La ilusión y el fervor por el título mundial conviven en el seno de la expedición española con una inquietante psicosis colectiva. El temor a una conspiración orquestada desde los despachos de la FIFA, alimentado por las corrientes conspirativas y una prensa que cabalga entre el resentimiento histórico y la soberbia continental, amenaza con empañar la gesta deportiva antes incluso de que el balón ruede sobre el césped.
La víspera del duelo definitivo que enfrentará a España y Argentina por la gloria eterna del balompié planetario no es ajena a la fiesta ni al derroche de optimismo que caracteriza a las horas previas a una cita de tal magnitud. Sin embargo, bajo esa capa superficial de algarabía y confianza, se extiende en la sociedad ibérica una corriente subterránea de ansiedad que roza lo patológico. Se trata del denominado «pavor arbitral», una dolencia psicológica de naturaleza colectiva que sostiene, como un dogma irrefutable, que el destino del trofeo ya ha sido sellado en una habitación oscura de Zúrich por voluntad expresa del máximo mandatario del fútbol mundial, Gianni Infantino. Resulta, cuando menos, fascinante y digno de un tratado sociológico, observar cómo la oleada de simpatía internacional que envolvía a la selección argentina en la anterior edición del Mundial se ha transmutado en el tiempo presente en un rencor visceral y una desconfianza crónica. Para desentrañar los hilos de esta metamorfosis social, resulta imperativo analizar la confluencia de varios factores que, en su conjunto, ofrecen un retrato nítido y desolador de la España contemporánea. Entre ellos destacan el imparable auge de las teorías conspirativas, que han permeado desde los debates sobre la salud pública hasta la discusión de un fuera de juego; la carencia flagrante de una cultura futbolística pasional y callejera comparable a la que se respira en las pampas argentinas o en los pubs ingleses; y, por último, una ignorancia supina y deliberada sobre las nuevas y, en ocasiones, disparatadas reglas que amenazan con desvirtuar la esencia misma de este deporte.
El gérmen de esta psicosis colectiva puede rastrearse hasta el instante mismo en que el Mundial de Qatar consagró a Lionel Messi como el mejor jugador de toda la historia del fútbol. Aquella coronación, lejos de ser asumida con grandeza deportiva, resultó un trago amargo e insoportable para ciertos sectores de la prensa afín al Real Madrid, que veían con desesperación cómo un futbolista identificado con el eterno rival catalán se erigía como el dios indiscutible del balón. Tras el fracaso estrepitoso de los intentos por equiparar su leyenda a la de Cristiano Ronaldo, la maquinaria mediática del club blanco puso en marcha un relato alternativo: el título de la Albiceleste había sido orquestado, promovido y diseñado en las catacumbas de la propia FIFA. Como un mantra de fe ciega, se repetía hasta la saciedad la cifra de cinco penales otorgados a favor del conjunto argentino, haciendo oídos sordos y omitiendo de manera olímpica los tres tantos anulados en el debut contra Arabia Saudí, los diez minutos de añadido que obsequiaron a Países Bajos con un empate en el minuto ciento uno o los dos lanzamientos desde los once metros sufridos por los de Scaloni en la mismísima final contra Francia. La realidad, con su tozudez, no debía estropear un relato de agravios tan útil como bien construido.
Para comprender el alumbramiento y la posterior propagación de esta paranoia, resulta obligado descender al subsuelo de la televisión nocturna y adentrarse en el plató de El Chiringuito de Jugones, ese circo mediático liderado por Josep Pedrerol. La simbiosis entre Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y empresario de poder omnímodo, y este programa es un ejemplo modélico de conveniencia mutua y acceso privilegiado. Aunque no medie un contrato firmado, el flujo de información es brutal y la lealtad, inquebrantable. Florentino no concede entrevistas al uso; ofrece audiencias papales que se convierten en acontecimientos nacionales, como aquella en la que anunció la fallida Superliga en 2021 o la que utilizó para lamerse las heridas tras el portazo de Mbappé. Este espacio funciona como el brazo ejecutor y el altavoz extraoficial del palco del Santiago Bernabéu, y desde ese púlpito se expandieron etiquetas tan virulentas como «VARgentina» o «ArgenFIFA». En la presente cita mundialista, la farsa ha continuado su curso imparable: cualquier expulsión del combinado suizo o cualquier queja proveniente de la delegación británica sirven como combustible para alimentar al monstruo de la desconfianza. «Me da pavor lo que nos puedan hacer», repiten como un eco los analistas patrios, temblando ante la idea de un expolio que justifique de antemano cualquier posible fracaso.
Esta corriente conspiranoica, emparentada con el terraplanismo y la fobia a las vacunas, habría quedado confinada al ecosistema de los trasnochadores y los aficionados radicales si el panorama del periodismo deportivo no hubiese experimentado un vuelco perturbador. La crisis estructural de los medios tradicionales ha provocado una inversión de los flujos de influencia: antaño eran los periódicos y las televisiones los que marcaban la agenda del debate; hoy son los influencers, streamers y youtubers de apenas catorce años los que inventan el agravio en las redes sociales, y los medios serios, en una carrera desesperada por la audiencia y el click fácil, terminan mendigando y validando esas narrativas. El caldo de cultivo idóneo para la expansión de este virus encuentra su nutriente en la soberbia eurocéntrica, pero también en una llaga histórica de difícil digestión: el orgullo futbolístico español asume con dolorosa dificultad que los máximos ídolos de sus grandes clubes sean, en su inmensa mayoría, argentinos. La sombra de Di Stéfano en el Real Madrid, la eterna presencia de Messi en el Barcelona, el carácter ganador de Simeone en el Atlético o la leyenda de Kempes en el Valencia son recordatorios diarios de que la grandeza del fútbol local se escribe con acento porteño, rosarino o cordobés, lo que genera un cóctel de admiración forzada y resentimiento contenido.
A este revoltijo de complejos e inferioridades se suma un rasgo típicamente colonialista que impregna el análisis previo: la seguridad de que la victoria es un derecho divino antes incluso de que los jugadores pisen el césped. Existe una soberbia institucionalizada que da por hecho que el trofeo viajará a Madrid porque el civilizado equipo español llegó a la final practicando un fútbol maravilloso, mientras que sus bárbaros rivales lo hicieron a base de juego subterráneo y gracias a la ayuda arbitral. Se sienten campeones por derecho propio, por una cuestión de estética y superioridad moral. Sin embargo, como el miedo cotiza al alza en la bolsa de las emociones, han diseñado una pirueta psicológica de una maestría absoluta: si la victoria se produce, será el triunfo lógico de la civilización y el juego limpio; si la derrota se consume, la culpa recaerá inexorablemente sobre el complot maquinado en Zúrich. La red de seguridad mental está desplegada y perfectamente tensada para cualquier eventualidad.
El delirio ha alcanzado cotas tan altas que la propia prensa seria, aquella que se suponía depositarla de la objetividad, ha comprado la mercancía averiada sin rechistar. Un prestigioso columnista plasmó en las páginas del diario ABC una reflexión que resume a la perfección el estado de ánimo imperante: «Este Mundial se ha convertido en una competición por ver quién sufre el próximo expolio ante Argentina», asegurando que Infantino exige la presencia de la Albiceleste en el desenlace final. La sospecha generalizada sobre los colegiados ha campado a sus anchas, sin pudor alguno, incluso en las ondas de la estatal Televisión Española. De esta manera, la expedición hispana llega al domingo decisivo con una mochila cargada de excusas y un discurso victimista que ya ha calado en la afición. El país se ha convencido de que si la Roja no alza la Copa, no será por el talento desbordante de Messi, la férrea disciplina táctica impuesta por Scaloni o un espíritu inquebrantable a prueba de cualquier contratiempo, sino por un decreto ley firmado en la sede de la FIFA. La coartada, a pesar de que se haya designado a un árbitro del civilizado viejo continente para dirigir el encuentro, ya está fabricada y lista para ser utilizada; ahora, tan solo resta la trivialidad de jugar el partido, esa pequeña anécdota que podría echar por tierra todas las profecías.
