Bajo la lupa del Senado: el oficialismo teje una estrategia desesperada para rescatar a Adorni del precipicio político

Bajo la lupa del Senado: el oficialismo teje una estrategia desesperada para rescatar a Adorni del precipicio político

Manuel Adorni, el portavoz presidencial, se encuentra al borde de una moción de censura que el peronismo impulsa con celeridad inusitada. Mientras Patricia Bullrich y Diego Santilli despliegan un operativo de contención en las sombras, la oposición suma voluntades para forzar una interpelación que podría sellar su destino en el Congreso. El gobierno apela a argucias reglamentarias y al apoyo de los gobernadores dialoguistas para esquivar el debate, aunque el fantasma de la expulsión de Edgardo Kueider sobrevuela como un presagio inquietante.

En las entrañas del Palacio Legislativo, el tiempo se ha convertido en un bien escaso y el ambiente hierve con la tensión propia de los días decisivos. Manuel Adorni, cuya figura pública ha quedado erosionada tras una sucesión de declaraciones contradictorias que sus propios colegas califican como un compendio de inexactitudes, se encuentra hoy acorralado por una tormenta política que amenaza con arrastrarlo lejos de su cargo. El bloque peronista, con la celeridad que imprime la urgencia opositora, ha puesto en marcha una maquinaria parlamentaria para someterlo a un juicio político exprés, una moción de censura que, de concretarse, significaría su destitución fulminante del puesto de jefe de Gabinete. Este movimiento, lejos de ser un simple gesto simbólico, se ha transformado en un verdadero dolor de cabeza para la cúpula gobernante, que ve cómo se estrecha el cerco en torno a uno de sus voceros más emblemáticos.

Ante este panorama desolador, el oficialismo se ha visto forzado a desempolvar viejos manuales de supervivencia política y activar un plan de emergencia que tiene como principal artífice a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Con una discreción que contrasta con su habitual exposición mediática, la funcionaria ha asumido el rol de artesana del consenso a espaldas del foco público, trabajando contrarreloj para tejer una red de apoyos que impida la sesión especial convocada para el próximo jueves. En esa jornada, la Cámara alta no solo tenía previsto debatir el proyecto de ley sobre la inviolabilidad de la propiedad privada, un tema sensible para la agenda libertaria, sino que, además, el interbloque comandado por José Mayans había anunciado su intención de introducir sobre la mesa el proyecto de resolución que habilita la interpelación a Adorni, para luego, siete días más tarde, consumar la votación de la censura. La maniobra de Bullrich, por tanto, no es menor: se trata de un juego de ajedrez donde la casilla clave es la sesión misma, y su objetivo primordial es vaciarla de quórum o de voluntad política para que el tema ni siquiera llegue a tratarse en el recinto.

Paralelamente, desde la Casa Rosada se ha desplegado una segunda línea de acción, más sutil pero igualmente crucial. El ministro del Interior, Diego Santilli, ha asumido la tarea de recorrer los despachos de los gobernadores de extracción radical, buscando persuadirlos de que ejerzan su influencia sobre los senadores de la Unión Cívica Radical para que no se plieguen a la ofensiva opositora. La estrategia consiste en fragmentar el arco opositor, sembrando dudas entre aquellos legisladores que, aunque críticos del gobierno, no desean ser cómplices de lo que consideran una “cacería política” contra un funcionario. Santilli apela a la vieja usanza del diálogo institucional y la promesa de futuras contrapartidas, en un intento por aislar a los senadores peronistas y evitar que sumen los sufragios necesarios para prosperar en su cometido.

Sin embargo, el oficialismo no se contenta con las negociaciones palaciegas; también ha recurrido a un arsenal de argucias reglamentarias para ganar tiempo valioso. Desde las filas libertarias se aferran a un tecnicismo que, en su opinión, resulta determinante: sostienen que la sesión del jueves “carece de convocatoria oficial”, un subterfugio legal que, de ser aceptado, dejaría sin efecto cualquier posible tratamiento de la moción de censura. Este argumento, aunque endeble a ojos de los constitucionalistas más rigurosos, busca sembrar la confusión y demorar el debate hasta que las aguas se calmen. El temor profundo que albergan en el oficialismo es que, si el expediente de Adorni logra colarse en el recinto y se somete a votación, su suerte quedará librada a la voluntad de un cuerpo legislativo mayoritariamente adverso, y el resultado podría ser tan funesto como impredecible.

En este contexto de zozobra, un nombre ha comenzado a resonar con fuerza en los pasillos del Senado, trayendo consigo el recuerdo fresco de un escándalo reciente: Edgardo Kueider. El exsenador correntino, cuya expulsión de la Cámara alta se produjo tras ser detenido en Paraguay con una abultada suma de doscientos mil dólares en efectivo sin declarar, se ha convertido en un fantasma que sobrevuela la conciencia de los legisladores. Los libertarios, con cierta amargura, rememoran cómo las negociaciones iniciales apuntaban a una mera suspensión del entonces legislador, pero cuando llegó el momento de votar, el pragmatismo político se impuso y la mayoría de los senadores optó por no quedar retratados como cómplices de un encubrimiento, sellando así la pérdida definitiva de su banca. Este precedente, aún doloroso para el oficialismo, sirve ahora como advertencia: la lealtad partidaria tiene límites cuando el costo reputacional es demasiado alto, y ningún senador desea cargar con el estigma de haber protegido a un funcionario cuestionado. La sombra de Kueider, por tanto, no es un simple recurso retórico, sino un recordatorio tangible de que, en el juego de las mayorías, el cálculo político puede volverse en contra de quien confía demasiado en la disciplina de sus huestes.

Así, mientras los relojes marcan el inexorable avance hacia el jueves, el gobierno se debate entre la confianza en sus artimañas procesales y la certeza de que el terreno parlamentario es movedizo. La suerte de Manuel Adorni pende de un hilo tan delgado como la voluntad de unos pocos senadores, y la partida final se jugará en el tablero de la política, donde las alianzas se tejen y se rompen con la misma velocidad con que cambian los vientos de la opinión pública.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *