Mientras el Ejecutivo argentino intentaba clausurar cualquier manifestación alusiva a la soberanía de las Islas, la administración de Donald Trump salió al cruce con una defensa explícita de la libertad de expresión de los futbolistas, dejando al presidente libertario en una posición más que incómoda frente a su propio pueblo y ante la comunidad internacional.
En un giro que ningún analista político había previsto, el gobierno de los Estados Unidos, bajo la batuta de Donald Trump, irrumpió en el tenso escenario que se había tejido en torno a la selección argentina de fútbol y su reivindicación de las Islas Malvinas durante el partido disputado contra Inglaterra. Lo que para la Casa Rosada pretendía ser un gesto de alineamiento pragmático con el Reino Unido, se convirtió en un bochorno mayúsculo cuando el portavoz del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, Andrew Giuliani, salió en sólido respaldo a los jugadores albicelestes, desestimando con contundencia cualquier amago de sanción o censura que hubiera podido provenir de las filas del oficialismo argentino.
La controversia se encendió desde el mismo instante en que los campeones del mundo desplegaron una enorme sábana con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» en el césped del estadio de Atlanta, un acto que provocó el inmediato rechazo de la ministra de Seguridad, Patricia Monteoliva, quien, en un intento por congraciarse con el líder de La Libertad Avanza, calificó aquella demostración como un «mensaje de odio» y avaló la restricción de toda simbología alusiva al archipiélago en los recintos deportivos. Sin embargo, la decisión de la funcionaria no solo generó un aluvión de críticas en las redes sociales, sino que abrió una grieta insalvable dentro del propio Poder Ejecutivo, que desde entonces navega en un laberinto de contradicciones del que parece no hallar salida.
El presidente Javier Milei, lejos de capitalizar el fervor patriótico que despertó la acción de los futbolistas, optó por una estrategia de distanciamiento y menosprecio. En declaraciones que rápidamente se viralizaron, el mandatario calificó a los jugadores de «imprudentes» y les endilgó un desconocimiento total de los códigos diplomáticos, sin reparar en que aquella bandera, precisamente, había logrado lo que años de gestiones oficiales no consiguieron: instalar en la agenda pública inglesa el debate sobre la necesidad de sentarse a negociar la soberanía de las islas. Incluso llegó a ordenar a su vocero presidencial que saliera a desmentir al capitán Lionel Messi cuando este, con crudeza, señaló las dificultades económicas que atraviesa la ciudadanía, en una muestra más de la sordera política que caracteriza a esta administración.
La situación escaló a tal nivel de tensión que el propio entorno de Milei sugirió la posibilidad de aplicar sanciones ejemplares a los deportistas, un extremo que nunca se concretó pero que bastó para encender todas las alarmas en el plano internacional. Fue entonces cuando la Casa Blanca decidió tomar la palabra, y el mensaje no pudo ser más demoledor para los intereses del gobierno argentino. Durante una rueda de prensa celebrada en Washington, un periodista interpeló directamente a Andrew Giuliani acerca de la corrección o no de que los jugadores argentinos hubieran utilizado un escenario mundialista para reclamar la posesión de un territorio que, para el Reino Unido, es parte de su dominio. La respuesta, enérgica y teñida de un fino sarcasmo, recorrió el planeta en cuestión de minutos.
Giuliani, con la soltura que le otorga su investidura, invocó en primer lugar la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, ese pilar fundamental que garantiza las libertades de expresión y manifestación, para subrayar que en los Estados Unidos no existe proscripción alguna para que los atletas exterioricen sus convicciones. Pero el funcionario fue más allá y, con un guiño evidente a la afición argentina, destacó la épica remontada que el equipo de Scaloni protagonizó frente a los ingleses, un conjunto que, según sus propias palabras, tendrá que esperar hasta la próxima década para soñar con una final, deslizando así una chicana que los hinchas interpretaron como un respaldo tácito a la causa malvinera. «Tienen la capacidad de hacerlo en los Estados Unidos de América», sentenció Giuliani, en una frase que, aunque breve, retumbó como un aldabonazo en los oídos de Milei y su gabinete.
El revés para el mandatario argentino no podría ser más rotundo, pues no solo queda expuesto como un aliado incómodo del Reino Unido, sino que su intento de vedar las expresiones patrióticas fue ridiculizado por el propio país al que intentaba cortejar. Las redes sociales estallaron en memes y comentarios ácidos, mientras la oposición política aprovechó el momento para recordar que la defensa de la soberanía nacional no admite concesiones ni cálculos electorales. La figura de Milei, que había construido su relato en torno a la lucha contra el «politicamente correcto», se desdibuja ahora al ser percibido como un ejecutivo que censura a sus propios ciudadanos por temor a incomodar a potencias extranjeras.
Mientras tanto, los jugadores de la Scaloneta, ajenos a las tormentas políticas, continúan su camino en el torneo con el respaldo explícito de una potencia como Estados Unidos, que ha dejado claro que en su suelo no se coarta la libertad de ningún deportista. La administración Trump, con este movimiento, no solo se anota un punto en términos de imagen internacional, sino que expone las contradicciones de un gobierno sudamericano que, en su afán por alinearse con Occidente, olvida que el sentimiento popular y la memoria histórica no se negocian ni se subastan en despachos oficiales. La pregunta que ahora flota en el ambiente es si el Ejecutivo argentino tendrá la grandeza de rectificar su postura o si, por el contrario, persistirá en su empeño de navegar contra la corriente de su propia ciudadanía, mientras el mundo entero observa, entre asombrado y divertido, el naufragio de una política exterior que naufraga antes de zarpar.
