Con casi cuatro meses de demora y en medio de un escándalo que erosiona los cimientos de la gestión, la Casa Rosada escenificó un cambio de timón que expone más contradicciones que certezas. La jura de Diego Santilli, bendecida por trece gobernadores pero teñida por el inefable gesto de Milei hacia su antecesor, revela un oficialismo atrapado entre la necesidad de diálogo y el autoritarismo de una hermana que administra el poder sin mandato popular, mientras la sombra de la crisis electoral y judicial se cierne sobre el horizonte.
Pasaron casi cuatro meses de un silencio ensordecedor y de una inacción que el oficialismo prefirió disfrazar de estrategia, hasta que el escándalo irrumpió con la fuerza de un vendaval y obligó a la Casa Rosada a moverse. El desembarco de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete no fue concebido como un mero reemplazo, sino como una operación de maquillaje institucional destinada a proyectar una imagen de mayor musculatura política y una vocación de apertura hacia las provincias, el Congreso y los socios de la alianza gobernante. Sin embargo, la ceremonia de asunción del flamante ministro coordinador, que logró reunir el respaldo de trece mandatarios provinciales en el salón de los bustos, quedó empañada por un gesto que se convirtió en el símbolo de las contradicciones del gobierno: el abrazo cálido, casi desafiante, que Javier Milei prodigó a su antecesor, Manuel Adorni, en un acto que muchos interpretaron como un guiño a la impunidad.
Esa imagen, que circuló con rapidez por los pasillos de Balcarce 50, no hizo más que exponer una verdad incómoda que el gobierno se niega a reconocer: la crisis no se resuelve con un cambio de nombre en el despacho de la Jefatura de Gabinete, sino que requiere de una autocrítica que aún no asoma. El propio Santilli, en su primera interacción con la prensa acreditada, intentó esquivar el tema y se limitó a afirmar que su predecesor «irá a defenderse a la Justicia, sin fueros y sin privilegios», una declaración que sonó más a sentencia evasiva que a compromiso con la transparencia, mientras los gobernadores presentes observaban con gestos de incredulidad y malestar contenido. Los más incómodos, según confiaron fuentes cercanas a la reunión, fueron los representantes del PRO, entre ellos Cristian Ritondo y Guillermo Montenegro, que presenciaron el abrazo como quien asiste a un entierro de la política tradicional.
El contexto en el que se produjo esta transición forzada es el de un gobierno que, según consultoras de prestigio, ha «perforado su propia base de votantes» en las últimas semanas, con una caída de nueve puntos en la imagen presidencial que coincide con el estallido del escándalo Adorni y sus viajes de lujo financiados con fondos públicos. La decisión de remover al exvocero, que se definió durante el viaje de Milei a España, fue en realidad un acto de confirmación de una jefatura política que ya estaba decidida desde hacía días: Karina Milei, la hermana del presidente, había comunicado a Santilli que sería «bendecido» para ocupar el cargo antes incluso de que el mandatario regresara al país. La danza de nombres ficticios que se especuló en los medios, incluyendo la del canciller Quirno, no fue más que una pantomima para instalar la idea de que Milei tendría la última palabra, cuando en los hechos la secretaria de la Presidencia ya había sellado el destino del nuevo jefe de Gabinete.
Lo que se consumó este miércoles en la Casa Rosada es, a todas luces, una lavada de cara de un gobierno autoritario que incumple sistemáticamente las leyes sancionadas por el Congreso, castiga financieramente a las provincias que no se pliegan a sus designios y cumple de manera precaria los acuerdos que alcanza con sus socios circunstanciales. La incorporación del Ministerio del Interior a la órbita de la Jefatura de Gabinete, y la constante evocación de Santilli al diálogo con los gobernadores, evidencian que sus funciones seguirán circunscriptas a la administración de los apoyos territoriales, mientras que las decisiones políticas de fondo, aquellas que definen el rumbo del país, continuarán siendo tomadas por la hermana del presidente, una figura sin mandato popular que sin embargo administra y gestiona el Estado con mano firme.
La nómina de mandatarios provinciales que asistieron a la jura es reveladora de las alianzas y las presiones que teje el oficialismo. Entre ellos se contaron Alfredo Cornejo (Mendoza), Rogelio Frigerio (Entre Ríos), Gustavo Sáenz (Salta), Martín Llaryora (Córdoba), Leandro Zdero (Chaco), Juan Pablo Valdés (Corrientes), Carlos Sadir (Jujuy), Osvaldo Jaldo (Tucumán), Marcelo Orrego (San Juan), Claudio Vidal (Santa Cruz), Rolando Figueroa (Neuquén), Alberto Weretilneck (Río Negro) y Raúl Jalil (Catamarca). También se hizo presente el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. La presencia de todos ellos, que fueron invitados directamente por la Presidencia, no es casual: refleja la expectativa que genera Diego Santilli en un sector del federalismo que veía en Manuel Adorni un interlocutor inviable, no sólo por su soberbia y su falta de autonomía política, sino también por lo inoportuno que resultaba mostrarse cerca suyo en las últimas semanas, al punto que varios gobernadores pidieron explícitamente no ser fotografiados junto al exfuncionario.
El flamante jefe de Gabinete, sin embargo, no llega con las manos vacías. En las últimas semanas, con la excusa de avanzar en una reforma electoral que el gobierno considera prioritaria, Santilli mantuvo encuentros reservados con muchos de esos mandatarios, en los que les solicitó apoyo para blindar a Adorni en el Congreso. Los radicales obedecieron, y también lo hicieron figuras como Martín Llaryora, Hugo Passalacqua, Osvaldo Jaldo y Gustavo Sáenz. Esa gestión exitosa, que le permitió a Santilli demostrar su capacidad de tejer acuerdos en un terreno minado, hizo subir sus acciones ante Karina Milei, quien finalmente se convenció de la salida de Adorni el pasado jueves, cuando la tormenta perfecta se cernía sobre el gobierno. Ese día, Patricia Bullrich informó que el Senado se encaminaba a destituir al exvocero; el fiscal Pollicita ordenó nuevas medidas de prueba en la causa que lo investiga, y los diarios publicaban nuevas compras suntuosas realizadas con las tarjetas de empleados de la Jefatura de Gabinete, un hecho que, según confirmó un funcionario con despacho en Balcarce 50 a este diario, abrirá una investigación interna.
Más allá del escándalo inmediato, la llegada de Santilli tiene un objetivo político claro y ambicioso: consolidar una mayoría parlamentaria dispuesta, al menos, a suspender las PASO en 2027, una medida que el gobierno libertario considera central para su estrategia de reelección. El relevamiento que viene llevando adelante el nuevo jefe de Gabinete indica que los números para sancionar una reforma electoral completa todavía no están maduros, pero en sus conversaciones con los gobernadores, muchos se mostraron dispuestos a acompañar la suspensión de las primarias. Desde su creación, las PASO han sido un instrumento utilizado por la oposición para resolver sus internas, y en plena tensión entre las distintas tribus del peronismo, sus actores ven en ese mecanismo la instancia que podría ordenarlos. Si el gobierno logra eliminarlas, el armado de listas puede volverse una misión imposible para el peronismo, que se encuentra en plena disputa por su conducción. En ese sentido, el mensaje que Santilli transmite a los aliados es que la Casa Rosada podría habilitar colectoras, una herramienta que permitiría sortear el escollo de la falta de internas, según confirmó el entorno de un mandatario que tuvo diálogo reciente con el flamante ministro coordinador.
Sin embargo, la autonomía de Santilli para llevar adelante esta agenda es más que cuestionable. El nuevo jefe de Gabinete seguirá reportando a Karina Milei, quien ha extendido su influencia no sólo al Ejecutivo sino también al Poder Legislativo. Este miércoles, la hermana del presidente recibirá a los diputados y senadores libertarios en una reunión prevista para las 9.30, con el objetivo de trabajar la agenda parlamentaria. Además de manejar la botonera del Ejecutivo, Karina Milei ha intervenido directamente en el bloque de senadores y ha creado un grupo de WhatsApp en el que ella actúa como administradora, una medida que expone la falta de confianza en Patricia Bullrich, a quien prefiere controlar de cerca. La avanzada de la secretaria de la Presidencia sobre el Ejecutivo, al decidir el reemplazo de Adorni con su hermano fuera del país, y sobre el Congreso, al citar y controlar a la tropa libertaria a través de mensajes de texto, deja poco margen de maniobra a Diego Santilli.
La Casa Rosada busca instalar la idea de un relanzamiento del gobierno con la llegada del nuevo ministro coordinador, un reseteo de la gestión que en los ministerios se recibió con alivio y con la esperanza de que, ahora sí, el gobierno recuperara la agenda y la iniciativa política. Pero la realidad es tozuda. El abrazo de Milei a Adorni, el fantasma de las causas judiciales que no se disipan, la caída en las encuestas y la creciente intención de voto de un candidato de unidad del peronismo, que por primera vez duplica en preferencias al presidente, son síntomas de una crisis profunda que no se resuelve con un cambio de nombre en un despacho oficial. Si el jefe de Gabinete se limita a administrar el costo político del ajuste y la crueldad que recae sobre la mayoría de los argentinos, su ascenso será apenas una lavada de cara, un maquillaje que no oculta las arrugas de un gobierno que, atrapado en sus propias contradicciones, no encuentra la salida a una crisis que se negó a ver a tiempo. La gestión de Santilli, por lo tanto, no será juzgada por sus intenciones, sino por su capacidad de romper con la inercia autoritaria y construir puentes reales en un escenario político que se vuelve cada día más adverso.
