla». Aferrada a una enseña de Jubiladxs, junto a otras dos compañeras, sostuvo con firmeza que «esto nos recuerda que Cristina sigue presa y que estamos en manos de una manga de delincuentes. Lo que estamos viviendo es una ignominia que no tiene parangones», sentenció, reflejando el sentimiento de quienes perciben la situación de la ex mandataria como una persecución política.
El velatorio de Taty Almeida había culminado al mediodía de ese martes en la sede de la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina (Foetra), en el barrio de Balvanera, y desde allí el féretro emprendió su recorrido hacia el domicilio de Cristina, para luego proseguir su trayecto hasta el cementerio de Chacarita, donde encontraría su reposo definitivo. A dos cuadras del destino, el bullicio de bocinas, aplausos y cánticos anunciaba la proximidad del cortejo, que era encabezado por una multitud que avanzaba a pie entonando la arenga «Taty no se murió, Taty vive en el pueblo la puta madre que lo parió». Detrás, un automóvil negro portaba una enorme corona floral, seguido por otros vehículos y motos que desplegaban banderas de diversas organizaciones, entre ellas la de H.I.J.O.S., el colectivo de familiares de desaparecidos que mantiene viva la llama de la denuncia.
Noemí Fernández relató que, junto al Movimiento de Jubilados, había estado presente en el velorio desde el lunes, pero consideró indispensable acercarse nuevamente para despedirse «en compañía de Cristina, porque ella fue una gran representante de la defensa de los derechos humanos, Taty la amaba y seguro haya sido uno de sus deseos pasar por aquí, donde Cristina está injustamente presa», afirmó con convicción. Alzira, por su parte, describió el velorio como un acontecimiento profundamente conmovedor, donde confluyeron «mucha variedad de gente, personas del ámbito político, sindical, de organizaciones sociales y del arte. Realmente es lo que merecía Taty, una mujer que junto con otras mujeres han puesto el cuerpo al luchar por los desaparecidos, los secuestrados, los presos políticos, los exiliados», sentenció, reconociendo la dimensión de una lucha que trascendió lo personal para volverse colectiva.
En el edificio donde Cristina permanece recluida, un cartel blanco con un punto rojo anunciaba que «aquí vive una presa política», mientras que en el balcón del segundo piso flameaba un pañuelo blanco bordado con la leyenda «memoria verdad y justicia». Mientras aguardaban la llegada del cortejo, un grupo de militantes adhirió un cartel con una frase que solía pronunciar Taty: «Las locas seguimos de pie», una declaración de resistencia que desafía el paso del tiempo y las adversidades.
María, una íntima amiga de Fabiana, confesó que Taty era para ella como una segunda madre. «Era muy querida, era puro amor y siempre estaba disponible para dar una mano: podía dar una charla en Europa, como hasta en la última escuela con niños de barrio, porque tenía esa generosidad», relató, destacando la versatilidad y la entrega de una mujer que tejía vínculos tanto en el terreno de la militancia como en el ámbito personal. La conmoción por su fallecimiento, agregó, se extiende a todos los sectores que tuvieron el privilegio de conocerla, y su partida deja un vacío difícil de llenar, máxime cuando en pocas semanas habría cumplido noventa y seis años.
Desde la vereda opuesta, un hombre expresó su deseo de que «Dios quiera que gane el peronismo para que todo empiece a cambiar. Yo a Cristina y a las Madres las sigo a donde vayan», manifestando la identificación de amplios sectores populares con la figura de la ex presidenta y con el legado de las Madres de Plaza de Mayo. Teresa, nacida en Bolivia pero nacionalizada argentina, portaba una bandera de los pueblos originarios y compartió su experiencia: «allá también hemos pasado muchas dictaduras, y cuando vine acá tuve la dicha de vivir la temporada de Néstor y Cristina, los mejores años de mi vida», afirmó, estableciendo un paralelismo entre las luchas en su país de origen y el proceso político que vivió Argentina durante las presidencias kirchneristas.
A pesar de encontrarse resfriada, Teresa no dudó en salir de su hogar al enterarse por los noticieros del paso del cortejo, porque consideró que debía estar presente para despedir a Taty Almeida, a quien definió como «una mujer del pueblo, una madre abnegada, una gran luchadora que se llevaba bien con todos y que dejó un legado que debemos seguir por la memoria, la verdad y la justicia». Para los familiares y militantes que acompañaban a Taty, era imperativo pasar por Constitución, no solo para que Cristina pudiera despedirla, sino como un acto de hermandad entre dos mujeres que compartieron el compromiso con la memoria histórica y la lucha contra el olvido. «Gracias Taty», se leía en algunos carteles, mientras la gente se abrazaba y lloraba la pérdida de una de las mayores referentes en la defensa de los derechos humanos en el país, en una jornada que quedará grabada en la memoria colectiva como un ejemplo de dignidad y resistencia compartida.
