El ocaso de un portavoz: la salida de Adorni, entre la crisis institucional y la presión judicial que socavó la gestión libertaria

El ocaso de un portavoz: la salida de Adorni, entre la crisis institucional y la presión judicial que socavó la gestión libertaria

Lo que el oficialismo pretendió vender como una renuncia voluntaria por motivos personales fue, en rigor, el desenlace de una agonía política de más de cien días. Las pesquisas por un patrimonio que creció en forma desmedida sin una explicación razonable y la creciente marea en el Congreso para removerlo de su cargo precipitaron la abrupta caída de quien fuera uno de los rostros más visibles de la administración. Su partida deja al descubierto las fisuras internas de un gobierno que, a más de un año de su inicio, ya acumula su segundo relevo en una cartera clave.

La última jornada de Manuel Adorni al frente del Gabinete resultó una fiel radiografía de su tortuoso derrotero en el poder. Encerrado por las evidencias que apuntaban a una carrera paralela de prosperidad económica sin un correlato fiscal claro, y acosado desde diferentes frentes del arco político que exigían su cabeza, el funcionario resolvió dar un paso al costado esgrimiendo un argumento tan noble como, según las fuentes consultadas, falaz: la necesidad de resguardar a los suyos de lo que calificó como una embestida mediática. Sin embargo, la exactitud de esa versión se desvanece al confrontarla con la cruda realidad de una administración que, tras meses de desgaste, entendió que sostenerlo en el cargo se había transformado en un pasivo imposible de ocultar. No fue una decisión meditada, sino una remoción forzada. El avance de la investigación en los estrados de Comodoro Py, donde se escudriña el alarmante incremento de sus activos financieros, sumado a la presión indeclinable de los legisladores para someterlo a una interpelación que muy probablemente concluiría con su expulsión, terminaron por sellar un final que muchos calificaron como bochornoso.

La despedida oficial no estuvo exenta de la habitual cuota de hipérbole que caracteriza al espacio gobernante. “Acompañamos tu determinación” y “tenemos fe en tu probidad” fueron los conceptos que la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, dedicó al ahora exfuncionario en un acto que pretendió ser un reconocimiento, pero que muchos interpretaron como un intento por acotar los daños colaterales de una gestión que se desmorona. El silencio del Presidente, sin embargo, resultó ensordecedor. Javier Milei, que se encontraba en suelo español cuando se precipitó el desenlace, optó por no pronunciar palabra alguna sobre su otrora estrella de los micrófonos, y en su lugar, compartió un enigmático mensaje de la senadora Patricia Bullrich que, leído en clave política, se asemejaba más a un epitafio: “La confianza y la ética son elementos fundacionales para ahondar en la transformación”. La orquestación de esta salida, que muchos describen como una operación de maquillaje, dejó la coordinación ministerial en un limbo que, según los trascendidos, sería ocupado por la figura del camaleónico Diego Santilli.

El regreso del avión presidencial desde la península ibérica, aterrizando en el alba de una jornada que amanecía gris, encontró a Adorni ya fuera del organigrama oficial. Fue Karina Milei quien, con la firmeza que la caracteriza, decidió pasar la guillotina y poner fin a un interludio que amenazaba con enquistarse en el corazón de la gestión. Esta determinación, que demoró más de cien días en cuajar, no hizo más que evidenciar una profunda crisis de liderazgo y estrategia. Durante ese extenso período, el oficialismo perdió por completo el control de la narrativa pública, y la agenda gubernamental quedó subsumida por las preguntas incómodas acerca de las flamantes propiedades del vocero, sus viajes a destinos de ensueño y unos desembolsos suntuarios que no guardaban armonía con sus declaraciones juradas. La magnitud del escándalo fue tal que el propio aludido debió refugiarse en un mutismo prolongado, y las conferencias de prensa matutinas, que alguna vez fueron su carta de presentación, se suspendieron sine die hasta que se encontró un nombre para sustituirlo, recayendo la elección en Andrés Ravier.

El entorno oficial intentó vender la idea de una transición metódica y tranquila, pero los hechos desmienten cualquier atisbo de orden. Las últimas dos semanas transcurrieron en un esfuerzo sobrehumano por evitar la interpelación y, por añadidura, la remoción del jefe de Gabinete. Esas energías, sin embargo, se revelaron como un esfuerzo estéril para esquivar un destino que ya se vislumbraba en el horizonte. Semanas atrás, la propia Bullrich había alertado a Karina Milei y al propio Adorni sobre la existencia de una voluntad mayoritaria en el Senado para desalojarlo, una advertencia que fue desestimada con soberbia por la cúpula libertaria, que prefirió creer en su capacidad de maniobra para dilatar el final. Fue entonces cuando comenzaron las maniobras dilatorias; mientras tanto, la jefa del bloque en la Cámara alta y el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, improvisaban reuniones y negociaciones a contrarreloj para evitar un hecho inédito: la expulsión de un jefe de Gabinete por el Congreso. “Adorni no se va, Adorni no se va…”, coreaban los legisladores oficialistas el miércoles, arengados desde la tribuna por Karina Milei, en una escena de patetismo político que quedaría ridiculizada apenas cuarenta y ocho horas después, cuando la propia líder decidió su cabeza. Esta secuencia dejó al descubierto, sin ambages, la desorientación y el cortoplacismo de un oficialismo que improvisa sobre la marcha.

El propio comando presidencial pareció perder el rumbo en este laberinto. El viernes, desde tierras españolas, Milei había asegurado que solo “sacaría a Adorni de una patada” si la Justicia lo condenaba por corrupción. Fue la primera rendija por la que se coló la posibilidad de su cese. Días previos, su discurso era diametralmente opuesto: “No se va ni en pedo”. A principios de mayo, incluso, había encarado a Bullrich en una reunión de Gabinete, gritándole con vehemencia que no iba a “ejecutar a un inocente”, molesto por las presiones de la senadora para que el funcionario presentara sus papeles o se retirara. “Ya tiene los informes listos. Es cuestión de horas”, había jurado el Presidente en aquella oportunidad. Pero el contador, en su papel de funcionario, decidió tomarse un respiro más extenso. Aguardó hasta el inicio de un evento deportivo de gran convocatoria para ensayar una teoría fantasiosa: que su súbita fortuna provenía de especulaciones con bitcoins. Fue, como muchas de sus estrategias, un intento baldío, porque nadie prestó crédito a semejante relato.

¿Qué fue lo que, entonces, quebró la resistencia? Tras la fracasada sesión en el Senado del jueves, un viento de cambio recorrió los pasillos de la Rosada. El oficialismo quiso vender como una victoria el haber bloqueado un nuevo intento de interpelación, pero en verdad lo que evidenció fue su extrema fragilidad para gobernar. Para salvar a Adorni, resignaron el tratamiento de pliegos judiciales y la ley de inviolabilidad de la propiedad privada, cediendo terreno en temas centrales de su agenda. Los socios de la coalición gobernante, alarmados, comunicaron que no estaban dispuestos a seguir exponiéndose por un caso tan espinoso; el PRO, incluso, presentó su propio proyecto para citarlo al recinto. Los delegados libertarios en el Congreso, exhaustos, sabían que la semana entrante traería dos frentes de batalla: una comisión en Diputados y una sesión en la Cámara alta. Por más que se esforzaran en estirar la agonía, el desenlace era inapelable. Fue Bullrich quien, una vez más, le transmitió la gravedad de la situación a Karina Milei el jueves por la noche. Para el viernes, el veredicto estaba dictado y Adorni notificó su salida a su equipo de colaboradores.

En un giro que sorprendió a más de uno, el poderoso asesor Santiago Caputo se alineó con la secretaria general de la Presidencia en la necesidad de ejecutar el cambio. Había llegado el instante de virar el timón. Como principal aspirante a ocupar el sillón vacante emergió la figura de Diego Santilli. El actual ministro del Interior, a pesar de mantener un vínculo fluido con el asesor presidencial, no responde de manera orgánica a ninguna de las dos corrientes internas que pugnan por el poder dentro del espacio libertario. Sin embargo, su destreza en la mesa política y su capacidad para tejer acuerdos con los gobernadores provinciales le han granjeado la confianza de los hermanos Milei. Durante la noche del viernes, Santilli se reunió por varias horas en la sede gubernamental con Karina Milei, Eduardo Menem y Martín Menem, donde recibió el espaldarazo para asumir el rol. Su designación, no obstante, aún no ha sido formalizada y depende de una conversación pendiente con el Presidente. De confirmarse la movida, estará acompañado por el secretario de Asuntos Estratégicos, Ignacio Devitt, un operador que llegó al círculo íntimo de la mano del ahora exfuncionario y que, en este nuevo escenario, ve incrementada su influencia.

En el relato oficial, meticulosamente armado para la despedida, el exjefe de Gabinete se parapetó tras el escudo de su familia y endilgó la responsabilidad de su partida a los medios de comunicación. En las entrañas de la Casa Rosada se sostiene que el desgaste de los últimos meses ha mellado su salud anímica, que los “escraches” callejeros se han intensificado y que se encuentra “muy golpeado”. Incluso, se atrevieron a esbozar un final feliz, asegurando que, en medio de tanto agotamiento, el funcionario “está tranquilo” con “la determinación que adoptó”. “Se me ha acusado de delincuente y corrupto sin que exista un solo acto de corrupción que pese sobre mi conciencia”, se defendió en su misiva de despedida, en un intento por blanquear su gestión. “También se ha atacado mi esfera privada: se han inmiscuido con mis hijos, con mi cónyuge, con mi círculo familiar, con mis amistades y con cada uno de mis afectos. Han confundido lo que es público con lo que es privado e íntimo”, completó, en un alegato que busca la compasión pero que difícilmente logre desviar la atención del fondo del asunto.

El punto final de esta historia, sin embargo, no se escribe en el plano político sino en el judicial. Lo que Adorni denomina “ensañamiento” de la prensa contra su familia es, en realidad, la suma de revelaciones patrimoniales que jamás pudo justificar. En la causa por presunto enriquecimiento ilícito, el fiscal Gerardo Pollicita ha ordenado a la Dirección de Asistencia Judicial en Delitos Complejos y Crimen Organizado (DAFI) la elaboración de un informe pericial que coteje sus ingresos declarados con la evolución de su caudal económico. Esta medida, lejos de ser un mero trámite, podría allanar el camino hacia su indagatoria. Por lo tanto, la salida del jefe de Gabinete no puede desligarse de este expediente judicial que, como una sombra alargada, seguirá persiguiéndolo. Ahora, la incógnita que se cierne es su futuro: ¿conservará su asiento en la dirección de YPF? ¿Será recompensado con un destino diplomático que lo aleje del foco? ¿O acaso retornará al anonimato del sector privado? La única certeza que flota en el ambiente es que su periplo por la Casa Rosada ha concluido, y lo ha hecho con más pesar que gloria, dejando tras de sí un rastro de polémicas y un gobierno que deberá recomponer las piezas de un tablero que, una vez más, se muestra fracturado.

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