El mandatario argentino viajó a Lima con la ambición de erigirse como el estandarte de una nueva alianza ultraderechista en Sudamérica, bajo la tutela de Washington. Sin embargo, lo que encontró fue un escenario de ausencias notables, reuniones privadas sin grandes anuncios y una foto de familia que, para los analistas, refleja más un deseo de liderazgo que una construcción política real. Mientras tanto, la relación con Brasil se envenena y el boletín oficial intenta explicar la presencia de una figura del espectáculo en la comitiva.
El presidente Javier Milei aterrizó en Lima con la convicción de que estaba dando un paso crucial para la reconfiguración del mapa político regional. Impulsado por la fantasía de comandar un bloque de naciones alineadas con la ultraderecha y con la mirada puesta en las directrices que emanan desde la Casa Blanca, el jefe de Estado argentino arribó a la capital peruana abordo de un avión de la Fuerza Aérea, dispuesto a escribir un nuevo capítulo en su estrategia de inserción internacional. Sin embargo, la realidad que encontró en el Congreso peruano distó mucho de la epopeya que quizás había imaginado.
El objetivo principal de la excursión era doble: ser testigo de excepción en la asunción presidencial de Keiko Fujimori y, en la intimidad de un encuentro bilateral, tejer los primeros hilos de una alianza que pudiera proyectarse más allá de las fronteras argentinas. Los colaboradores del mandatario habían alimentado la especulación sobre posibles anuncios transcendentales o acuerdos programáticos con otros líderes de la derecha continental. No obstante, la jornada se resolvió en la inmediatez de una imagen difundida en las redes sociales, una instantánea grupal en la que Milei aparecía flanqueado por sus pares, pero sin el peso de una declaración conjunta que rubricara su anhelado rol de faro ideológico.
El vacío de poder simbólico fue tan elocuente como las presencias. El escenario de la investidura fujimorista evidenció las fracturas y las distancias que aún separan a los líderes de la región. El mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, brilló por su ausencia, un gesto que trasciende la simple agenda diplomática para instalarse como un nuevo capítulo en la escalada de tensiones bilaterales. En lugar de acudir personalmente, Lula optó por delegar la representación en su canciller Mauro Vieira, una decisión que subraya el estado de congelamiento de las relaciones con Argentina tras los reiterados agravios verbales de Milei. La ofensiva diplomática del Partido de los Trabajadores (PT) contra el presidente argentino, con una denuncia ante la fiscalía electoral de Brasil por su reciente visita a San Pablo, añade un ingrediente de hostilidad jurídica a un vínculo ya de por sí erosionado.
Del mismo modo, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, decidió no enviar emisario alguno a la ceremonia, sumando su ausencia a la lista de desaires que marcaron el evento. La comitiva argentina, en tanto, estuvo integrada por el círculo más íntimo del Presidente: su hermana y secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el canciller Pablo Quirno. Pero fue la presencia de la expareja del mandatario, la actriz y comediante Fátima Florez, la que desvió la atención de la prensa y generó un revuelo mediático que obligó a las oficinas de prensa a salir al cruce de los rumores.
En medio de las especulaciones sobre una reconciliación amorosa, Florez publicó en sus redes una selfie con el saludo «Hola, Perú», lo que encendió las alarmas sobre la financiación de su viaje. Ante el fantasma de que los fondos públicos hubieran costeado el desplazamiento de la artista, un antecedente sensible tras el viaje de la esposa del exjefe de Gabinete Manuel Adorni a Nueva York en el avión presidencial, los colaboradores de Milei se apresuraron a deslindar responsabilidades. La versión oficial sostuvo que Florez no formó parte de la delegación argentina, que no utilizó la aeronave oficial y que su invitación provino directamente de la propia Keiko Fujimori, a quien habría conocido en un evento benéfico en Marbella. Sin embargo, esta explicación careció de respaldo documental o de la presentación de los pasajes correspondientes, dejando una sombra de duda sobre las circunstancias reales de su presencia en Lima.
Mientras las miradas se centraban en los detalles mundanos de la comitiva, el encuentro bilateral entre Milei y Fujimori transcurrió en un tono de elogios mutuos, pero sin sobresaltos. Según los escuetos partes de prensa difundidos desde la Casa Rosada, los líderes destacaron los «profundos lazos históricos» y la «importancia de fortalecer la cooperación en áreas estratégicas». El flamante mandatario argentino describió la jornada de asunción como «tediosa», un comentario que contrastaba con la admiración explícita de su anfitriona, quien no dudó en calificarlo como una «inspiración». La presencia del futuro canciller peruano, Carlos Espá, fue la única pista de que tras los formalismos se intentaba esbozar una hoja de ruta conjunta, aunque sin trascendidos concretos.
Un día antes de la ceremonia oficial, la ciudad de Lima fue escenario de una cena privada en el Museo Larco, organizada por el Adam Smith Center for Economic Freedom, un influyente think tank vinculado a la Universidad Internacional de Florida y al ala más dura del trumpismo. Este encuentro, al que Milei no fue convidado, reunió a figuras relevantes del conservadurismo hemisférico, como el presidente de Ecuador Daniel Noboa, el líder del Partido Popular español Alberto Núñez Feijóo y los exmandatarios Eduardo Frei y Vicente Fox. La Argentina estuvo representada por Fulvio Pompeo, secretario de Relaciones Internacionales del PRO, lo que evidencia la existencia de canales paralelos de negociación y acercamiento que no necesariamente tienen a Milei como protagonista exclusivo.
El Adam Smith Center, liderado por Carlos Díaz Rosillo, un asesor adjunto de Trump con pasado en la Casa Blanca y el Pentágono, representa el núcleo duro de la nueva política exterior estadounidense para la región. En declaraciones previas, Díaz Rosillo había sido categórico al afirmar que Washington ha dejado atrás su letargo y que ahora exige a los gobiernos latinoamericanos «entender la importancia de colaborar con Estados Unidos». Esta es la brújula que Milei aspira a seguir, y en su mente, la foto grupal que compartió en el Congreso peruano con los presidentes de Paraguay, Ecuador, Chile, Panamá, Bolivia y Honduras era la prueba fehaciente de que su sueño de liderar un bloque de derecha regional está más cerca que nunca.
Sin embargo, los analistas internacionales observan con escepticismo este armado. La imagen difundida por el asesor presidencial Santiago Caputo, quien encabezó la reunión con el vicepresidente de Fujimori semanas atrás, fue bautizada como «faro de faros», una declaración de intenciones que choca con la realidad de las economías locales. Tanto Perú como Chile, a pesar de tener gobiernos afines a la derecha y de participar en los circuitos de think tanks republicanos, mantienen una cautela estratégica frente a las presiones de Trump para desplazar a China de la región. Las oligarquías de ambos países dependen en gran medida de las exportaciones al gigante asiático, y las exigencias políticas de Washington aún no se traducen en alternativas económicas viables que justifiquen un alineamiento total.
El periplo de Milei no concluye en Lima. Su agenda refleja una obsesión por validar su proyecto político a través del contacto directo con los líderes de la ultraderecha. Después de haber compartido escenario con Jair Bolsonaro en Brasil y de haber asistido a la asunción de Fujimori, el presidente argentino regresará brevemente a su país para, el próximo 7 de agosto, despegar nuevamente con destino a Colombia, donde será testigo de la investidura de Abelardo de la Espriella. Antes de poner rumbo a Buenos Aires, Milei participó de una ceremonia en la Universidad San Martín de Porres, donde fue investido con un doctorado honoris causa, un título académico que, al igual que la foto en el Congreso, quizás pretenda dotar de solemnidad a una estrategia que, por ahora, parece más un deseo de grandeza que una realidad política consolidada.
