Bajo el sol de Nueva York, la selección albiceleste busca su cuarta estrella y el bicampeonato que ningún equipo logra desde 1962. Messi, a sus 39 años, encara su despedida soñada frente a una España que recupera su esencia, en una final que trasciende lo deportivo para instalarse en la mística, los números y la piel de millones.
El calendario, caprichoso y exacto, marcó el fin de una travesía épica. Luego de treinta y ocho jornadas que batieron todos los registros de intensidad y paridad, el campeonato mundial de fútbol se despide este domingo con el duelo que todo aficionado anhela. La Selección Argentina, fiel a su costumbre de escribir guiones de infarto, se presentará en el césped del estadio de Nueva Jersey —esa mole de acero y cielo abierto que la FIFA insiste en llamar Nueva York— con la misión de coser la cuarta divisa dorada sobre su pecho. Será su séptima comparecencia en una definición máxima, la tercera dentro de las últimas cuatro justas planetarias, y la tercera —y última, juran los augurios— para Lionel Andrés Messi, quien se halla a un solo paso de consagrar el bicampeonato, un hito que, de consumarse, erigiría un antes y un después en los anales del balompié.
Mientras tanto, en los talleres de tatuaje de Buenos Aires, Rosario y Córdoba, las agujas ya zumban con la impaciencia de quien sabe que el 19/07/26 está a punto de sumarse al inmortal 18/12/22. Para los devotos de la numerología, la suma de ambas fechas arroja 41 —un número primo, dígito que encripta la soledad del genio y la firmeza de un colectivo que no se doblega—, aunque tal vez sea mejor no hacer demasiadas cuentas y simplemente dejarse llevar por la emoción. Del otro lado del campo, España comparece por segunda vez en su historia a una final mundialista, y también arrastra sus propias coincidencias numéricas, esas que alimentan la ilusión en la Roja. Sin embargo, su principal argumento no reposa en las cifras, sino en el funcionamiento coral que ha desplegado a lo largo del torneo, un mecanismo de relojería que recuerda a aquel equipo que dominó el planeta hace más de una década.
El pitazo inicial está previsto para las dieciséis horas, con una constelación de pantallas que se encenderán en cada rincón del país: Telefe, TV Pública, DSports, TyC Sports y Disney+ compartirán la señal de un evento que paralizará a la nación entera. Pero más allá de la logística televisiva, lo que realmente importa es el peso de las almas, la carga histórica que ambos combinados llevan sobre sus hombros.
El legado de un ídolo que ya no necesita nada
Es el día del tan promocionado último tango de Messi, y casualidades del destino, le toca bailarlo en su versión más popular, aquella que recientemente dedicó el triunfo a los millones de argentinos que no logran llegar a fin de mes, provocando con sus palabras algún que otro ceño fruncido en las altas esferas del poder. Es el mismo Messi que brinca con alegría alrededor de la bandera que reivindica la soberanía sobre las Malvinas, convertida ya en un tesoro nacional que trasciende lo político para volverse emblema popular. Pero también es el Messi humano, el que sonrió con la frescura de un pibe en sus primeros partidos goleadores en Kansas City, y el que lloró con desconsuelo infantil en aquellas clasificaciones agónicas de Atlanta, donde el alma parecía salirse por los poros.
El astro ya cumplió con creces, no hay debate posible: esto que viene es pura yapa, un excedente de gloria para un hombre que desafió los límites biológicos del tiempo a sus treinta y nueve primaveras. Se anotó el triunfo maradoniano que acaso le faltaba para cerrar el círculo, y nada menos que frente a Inglaterra, esa bestia negra del recuerdo. Sin embargo, su insaciable apetito competitivo lo empuja una vez más por el sendero del héroe, ahora frente al país donde construyó su leyenda y del que se marchó con un nudo en la garganta y más dudas que certezas. Enfrente, una selección española con ADN barcelonista casi puro, donde la sangre del Real Madrid apenas si alcanza para un par de gotas, lo que otorga al duelo un tinte de revancha personal y de reencuentro con sus orígenes.
En los Estados Unidos, esa tierra propensa a las definiciones absolutas y a los envoltorios marketineros, ya no se discute su condición de «Greatest Of All Time», la cabra, el ser supremo del deporte rey. Si el domingo levanta nuevamente el trofeo, no quedarán argumentos en todo el orbe para poner en duda su estatus celestial. Tan solo cabría preguntarse, con asombro filosófico, qué tan lógico resulta que un deportista pueda sellar una trayectoria tan monumental con semejante broche de oro, o si acaso todo no es más que un sueño lúcido del propio Messi, una ilusión colectiva de la que nadie quiere despertar.
Un pedazo de la historia que pesa sesenta años
Si la Albiceleste se alza con el trofeo este domingo, se convertirá en la selección más ganadora de los últimos sesenta años, un lapso que abarca desde 1966 hasta el presente. Una barbaridad de la que muchas veces no se toma dimensión, porque en ese período empata con Alemania y Brasil en número de copas, pero un triunfo la dejaría sola en la cima de ese podio temporal. La fórmula de este equipo, siempre la misma, es una suerte de manual de supervivencia: una figura rutilante que deslumbra dentro del rectángulo de juego, y un discurso coral que pondera la unión del grupo por encima de los individualismos a la hora de hablar con el exterior. El rótulo de bicampeón, esa joya escurridiza, permanece guardada bajo siete llaves desde 1962, cuando Brasil igualó lo que Italia había logrado en 1938. En los dieciséis mundiales siguientes, solo dos conjuntos tuvieron la oportunidad de repetir la hazaña y fallaron en el intento: la propia Argentina en 1990 y Francia en 2022, dos fracasos que pesan como losas en el imaginario colectivo.
Ahora, la oportunidad se presenta nuevamente, y el rival no es cualquier escollo: es España, una selección que ha renacido de sus cenizas con un fútbol de toque y presión que hipnotiza. Pero hay algo que a Lionel Scaloni, el conductor de esta nave, no le importa en absoluto. El técnico ha repetido hasta el cansancio que los récords y las estadísticas le resbalan, que incluso ignora algunos datos famosos que cualquier periodista maneja con soltura, rozando lo inverosímil. Sin embargo, difícilmente esta vez no le hayan susurrado al oído que podría convertirse en apenas el segundo director técnico de la historia en conquistar dos mundiales, después del italiano Vittorio Pozzo, que lo hizo en 1934 y 1938. En lo que va de este certamen, Scaloni ya ha roto varias marcas, como la de la cantidad de triunfos en la cita máxima dirigiendo a Argentina, superando holgadamente los siete de César Luis Menotti y los ocho de Carlos Salvador Bilardo. Eso sucedió hace bastante tiempo: ya acumula once victorias, y con una más, no jodemos más, el nombre del DT de Pujato quedaría grabado con letras de oro en el panteón de los inmortales.
Aguante corazón, que el sufrimiento tiene premio
Si por un instante redujéramos lo futbolístico al mero hecho de patear el balón, trazar diagonales o adivinar la intención del adversario, y dejáramos lo mental, lo espiritual y lo místico en un segundo plano, cabría formular una pregunta que ronda en cada pecho argentino: ¿cuánto más sufrimiento puede aguantar el hincha? La respuesta, por dolorosa que sea, es que siempre hay un poquito más de reserva en ese depósito emocional tan característico. Y es que la emotividad desbordada durante los partidos de la Selección en este Mundial ha sido tal que, incluso antes de la final, ya se ha instalado en la memoria colectiva de todo un pueblo. El susto mayúsculo ante Cabo Verde, aquella remontada de todos los tiempos frente a Egipto que parecía sacada de un guion de Hollywood, el golazo de Julián Álvarez ante Suiza que todavía rebota en las retinas, y el inadjetivable 2-1 a los ingleses, un triunfo que merece un capítulo aparte en la épica nacional. Y ahora, la guinda de la torta, la final frente a España.
Así que preparen los pañuelos, afinen la garganta y dispónganse a lagrimear sin reservas, porque esta selección ha demostrado que el fútbol es, ante todo, una cuestión de aguante, de fe y de corazón. No importa si los números acompañan o si la lógica dicta otra cosa; lo que realmente vale es ese instante en que la pelota cruza la línea y el tiempo se detiene. Ese instante, amigos, está a punto de llegar. Y cuando ocurra, ya sea para celebrar o para llorar, querrán haber estado ahí, con el alma en vilo, en el último baile de la Copa.
