Messi, el infinito en 39 primaveras: La inmortalidad mundialista

Messi, el infinito en 39 primaveras: La inmortalidad mundialista

El astro rosarino, que hoy celebra su cumpleaños número 39, no solo es el dueño de todos los récords, sino el símbolo de una generación que aprendió a creer. Desde su llegada al Barcelona siendo un niño con un tratamiento hormonal hasta su consagración absoluta en Qatar y su vigencia eterna en la Selección, repasamos los hitos de una leyenda que sigue escribiendo su epopeya con la pelota en los pies.

En la madrugada invernal del 24 de junio de 1987, el Hospital Italiano Garibaldi de Rosario fue testigo del alumbramiento de quien con el tiempo se convertiría en el más grande embajador del fútbol mundial. Lionel Andrés Messi Cuccittini, tercer vástago del matrimonio conformado por Celia y Jorge, llegó al mundo sin imaginar que su destino estaría escrito con tinta de gloria y sacrificio. Apenas cuatro años después, aquel niño de piernas frágiles ya hacía sus primeras gambetas en el Grandoli, el club de barrio donde empezó a forjar su amor por la redonda, y para los ocho años ya deslumbraba en las divisiones inferiores de Newell’s Old Boys, mostrando destellos de una genialidad que aún no comprendía del todo.

Sin embargo, la vida en su tierra natal fue un breve suspiro. Con apenas trece años, el pequeño prodigio emprendió un viaje trasatlántico hacia Barcelona, una travesía que no solo significó el desarraigo sino también la posibilidad de un futuro incierto. El club catalán, atento a su extraordinario talento, no dudó en costear el costoso tratamiento de hormona de crecimiento que necesitaba para desarrollarse físicamente, una inversión que con el tiempo se transformaría en el negocio más redituable de la historia del deporte. Fue en La Masía donde el argentino se pulió como futbolista, pero también donde nunca perdió de vista su sueño de vestir la celeste y blanca, una obsesión que se materializó el 29 de junio de 2004, cuando un amistoso ante la Sub-20 de Paraguay sirvió como el preludio de su fichaje definitivo por la Asociación del Fútbol Argentino, rechazando las tentadoras ofertas de la selección española que también reclamaban sus servicios.

El salto a la elite se concretó el 16 de octubre de ese mismo año, cuando el joven extremo pisó por primera vez el césped del Camp Nou en un partido oficial contra el Espanyol, dando inicio a la era más dorada que haya conocido el barcelonismo. Pero la explosión definitiva de aquel talento aniñado ocurrió el primero de mayo de 2005, cuando con apenas dieciséis años recibió un pase magistral de su mentor, Ronaldinho, y perforó la portería contraria para anotar su primer tanto en la máxima categoría. Esa conquista fue el pórtico de su primer trofeo como profesional, siendo pieza clave en la conquista de la liga española 2004/05, aunque su hambre de gloria ya trascendía las fronteras ibéricas.

Aquel mismo julio, la consagración llegó en el plano internacional con la selección juvenil, alzando la Copa del Mundo Sub-20 en los Países Bajos, su primer cetro con los colores patrios. Meses más tarde, el 17 de agosto de 2005, viviría un debut agridulce con la Mayor en un amistoso ante Hungría, donde una expulsión prematura por un manotazo, en una decisión arbitral que aún genera controversia, lo envió a las duchas antes de tiempo. Sin embargo, la revancha no se hizo esperar, y en octubre de ese año, en el estadio Monumental, su estreno oficial ante Perú en las Eliminatorias selló su amor eterno con la hinchada argentina.

El año 2006 fue testigo de sus primeras grandes hazañas europeas, con la conquista de su primera Liga de Campeones en París, un trofeo que repetiría en tres ocasiones más a lo largo de su carrera. Paralelamente, en el Mundial de Alemania, debutó con un gol y una asistencia en la histórica goleada ante Serbia y Montenegro, aunque la imagen de aquel joven sentado en el banquillo durante la eliminación ante los teutones en cuartos de final quedó grabada a fuego en la memoria colectiva como un símbolo de la frustración temprana. Dos años después, los Juegos Olímpicos de Beijing le brindaron su primer gran oro con la albiceleste, un preludio de lo que vendría.

La consagración individual no demoró en llegar, y en 2009 recibió su primer Balón de Oro, el primero de una colección de ocho que lo erigirían como el mejor de todos los tiempos. Su capacidad goleadora era inagotable, y en 2010 se coronó como máximo artillero de la liga española, un logro que repetiría en siete ocasiones más, demostrando una regularidad sobrehumana. No obstante, el desierto de títulos con la selección mayor comenzaba a pesar, y las derrotas en Sudáfrica 2010, con Diego Maradona en el banquillo, y la frustrante Copa América en casa, en 2011, avivaban el fantasma de la decepción.

Llegó entonces el Mundial de Brasil 2014, donde el capitán arrastró a su equipo hasta la final, pero nuevamente Alemania se interpuso en su camino, con un gol en el tiempo extra que partió el corazón de todo un país. A pesar de los reveses, su entrega era innegable, y en junio de 2015 alcanzó las cien apariciones con la elástica nacional ante Jamaica, un número que con el tiempo se expandiría hasta los 201 partidos. Sin embargo, la final perdida ante Chile en la Copa América 2016 fue un golpe tan demoledor que llevó al astro a anunciar su renuncia a la selección, un momento de oscuridad que, afortunadamente, fue revertido por el amor a la camiseta y la necesidad de una revancha pendiente.

El Mundial de Rusia 2018 dejó un sabor amargo, pero la vida, sabia y justa, le guardaba una revancha mayúscula. La Copa América 2019 lo mostró enardecido, cuestionando duramente a los organizadores, mientras que el fallecimiento de Diego Maradona, en 2020, lo encontró rindiéndole un emotivo homenaje con la camiseta de Newell’s tras anotar un gol, en un gesto que selló el relevo generacional del fútbol argentino. Fue en 2021 cuando la maldición se rompió: en el Maracaná, ante Brasil, Messi levantó por fin su primer título con la Mayor, la Copa América, poniendo fin a 28 años de sequía y desatando un aluvión de lágrimas y alegría.

Pero el fútbol, caprichoso y vertiginoso, le tenía preparado un giro inesperado. El 5 de agosto de 2021, el Barcelona, su casa durante dos décadas, anunció su salida, una bomba que estalló en el planeta deportivo. Cinco días después, el Paris Saint-Germain abría sus puertas para recibirlo, aunque su corazón seguía latiendo al ritmo de la Scaloneta. Tras la conquista de la Finalissima ante Italia, el destino lo aguardaba en el horizonte qatarí. El 18 de diciembre de 2022, en la final más épica de la historia, Messi cumplió el sueño de su vida: ser campeón del mundo con Argentina, saldando todas las cuentas pendientes que el fútbol tenía con él.

Desde entonces, los homenajes se han sucedido sin pausa. La AFA bautizó el predio de Ezeiza con su nombre, y días después, ante Curazao, celebró un hat-trick que incluyó su gol número cien con la selección, una cifra que ya asciende a 122. En julio de 2023, el Inter Miami lo recibió como el mesías que revolucionaría el fútbol estadounidense, mientras que con la Scaloneta seguía haciendo historia, como cuando en noviembre de ese año venció a Brasil en el Maracaná, quebrando el invicto local de 65 partidos en Eliminatorias.

El 2024 lo encontró enfrentando a Newell’s en un amistoso que calificó como «muy especial», un guiño a sus orígenes, y más tarde lideró a Argentina hacia el bicampeonato de América en Estados Unidos. Cerró el 2025 como el máximo artillero de las Eliminatorias Sudamericanas por primera vez en su carrera, con ocho tantos, y en su reciente debut en su sexta Copa del Mundo, ante Argelia, demostró que la vigencia no es un concepto que se negocie, anotando tres goles y recibiendo los aplausos de un mundo rendido a sus pies.

Hace apenas dos días, el rosarino volvió a honrar al fútbol con una actuación memorable, anotando dos goles que lo convirtieron en el máximo artillero de la historia de los Mundiales, con dieciocho gritos que resuenan como un récord inmortal. Sus compañeros, liderados por Scaloni, lo abrazan y lo celebran, admitiendo que «ya no hay palabras» para dimensionar su grandeza. Solo resta, para ellos y para todos los que amamos este deporte, disfrutarlo mientras la pelota siga rodando bajo su magisterio.

Hoy, al cumplir 39 primaveras, Lionel Messi no es solo un futbolista; es la encarnación de la perseverancia, la alegría y la genialidad. La pelota, fiel a su cita con la historia, lo espera ansiosa para que siga escribiendo capítulos de una leyenda que, lejos de extinguirse, se renueva con cada amanecer. Feliz cumpleaños, Leo. El mundo sigue siendo tu estadio.

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