En un vibrante duelo correspondiente a los dieciseisavos de final, la escuadra africana dejó en el camino a una combativa Países Bajos tras igualar en el tiempo reglamentario y resolver la contienda en la tanda de penales. El conjunto de Mohamed Ouahbi, que supo sufrir y también crear innumerables ocasiones, tendrá ahora como próximo escollo a una de las naciones anfitrionas, Canadá, en los octavos de final del certamen ecuménico.
En una de las noches más electrizantes que se hayan vivido en el estadio de Monterrey, la selección de Marruecos escribió un nuevo capítulo de gesta deportiva al eliminar a Países Bajos en una definición por penales que mantuvo en vilo a la afición hasta el último suspiro. El marcador inicial de uno a uno durante los noventa minutos reglamentarios dio paso a una prórroga sin goles y, finalmente, a la suerte de los disparos desde el punto fatídico, donde los africanos demostraron mayor temple para imponerse por tres a dos y asegurar su continuidad en la máxima competición mundialista. El triunfo no solo representa un hito para el fútbol de aquel país norteafricano, sino que además les otorga el billete para enfrentarse en la ronda subsiguiente a Canadá, uno de los países que ejercen como anfitriones en esta edición del torneo, lo que añade un condimento extra a la cita venidera.
El comienzo del encuentro encontró a los marroquíes mostrando una actitud cautelosa, replegándose en su propio terreno y cediendo la iniciativa a un adversario que, desde los primeros compases, intentó imponer su ley con una presión asfixiante sobre la salida del esférico. Esta tesitura inicial provocó que el guardameta Bono, bajo los tres palos, tuviera que intervenir en más de una ocasión para despejar el peligro generado por las incursiones neerlandesas, que buscaban desequilibrar con velocidad y desborde por las bandas. Sin embargo, lo que parecía un dominio absoluto de la escuadra europea se fue diluyendo a medida que el combinado dirigido por Mohamed Ouahbi comenzó a soltarse de sus ataduras tácticas y a encontrar huecos en la retaguardia rival, animándose a transitar con el balón controlado y a hilvanar jugadas de peligro que hicieron tambalear los cimientos de la defensa naranja.
Fue entonces cuando el partido alcanzó uno de sus momentos de mayor efervescencia, pues en el lapso de apenas sesenta segundos, Marruecos gozó de dos oportunidades clarísimas que bien pudieron haber cambiado el rumbo del marcador. La primera de ellas llegó tras un centro medido al corazón del área, donde El Aynaoui, con un cabezazo a quemarropa y sin dar tiempo a la reacción del portero, estrelló su remate contra los puños del arquero Verbruggen, que respondió con una agilidad felina para mantener su valla invicta. Acto seguido, y casi sin tiempo para que los espectadores recuperaran el aliento, Hakimi probó fortuna desde las afueras del área con un disparo potente y con efecto que parecía tomar dirección de gol, pero nuevamente la estirada del guardameta neerlandés resultó providencial para desviar el esférico a córner. Esa doble intervención del cancerbero europeo no solo infundió moral a sus compañeros, sino que también encendió las alarmas en el banquillo africano, que veía cómo el gol se resistía a pesar del evidente crecimiento en su juego.
A partir de ese instante, la contienda se tornó más pareja y equilibrada, con ambos conjuntos midiendo sus fuerzas en un pulso táctico donde la posesión del balón se repartía de manera desigual pero donde el peligro era una constante en ambas áreas. El equipo de Ronald Koeman, con su característico estilo de toque y movimiento, insinuaba llegadas con cierta intermitencia, aunque adolecía de la precisión necesaria en los metros finales para traducir su dominio territorial en ocasiones manifiestas de gol. La falta de justeza en los pases y la oportuna labor de contención de los centrocampistas marroquíes impedían que la Naranja Mecánica desplegara todo su repertorio ofensivo, lo que generaba cierta frustración en sus filas. No obstante, el peligro seguía acechando en cada contraataque africano, y el conjunto de Ouahbi volvió a poner a prueba la resistencia de Verbruggen con una jugada magistral por el sector derecho, donde Ounahi, tras desbordar a su marcador, remató con violencia pero el esférico se perdió por encima del travesaño, provocando un suspiro de alivio en la bancada tulipán.
La réplica no se hizo esperar, y en un envío envenenado al área pequeña, Saibari no logró conectar adecuadamente el balón cuando todo hacía presagiar que el gol era inminente, desperdiciando así una nueva ocasión que hubiese supuesto un vuelco en el electrónico. El primer tiempo concluyó con un empate sin tantos que reflejaba, sin embargo, la superioridad en oportunidades de los africanos, quienes se fueron a los vestuarios con la sensación de haber merecido más pero con la certeza de que el partido seguía abierto y que, manteniendo la intensidad, podrían doblegar a su poderoso rival.
Ya en la etapa complementaria, la tónica del encuentro no varió sustancialmente, pues Marruecos continuó mostrándose más incisivo y vertical, mientras que Países Bajos optaba por replegarse y esperar agazapado, confiando en la velocidad de sus puntas para sorprender al contragolpe. Esta estrategia, no obstante, estuvo a punto de salirle cara a la escuadra europea cuando Hakimi, en una demostración de su enorme calidad técnica, sacudió el larguero con un disparo colocado desde media distancia que hizo vibrar la estructura de la portería y que mantuvo la incertidumbre sobre el posible desenlace del pleito. La ofensiva marroquí era incesante, pero la zaga neerlandesa, capitaneada por un experimentado Van Dijk, lograba despejar los peligros con más oficio que claridad, aunque evidenciando signos de desgaste ante la constante movilidad de los atacantes rivales.
Fue entonces, cuando el partido parecía encaminarse hacia un final sin goles, que la Naranja Mecánica desempolvó su vieja estirpe y, en una contra furibunda liderada por la velocidad de Summerville, consiguió romper el cerco defensivo africano para que Cody Gakpo, con un remate cruzado y preciso, batiera a Bono y pusiera el uno a cero en el marcador. El gol supuso un mazazo anímico para los marroquíes, que habían realizado todos los méritos y el gasto físico para hacerse con la victoria, pero lejos de venirse abajo, el conjunto norteafricano sacó a relucir su orgullo y su fe inquebrantable. Ya en el tiempo de descuento, cuando el reloj marcaba los minutos finales y la afición neerlandesa comenzaba a saborear el triunfo, una jugada a balón parado devolvió la esperanza a las filas de los Leones del Atlas. Un centro medido al área encontró la poderosa testa de Issa Diop, quien, con un salto espectacular, se elevó por encima del propio Van Dijk, pese a su mayor estatura y experiencia, para conectar un cabezazo imparable que se alojó en el fondo de las mallas y desató la locura entre los jugadores y el cuerpo técnico africano. El tanto, que llegó en el último suspiro del tiempo reglamentario, forzaba la prórroga y cambiaba por completo la psicología de ambos contendientes.
Durante los treinta minutos suplementarios, el guion del partido se mantuvo inalterable en líneas generales, aunque con un matiz significativo: Países Bajos, con once jugadores replegados en su propio campo, parecía haber renunciado al ataque y apostarlo todo a la lotería de los penales, confiando en la solvencia de su guardameta Verbruggen y en la jerarquía de sus lanzadores. Marruecos, por su parte, aun con el cansancio acumulado en las piernas y las consecuencias del esfuerzo físico realizado, no cejó en su empeño de buscar el gol de la victoria antes de llegar a la definición desde los doce pasos. En una de esas acometidas, el recién ingresado Rahimi se encontró con un balón en el área pequeña y su remate, que ya era celebrado por la afición, fue desviado de manera espectacular por un Verbruggen que voló para estirar el partido hasta el desenlace final, donde la suerte habría de dictar sentencia.
Llegado el momento de la verdad, con la presión a flor de piel y el silencio expectante de las gradas, los lanzadores de ambos equipos asumieron la responsabilidad desde el punto penal. Por el bando marroquí, anotaron con solvencia Rahimi, Talbi y Saibari, mientras que El Aynaoui y Hakimi, quizás castigados por la fatiga o por la responsabilidad, vieron cómo sus disparos se perdían o eran detenidos por el arquero rival. En la acera neerlandesa, Koopmeiners y Weghorst mantuvieron la calma para batir a Bono, pero Kluivert, Timber y Summerville fallaron sus respectivos lanzamientos, sellando así la clasificación africana con un marcador final de tres a dos en la tanda. La explosión de júbilo entre los jugadores de Marruecos, que se abrazaban y lloraban de emoción sobre el césped, contrastaba con la decepción y el rostro desencajado de los europeos, que veían cómo su sueño mundialista se desvanecía en la distancia más cruel. De esta manera, los Leones del Atlas no solo se ganaron el derecho a seguir soñando, sino que también enviaron un mensaje contundente al resto de los aspirantes: su garra, su talento y su convicción los convierten en un rival temible para cualquiera, incluido el próximo escollo, Canadá, que los espera en octavos con la vitola de anfitrión y con la intención de aprovechar el apoyo de su público para dar la campanada. El fútbol, una vez más, demostró que la épica no entiende de nombres ni de historias, sino de corazones que laten al unísono en busca de la gloria eterna.
