Más allá del resultado: la epopeya colectiva que desborda el marcador

Más allá del resultado: la epopeya colectiva que desborda el marcador

El fervor popular, la soberanía flameando en un lienzo improvisado y la política en su vereda más gélida. La selección argentina deja una huella imborrable que trasciende la derrota y convoca a una identidad que ningún revés puede quebrar.

La marea celeste y blanca no se retira con el silencio que suele acompañar a las decepciones. A contramano de todo pronóstico, el fervor popular ha tejido una narrativa tan poderosa que el resultado adverso parece diluirse ante la inmensidad de un fenómeno que lleva semanas -y promete extenderse- sacudiendo las estructuras más rígidas de la sensibilidad nacional. El viaje de esta escuadra, salpicado de hazañas y entrega, ha construido un relato que se instala en la memoria colectiva con la firmeza de lo vivido, y no con la fragilidad de lo anecdótico.

Culminar con honores un ciclo futbolístico de proporciones extraordinarias, quizás inédito en los anales del deporte vernáculo, es una posibilidad que se cierne sobre el horizonte. Sin embargo, también podría tratarse de un capítulo que aún aguarda nuevas páginas. No es el instante, sin embargo, de formularse ese interrogante. La coyuntura exige ardor, entusiasmo y una rendición gozosa ante la evidencia de una efusión masiva que ha desbordado todos los pronósticos.

El examen de las pasiones populares, sin embargo, siempre ha sido un ejercicio tan sencillo como espinoso. Porque cada cual, en su fuero íntimo, tiende a interpretarlas según sus propios anhelos, y no en función de lo que estas simplemente representan. La política, mientras tanto, transita carriles paralelos donde la emoción parece haber sido desterrada. Mientras la Selección acaparaba la atención total durante más de un mes -y continúa haciéndolo-, el escenario institucional se desenvuelve con una frialdad calculada. Los sectores libertarios prosiguen tejiendo sus redes, designando magistrados y proyectando la cesión de recursos naturales, mientras sus planillas financieras dibujan un país que alberga apenas a una fracción de los habitantes que realmente somos. Del otro lado, la oposición no logra articular una propuesta que, siquiera, consiga atraer -ni hablar de enamorar-, en un contexto donde esa batalla permanente resulta, cuando menos, tediosa para el grueso de la ciudadanía.

Sin embargo, los círculos politizados no han permanecido ajenos al fenómeno mundialista. Durante la competencia, no han faltado quienes, empecinados en encontrar fisuras, manifestaron su malestar porque, mientras el país se entregaba al apetito foráneo, el «nacionalismo» sólo parecía emerger cuando el balón rodaba en la cita ecuménica. Aun concediendo que esa aseveración pudiera contener algo de certeza, el fútbol nos ha brindado una lección invaluable: la posibilidad de la sorpresa. Y no será en un terreno de juego donde se defina si quienes aspiran a confrontar el modelo actual sabrán capitalizar ese espíritu.

La soberanía en un pedazo de tela

En este escenario, la crónica magistral de Paula Marussich, publicada el viernes en Página/12, emerge como un testimonio lúcido acerca de cómo el clima de euforia instalado por la Selección tras su victoria ante Inglaterra terminó jugando en contra de las pretensiones oficialistas de derogar en el Senado la Ley de Tierras. Vale recordar, porque no abundan precisamente los defensores de la patria, que esta normativa limita la venta de suelo a capitales extranjeros y resguarda la integridad territorial. Justamente lo que los sectores libertarios pretenden eliminar. A la gesta deportiva se sumó el gesto de algunos jugadores al desplegar el ya icónico lienzo con la frase que reivindica la soberanía nacional sobre las Islas Malvinas. Esa imagen, capturada en fotos y videos, dio la vuelta al mundo en cuestión de segundos, estampando uno de los sentimientos que no admite fisuras, excepción hecha de un gobierno que no pudo disimular su desagrado. El enfado oficial se profundizó tras las declaraciones de la ministra Verdeoliva, quien advirtió que no se toleraría en el estadio ninguna manifestación alusiva al «mapita de las Malvinas».

Esa simple transcripción en un trozo de tela, con sus letras desparejas, ingresada de contrabando y lanzada al césped antes de ser requisada, constituyó un acto de viveza inmortal contra todo protocolo, ajeno a las lógicas del espectáculo prefabricado. Con ello se encendió la furia de los sectores más reaccionarios del mileísmo y de las decadentes raigambres imperiales. Gentes desentendidas por completo, en todos los rincones del planeta, que ni siquiera saben ubicar las Islas Malvinas en un mapa, tomaron nota del tema porque, además, fue la primera manifestación política explícita de esta Selección. Apenas precedida, en el plano individual, por el firme alineamiento peronista de Lisandro Martínez, y continuada, si se quiere ver así, por la alusión de Lionel Messi a quienes no logran llegar a fin de mes.

El fútbol como espejo de lo que somos

El cronista Marcelo Justo, corresponsal en Londres, acuñó una expresión que grafica el estado de ánimo británico: sour grapes. Es el equivalente a la sangre en el ojo, a la impotencia que no encuentra consuelo. Todos estos son efluvios circunstanciales, y en lo personal no modifican en un ápice la certeza de que ni el más épico de los campeonatos puede alterar asuntos de estructura, geopolítica o tendencias ideológicas. Sin embargo, ¿quién, con qué derecho, podría despojar a la ciudadanía de lo bailado? ¿Quién osaría reprimir las lágrimas derramadas por la conducción de Messi o por el cabezazo de Martínez, que superó a una fila de jirafas abroqueladas y a un arquero más inglés que los pubs de la City? ¿Cómo no conmoverse ante la garra desplegada frente a un rival superior, al que, en inferioridad numérica, se le plantó cara hasta los penales, rozando la hazaña si el remate de Simeone hubiera encontrado el arco? Es imperativo rendirse a esa emoción, sin dar cabida a ningún otro sentimiento, salvo el dolor lógico de la derrota, que queda en un plano secundario.

Batallas paralelas

Es cierto que, en un razonamiento superficial, amucharse para corear que «el que no salta es un inglés» y luego votar a un líder que, si no conserva el retrato de Thatcher en su escritorio, lo guarda en su corazón, parece una contradicción insalvable. Pero, ¿acaso no son estas expresiones complementarias de una misma realidad compleja? Si lo único que logra conmover masivamente es una selección de fútbol, por sus resultados y por la entrega con que se desempeña, ¿es razonable depositar en los jugadores la responsabilidad política del país? ¿En serio habrá quienes deseen seguir enfrascados en si Messi acompañó a Trump en una alfombra roja, o en si reparó públicamente en las dificultades económicas de la gente? Messi quiere jugar a la pelota. Punto. Puede resultarnos tan comprensible como antipático que no se erija en bandera contra la injusticia social, al estilo de Maradona, pero no podemos depositar en él nuestras frustraciones. Son batallas diferentes, para incurrir en una obviedad necesaria. Con el fútbol y sus símbolos, uno se estremece. Con la construcción política, uno apunta a otro horizonte, sin perder de vista el rol de lo cultural.

El opio de los pueblos o la gramática histórica

No se trata de caer en los clichés que interpretan a la Selección como el ejemplo de unidad nacional. Pero menos aún es cuestión de regalarse a la impostura intelectualoide del fútbol como opio de los pueblos. El verdadero opio es el que consumen quienes entienden a las masas como objeto y no como sujeto. ¿Tan difícil es comprender y sumarse a excitaciones colectivas que son producto noble de gramáticas históricas? Quien escudriña esa conmoción con parámetros mezquinos de si benefició a Milei o a Cadorna, está desenfocado. Todo eso está bien para chicanear en las redes, pero no para pretender más que eso. La crónica de Marussich sentenció que «Las Malvinas son argentinas (y el resto del país también)». Que ese resto vaya a serlo no se juega en Atlanta, ni en Nueva York, ni en un abrazo de Infantino, ni en el reglamento de la FIFA. Este lunes, la contienda seguirá con la emoción intacta de lo vivido y la certeza de que el destino nacional no se dirime en una cancha de fútbol. Que lo aprendan de una vez quienes no entienden nada, ni de pasiones ni de construcciones. Salud a la selección argentina y gratitud eterna por recordarnos lo hermoso que es compartir algo colectivo.

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