El fútbol mundial asiste a una nueva épica albiceleste que desnuda la impotencia inglesa y desata una ola de críticas, elogios y reproches en los medios del Reino Unido, donde la frustración por la eliminación mundialista se mezcla con el reconocimiento a una remontada para la historia.
El eco del silbato final aún resonaba en las gradas cuando la maquinaria mediática británica comenzó a hilvanar el relato de una noche que prometía gloria y que terminó en pesadilla. La caída de los Tres Leones ante la Selección Argentina, consumada en los estertores del encuentro con un gol que pareció detener el tiempo, no solo provocó el desconsuelo en el césped, sino que desató una catarata de reacciones en la prensa del Viejo Continente, donde el asombro, la indignación y la admiración se entrelazaron en partes iguales.
El tabloide The Sun, fiel a su estilo grandilocuente, no dudó en abrir su portal digital con una pieza a página completa que llevaba por epígrafe “Otro Messi excelente”, en clara alusión a la figura del capitán argentino, aunque la imagen que acompañaba la nota era todo un símbolo del desencanto inglés: una fotografía de Jude Bellingham, con el rostro desencajado y la mirada perdida, capturado en el instante preciso en que la realidad se derrumbaba sobre sus hombros. El matutino describió con crudeza el estado anímico del conjunto británico, subrayando que “los integrantes del combinado de los tres leones quedaron sumidos en la desolación tras ser excluidos de la competición ecuménica gracias al espectacular tanto de Martínez en el período de descuento”, una definición que sintetizaba la amargura de un desenlace tan inesperado como doloroso.
En las antípodas de esa crónica sentimental, The Telegraph optó por un enfoque beligerante y cargado de suspicacia, erigiéndose como el abanderado de la crítica más mordaz contra el conjunto dirigido por Lionel Scaloni. El periódico denunció abiertamente la existencia de “artimañas” por parte de los futbolistas albicelestes, llegando incluso a titular su cobertura con un cálculo que pretendía ser demoledor: “Las 31 argucias sucias que Argentina utilizó frente a Inglaterra”, un intento manifiesto de justificar la derrota a través de un catálogo de supuestas infracciones tácticas y gestos antideportivos que, según su parecer, habrían inclinado la balanza del lado sudamericano. No obstante, en un giro contradictorio que delataba la dificultad para digerir el resultado, el propio medio se veía forzado a reconocer en el cuerpo de su crónica central que, en los compases finales del enfrentamiento, la representación argentina ejecutó “una de sus mayores remontadas históricas”, un elogio que apenas lograba disimular el resquemor, especialmente cuando agregaban que el hecho de que la víctima fuera “su eterno rival” confería a la gesta un regusto aún más amargo para la afición local.
Por su parte, The Guardian, en un ejercicio de periodismo más reflexivo y menos belicoso, prefirió enmarcar el duelo en la densa trama de antecedentes que han tejido la rivalidad entre ambas naciones a lo largo de las décadas. El rotativo planteó que “la historia lo presagiaba todo” y que resultaba imposible sustraerse a esa carga simbólica, no solo por la vehemencia con que los seguidores argentinos entonaban sus cánticos alusivos a las Islas Malvinas durante la interpretación del himno patrio, sino porque los fantasmas de los mundiales de México 1986, Francia 1998 y el torneo celebrado entre Japón y Corea del Sur en 2002 planeaban sobre el terreno de juego, recordando que nunca antes ambos combinados se habían cruzado en una instancia tan cercana a la definición del campeonato. El periódico sentenció que un nuevo episodio memorable estaba, desde ese momento, asegurado en el imaginario futbolístico global.
La cadena pública BBC, en tanto, no pudo ocultar el dramatismo del desenlace y tituló su cobertura con una alusión a los “corazones destrozados”, eligiendo para su portada una imagen que capturaba el emotivo abrazo entre el capitán Harry Kane y el joven Jude Bellingham, este último convertido en el blanco de todas las miradas no solo por su discreta actuación, que no estuvo a la altura del despliegue esperado, sino por un gesto que empañó su figura: al concluir el encuentro, el mediocampista del Real Madrid, desbordado por la ira, agredió al volante argentino Valentín Barco, un acto de frustración que los flashes captaron sin piedad y que añadió un capítulo de polémica a una noche que, sin duda, pasará a engrosar la extensa galería de batallas legendarias entre dos potencias del fútbol mundial.
