Valeria Mazza desata polémica al atribuir su figura únicamente a la «disciplina» y el «sacrificio»

Valeria Mazza desata polémica al atribuir su figura únicamente a la «disciplina» y el «sacrificio»

La exsupermodelo generó un fuerte debate en redes sociales tras asegurar en una entrevista que su cuerpo es resultado exclusivo de su voluntad, ignorando los privilegios de clase y tiempo que implica mantener un estándar hegemónico

En el escenario de una sobremesa mediática, donde los discursos progresistas han instalado ciertos límites sobre lo que resulta aceptable expresar acerca de los cuerpos ajenos, irrumpió Valeria Mazza con una declaración que rápidamente se transformó en viral y reabrió viejas heridas en el debate sobre la gordofobia y los privilegios estéticos. La modelo, que supo ser emblema de la delgadez extrema durante la década del noventa, protagonizó un tenso intercambio en el programa «Otro día perdido» de Mario Pergolini, donde desestimó cualquier explicación biológica sobre su constitución física para erigir su figura como trofeo de una inquebrantable fuerza de voluntad.

El momento incómodo se desencadenó cuando la panelista Evelyn Botto intentó un elogio liviano, atribuyendo la pronta recuperación postparto de Mazza a su metabolismo. Lejos de aceptar el cumplido, la exmodelo transformó su gesto en un instante, pasando de la risa distendida a una mueca de visible fastidio. Su respuesta no se hizo esperar: «No tengo ningún metabolismo. Tengo mucha disciplina, voluntad y unas ganas de hacer… cuando quiero hacer algo». La frase, pronunciada con un tono que admitía escasa discusión, vino acompañada de una exclamación que bordeaba el improperio, dejando en claro que cualquier intento de explicación alternativa a su esfuerzo personal resultaba no solo incorrecto sino ofensivo para su propia narrativa de vida.

El razonamiento esgrimido por Mazza sobre su propio cuerpo establece una peligrosa analogía con aquel discurso meritocrático que sostiene que las condiciones materiales de existencia son únicamente resultado de las decisiones individuales. Al presentar su figura esbelta como producto exclusivo de su sacrificio personal, la modelo omite deliberadamente todo un entramado de condiciones estructurales que hacen posible dedicar tiempo y recursos a la actividad física y la alimentación saludable. No se trata de negar el esfuerzo que implica mantener cierta disciplina deportiva, sino de reconocer que para poder realizar ese esfuerzo es necesario contar con disponibilidad horaria, acceso económico a alimentos de calidad, gimnasios y entrenadores, además de un contexto que no imponga otras urgencias vitales.

Lo paradójico del asunto reside en que esta postura, que podría calificarse como una suerte de gordofobia meritocrática, se enuncia desde la misma persona que durante años encarnó el ideal estético hegemónico de los años noventa, cuando la cultura de la delgadez extrema imponía sus cánones sin contemplaciones. Mazza fue, junto a su marido Alejandro Gravier, la cara visible de un estilo de vida aspiracional que encontró su momento culminante en aquel enlace televisado en el Hipódromo de Palermo, donde la pareja convirtió su boda en un evento mediático de proporciones inusitadas, obteniendo millonarias ganancias por la cesión de los derechos de transmisión a tres canales de televisión en la época dorada de la pantalla chica.

La irrupción de estas afirmaciones en el contexto actual resulta particularmente llamativa porque durante las últimas tres décadas se han desarrollado corrientes de pensamiento crítico que han cuestionado precisamente este tipo de discursos. El movimiento body positive, junto con los aportes del feminismo y los estudios de género, han trabajado intensamente por instalar la idea de que los cuerpos no son lienzos en blanco donde cada quien puede escribir su destino estético, sino que están atravesados por determinaciones sociales, económicas y culturales que exceden ampliamente la voluntad individual. Estos esfuerzos por incorporar diversidad corporal en los medios masivos y en el imaginario social parecen, sin embargo, haber perdido terreno en el debate público actual.

El hecho de que afirmaciones tan dogmáticas puedan realizarse en un programa de alcance masivo sin generar réplicas ni cuestionamientos evidencia un preocupante retroceso en las conquistas discursivas de los últimos años. No hace tanto tiempo, declaraciones como las de Mazza hubieran encontrado alguna forma de contradiscurso, aunque más no fuera una pregunta incómoda o un gesto de duda que sembrara cierta incomodidad entre los presentes. Hoy, en cambio, la frase queda flotando en el aire sin encontrar resistencia, como si el péndulo del debate público hubiera oscilado hacia posiciones que naturalizan nuevamente el privilegio estético como mera cuestión de carácter.

La entrevista de Mazza no es un hecho aislado sino un síntoma de un estado de situación más amplio que parece haber dejado atrás años de discusiones sobre la diversidad corporal y los privilegios asociados a la hegemonía estética. La exmodelo, quizás ajena a estos debates o quizás deliberadamente desinteresada en ellos, se presenta como un modelo de conducta para el resto de la sociedad, estableciendo desde su posición de privilegio una ecuación que reduce la complejidad de las realidades corporales a una fórmula de sacrificio y voluntad. Su discurso, que podría haber sido contestado desde múltiples perspectivas, encuentra un ecosistema mediático que ya no se sorprende ni se conmueve, que ha normalizado la vuelta a explicaciones unidimensionales sobre fenómenos que requieren aproximaciones mucho más complejas.

La pregunta que queda flotando, más allá de la figura de Mazza y sus declaraciones puntuales, es qué ha sucedido con todas aquellas reflexiones que durante años intentaron instalar la idea de que los cuerpos son territorios políticos donde se inscriben desigualdades profundas. El vacío de respuestas ante sus afirmaciones, la ausencia de un contrapunto que aunque más no fuera matizara sus dichos, habla de un momento histórico donde el discurso hegemónico recupera terreno y donde las voces críticas parecen haber perdido la capacidad de interpelar el sentido común instalado. La modelo, con su estilo inconfundible y su convicción inquebrantable, no hizo más que poner en evidencia que el péndulo del debate sobre los cuerpos ha vuelto a oscilar hacia posiciones que parecían superadas, dejando a su paso un rastro de preguntas incómodas sobre hacia dónde se dirige realmente la conversación pública cuando se trata de hablar de estética, disciplina y, sobre todo, de los privilegios que pocos están dispuestos a reconocer como tales.

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