El canciller Mauro Vieira convocó al embajador argentino para transmitir su «repulsa» ante los improperios pronunciados por Javier Milei en San Pablo contra Lula da Silva y el Poder Judicial de Brasil. El episodio desata un terremoto en la relación bilateral a 203 años de amistad, mientras el círculo íntimo del Presidente argentino descarta cualquier gesto de retractación y el oficialismo brasileño califica las declaraciones como una «intromisión inaceptable».
La relación entre la Argentina y Brasil atraviesa su momento más crítico en décadas, luego del explosivo discurso que el presidente Javier Milei profirió en territorio paulista, donde dirigió una serie de invectivas contra su par Luiz Inácio Lula da Silva y contra el sistema judicial del país vecino. Lo que en principio pudo interpretarse como un exabrupto de campaña se ha convertido en un conflicto diplomático de primera magnitud, que puso a prueba los cimientos de una alianza estratégica forjada a lo largo de más de dos siglos. El gobierno de Lula no tardó en responder con contundencia, convocando de urgencia a los representantes diplomáticos de ambas naciones en una escalada que, por ahora, no encuentra señales de distensión.
El lunes, la sede de Itamaraty fue el escenario de dos reuniones cruciales que marcaron el pulso de la crisis. El canciller brasileño, Mauro Vieira, mantuvo un prolongado encuentro con el embajador de Brasil en Buenos Aires, Julio Bitelli, quien había sido llamado a consultas de manera inmediata tras conocerse los insultos de Milei. Horas antes, el domingo, Vieira ya había recibido al embajador argentino Daniel Raimondi, en una clara señal de que el malestar del gobierno brasileño no era un hecho menor. Según trascendió de fuentes calificadas, el objetivo de ambas reuniones fue el mismo: expresar de manera irrefutable el enojo y el más absoluto repudio del Estado brasileño ante lo que consideran una afrenta personal e institucional sin precedentes.
El propio Lula da Silva, consultado ayer por la prensa de su país sobre los dichos del mandatario argentino, respondió con una ironía que no pasó desapercibida: «¿Quién es ese tipo?», inquirió, en un gesto que busca restarle relevancia política a Milei al tiempo que subraya su desdén por las provocaciones. Sin embargo, detrás de esa aparente liviandad, en los despachos oficiales de Brasilia impera una profunda preocupación. Las autoridades brasileñas no interpretan los agravios de Milei como un hecho aislado o producto de la impulsividad, sino como una pieza más de un engranaje geopolítico que responde a intereses concretos. En esa línea, entienden que el respaldo del jefe de Estado argentino al candidato presidencial Flavio Bolsonaro no es casual ni ingenuo, sino que está íntimamente ligado al alineamiento estratégico que el gobierno de nuestro país mantiene con la administración de Donald Trump. Más aún, perciben en este movimiento la sombra de un plan mayor que busca expulsar a China de la región para que Estados Unidos pueda hacerse de los recursos naturales de naciones que, desde la óptica norteamericana, constituyen su «patio trasero».
El viaje de Milei a la nación limítrofe, donde hizo campaña abierta por el hijo de Jair Bolsonaro, desencadenó la crisis más aguda con el principal socio comercial de la Argentina. Lejos de atenuar el conflicto, desde el círculo íntimo del Presidente argentino se encargaron de enfatizar la postura intransigente que guiará los próximos pasos de la administración libertaria. En diálogo con este medio, fuentes cercanas al mandatario sostuvieron que «sería muy extraño que Milei pida disculpas de ningún tipo», argumentando que sus expresiones fueron genuinas y responden a una profunda amistad con la familia Bolsonaro, así como al malestar porque no se le permitió visitar a su amigo en prisión. Esta declaración de principios echa por tierra cualquier especulación sobre un gesto de distensión en el corto plazo.
El mensaje que el canciller Vieira transmitió a Raimondi fue lapidario. Desde Itamaraty se hizo saber que «no existen antecedentes de un presidente extranjero que, en suelo nacional, haya acumulado tal cantidad de agresiones y ofensas contra el Jefe de Estado, las instituciones democráticas, incluido el Poder Judicial, y el Pueblo brasileño». La declaración oficial agregó un lamento profundo: «Es especialmente lamentable que este episodio infamante involucre al presidente de un país con el que Brasil mantiene 203 años de amistad y cooperación y que tiene, en Brasil, su principal socio comercial». La reunión con Raimondi tuvo como único propósito, según las fuentes, transmitirle «la repulsa» del gobierno brasileño a los «improperios emitidos por Milei».
Según pudo reconstruir este diario, tras el encuentro con Vieira, Raimondi habría confesado a sus colaboradores más cercanos que el Canciller se mostró «sumamente enojado». Además, dejó trascender que entre los pedidos concretos del gobierno de Lula se encuentra el desplazamiento inmediato del cónsul argentino en San Pablo, Luis Kreckler, a quien se acusa de haber convalidado con su presencia los insultos del Presidente contra el jefe de Estado brasileño. Kreckler, un diplomático de vasta trayectoria que ocupó las embajadas de nuestro país en Brasil, Alemania, Suiza y China en diferentes períodos, se encuentra ahora en el ojo de la tormenta. Dentro de la carrera diplomática argentina, las opiniones están divididas. Hay quienes califican su actuación como «vergonzosa», al ejercer de «chaperón» oficial de Milei en un acto de neto corte partidario y celebrar los agravios al mandatario anfitrión. Sin embargo, otros analistas sostienen que, dada la tensa relación entre Raimondi y Kreckler, el primero podría estar tentado a utilizar al cónsul como «chivo expiatorio» para aplacar la ira brasileña, sacrificándolo en el altar de la conveniencia diplomática.
El canciller Vieira no ocultó su indignación en declaraciones a la prensa local, donde denunció que Milei «vino en un viaje privado a Brasil para participar de un evento partidista» y que el contenido de sus declaraciones «fue agresivo y caracteriza una intromisión en asuntos internos». La dureza del reclamo encontró eco en las palabras del ministro de Hacienda de Brasil, Darío Durigan, quien no dudó en calificar al Presidente argentino como «el payaso del presidente de Argentina» y contraatacó con datos concretos: «vino a Brasil y habló de Brasil, cuando el riesgo país, la deuda pública y la inflación de Argentina son mucho mayores», sentenció, en un intento por desviar el foco de atención hacia la delicada situación económica del vecino país.
La llegada de Bitelli a Brasilia fue inmediata y su primera acción fue reunirse con el Canciller. El encuentro se extendió por espacio de cuarenta minutos, tiempo que, según informaron fuentes de Itamaraty, «permitió realizar una evaluación inicial del estado de las relaciones bilaterales». No obstante, se aclaró que el diálogo entre el ministro y el embajador se reanudará tras el regreso de Vieira de Lima, ciudad a la que partió el mismo lunes para representar a Lula en la investidura de Keiko Fujimori como presidenta del Perú. Esta agenda confirma que Milei y Lula no se cruzarán en la ceremonia peruana, un dato que subraya la profundidad del distanciamiento. En cambio, el mandatario argentino tiene previsto mantener una reunión bilateral con Fujimori, en el marco de su objetivo de liderar un nuevo bloque regional de ultraderecha bajo la tutela de Estados Unidos, una foto política que busca proyectar al mundo como el nuevo líder conservador de la región.
En Brasil tienen plena conciencia del vínculo de subordinación que Milei mantiene con la administración Trump y, en especial, con el secretario de Estado Marco Rubio. Bajo esa lupa, interpretan el rol activo que el argentino pretende jugar en las elecciones presidenciales brasileñas del próximo 4 de octubre, donde busca impulsar la candidatura de Flavio Bolsonaro. Si bien desde el vecino país no se contempla, por ahora, un escenario de ruptura total de las relaciones diplomáticas, todo dependerá de la evolución de los acontecimientos y, fundamentalmente, de la actitud que adopte Milei en los próximos días. Su agenda internacional no se detiene: tras su paso por Perú, donde buscará consolidarse como el referente de la derecha al servicio de Washington, regresará a Buenos Aires para, el 7 de agosto, volver a tomar un avión con destino a Colombia, a fin de asistir a la ceremonia de asunción de Abelardo De la Espriella.
Mientras tanto, en el Congreso argentino, la reacción no se hizo esperar. Legisladores de distintos arcos políticos presentaron proyectos de declaración con el objetivo de repudiar los dichos de Milei y desmarcar al pueblo argentino de las provocaciones presidenciales. El excanciller y diputado de Unión por la Patria, Jorge Taiana, fue uno de los primeros en elevar su voz, presentando un texto en el que cuestiona severamente las palabras del mandatario y suma «el rechazo a la presencia y participación del Canciller Pablo Quirno y del Cónsul en San Pablo, Luis María Kreckler, en un acto de carácter estrictamente político-partidario en el extranjero, apartándose de las obligaciones constitucionales y legales que rigen el Servicio Exterior de la Nación». Taiana advirtió que el comportamiento del Presidente «pone en riesgo los lazos históricos de hermandad y cooperación estratégica entre ambas naciones» y remarcó que «las expresiones del Presidente dirigidas contra da Silva y contra el Ministro del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, resultan inadmisibles por constituir una injerencia en los asuntos internos de un Estado soberano».
A la iniciativa de Taiana se sumó el diputado Esteban Paulón, del Partido Socialista, con otro proyecto de resolución que, además del repudio, expresa «su solidaridad y desagravio al pueblo brasileño y a sus instituciones democráticas, reafirmando que las expresiones y conductas del Presidente no representan al pueblo argentino». Paulón fue más allá al rechazar «la utilización de la investidura presidencial y de los recursos del Estado argentino para la participación en actividades de carácter político-partidario y electoral» y solicitó al Poder Ejecutivo la urgente concurrencia del Ministro Quirno ante la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto de Diputados, a fin de que brinde las explicaciones pertinentes sobre el papel de la diplomacia argentina en este bochornoso episodio.
El futuro de la relación bilateral pende de un hilo. Mientras Brasil exige gestos concretos y una rectificación que parece no llegar, la administración Milei se aferra a su discurso de confrontación ideológica, dispuesta a pagar el costo político y económico de una pelea con el socio comercial más relevante del país. La historia de dos siglos de hermandad parece tambalear ante el embate de un discurso que privilegia la provocación por sobre la prudencia, dejando a la Argentina en una posición de vulnerabilidad diplomática que podría tener consecuencias impredecibles para su ya golpeada economía y su inserción internacional.
