La Rioja, escenario del reencuentro peronista: abrazos y ausencias en el homenaje a Angelelli

La Rioja, escenario del reencuentro peronista: abrazos y ausencias en el homenaje a Angelelli

La conmemoración del 50° aniversario del asesinato del obispo Enrique Angelelli convocó a todas las vertientes del justicialismo en un clima de aparente unidad, aunque las sombras de las internas pasadas y las estrategias electorales futuras proyectaron un velo de tensión sobre el encuentro. La visita de Máximo Kirchner y la notoria ausencia de Axel Kicillof y Sergio Massa marcaron el pulso de una jornada donde el culto a la memoria del pastor riojano se entrelazó con la necesidad de recomponer los lazos rotos por la disputa por la conducción del partido.

La tarde del viernes en la Gobernación de La Rioja fue testigo de un reencuentro que, para muchos, significó el cierre definitivo de una de las heridas más profundas que atravesó al peronismo en los últimos tiempos. Cuando el diputado nacional Máximo Kirchner traspasó los umbrales del despacho oficial, las rencillas del pasado, aquellas que en 2024 enfrentaron a su madre, la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner, con el anfitrión provincial, Ricardo Quintela, quedaron relegadas a un capítulo olvidado. Los saludos cálidos, las palmadas en la espalda y las risas compartidas se impusieron como el lenguaje predominante de un encuentro que buscó enterrar el hacha de guerra. «En el peronismo, cuando se discute, se discute fuerte. Siempre fue así y va a seguir siendo así», sintetizó un dirigente cercano a ambos espacios, aludiendo a la naturaleza pasional de la política vernácula, para justificar un ida y vuelta que en su momento pareció tener ribetes de fractura.

Sin embargo, aquella contienda interna, que por momentos dividió aguas en el seno del movimiento, dejó cicatrices que aún hoy resultan visibles. Fue precisamente en ese contexto de confrontación donde el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, decidió apoyar la postulación de Quintela para presidir el Consejo Nacional del Partido Justicialista, un gesto que la vicepresidenta en ese entonces interpretó como un quiebre en la lealtad y una declaración de principios de un proyecto político autónomo. Esa desavenencia, que marcó un antes y un después en la relación entre el líder de La Plata y el núcleo duro del kirchnerismo, explica hoy la notable ausencia de Kicillof en la cumbre peronista que se desarrolla este fin de semana en la provincia norteña. El gobernador bonaerense, abocado a la expansión de su propio armado electoral dentro del espacio conocido como Movimiento Derecho al Futuro, optó por no pisar suelo riojano, delegando su representación en la ministra de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, Cristina Álvarez Rodríguez.

El otro gran faltazo a la convocatoria fue el del exministro de Economía y excandidato presidencial, Sergio Massa. El líder del Frente Renovador, quien aún guarda en su memoria la derrota electoral frente a Javier Milei en el balotaje de 2023, se mantiene en un discreto segundo plano, observando el tablero desde su oficina en la avenida del Libertador, mientras sueña con una eventual revancha en las próximas elecciones de 2027. Su ausencia física, no obstante, no implicó un desprecio total al evento, ya que envió a sus emisarios de confianza: la diputada Cecilia Moreau y el presidente del partido, Diego Giuliano, quienes se encargaron de tejer los lazos y mantener el diálogo en nombre del espacio. La excusa oficial para la inasistencia de Kicillof, según trascendió en los pasillos de la Gobernación bonaerense, fueron «compromisos familiares» de carácter impostergable, aunque pocos en La Rioja dieron crédito a esa versión, interpretándola más bien como una señal de distanciamiento estratégico.

La conmemoración como excusa para la política

El motivo formal que congregó a las diferentes familias del justicialismo bajo el mismo techo fue la conmemoración del quincuagésimo aniversario del asesinato de monseñor Enrique Angelelli, una figura emblemática para la Iglesia argentina y los organismos de derechos humanos. El obispo riojano, designado por Pablo VI en 1968, desarrolló una pastoral profundamente enraizada en los sectores populares, los trabajadores y las comunidades rurales, convirtiendo la defensa de los más desposeídos en el eje de su prédica evangélica. Inspirado por los vientos de renovación del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, Angelelli se transformó en una voz incómoda para los poderes fácticos, promoviendo cooperativas y alentando la organización vecinal, lo que lo convirtió en uno de los blancos preferenciales del terrorismo de Estado que asoló al país durante la última dictadura cívico-militar.

Su asesinato, ocurrido el 4 de agosto de 1976, fue enmascarado durante años como un simple accidente de tránsito, hasta que la investigación judicial determinó que se trató de un homicidio perpetrado en el marco del plan represivo, condenando a sus responsables por crímenes de lesa humanidad. Décadas más tarde, la propia Iglesia Católica, bajo el impulso del papa Francisco, reconoció que el obispo había sido ejecutado «por odio a la fe», un dictamen que allanó el camino para su beatificación. Esa memoria, viva y militante, fue el pegamento que el gobernador Quintela supo utilizar para intentar unir a las facciones del peronismo en torno a un relato común de lucha contra la injusticia y la opresión.

Los discursos y las definiciones políticas

La agenda del sábado incluyó una peregrinación a Punta de los Llanos, el lugar donde fue hallado el cuerpo de Angelelli, y una misa presidida por el titular de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo. Pero más allá de la liturgia religiosa, el evento tuvo su correlato político en las declaraciones de los líderes presentes. El senador nacional Eduardo «Wado» de Pedro, un referente de la primera línea kirchnerista, aprovechó la ocasión para ponerle límites a la discusión interna. En diálogo con la prensa, trazó una distinción crucial: cuando las diferencias entre los dirigentes son de índole personal, debe primar la racionalidad y el interés general por sobre los nombres y los intereses particulares; si, en cambio, las divergencias fueran programáticas o ideológicas, recién entonces podrían saldarse en el marco de unas elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). La senadora Juliana Di Tullio secundó esa postura, señalando que el movimiento nacional y popular alberga múltiples proyectos, aunque sus diferencias no son sustanciales, y llamó a los dirigentes a no perder de vista cuál es el verdadero adversario, en una clara referencia al modelo libertario de Javier Milei.

Máximo Kirchner, quien atraviesa una intensa gira por el interior del país que ya lo llevó a recorrer el sur de Santa Fe, Paraná y Carmen de Areco, utilizó su discurso para elogiar abiertamente la firmeza de Quintela frente al poder central. «La Rioja tiene un gran mérito en estos años. Ninguno de sus senadores y diputados nacionales obró en contra de ningún argentino», subrayó el diputado, en una velada crítica a aquellos gobernadores peronistas que, según su visión, han colaborado con el oficialismo en el Congreso a cambio de fondos y obras públicas. Mencionó explícitamente a los mandatarios de Catamarca, Salta y Tucumán, a quienes sindicó como aliados de la Casa Rosada en la aprobación de leyes que considera perjudiciales para la sociedad. Por su parte, el gobernador riojano, sin posibilidad de reelección en su provincia y ávido de ganar protagonismo nacional, se mostró eufórico con la presencia del hijo de Cristina, afirmando que «el peronismo es un gigante que está dormido» y que están abocados a la tarea de despertarlo.

El golpe a Kicillof y el mensaje de los ausentes

El momento de mayor tensión política de la jornada llegó cuando Máximo Kirchner, ya entrada la noche, tomó la palabra en un acto en el Sindicato de Luz y Fuerza. Con un tono de confidencia, el diputado relató una anécdota que, aunque no mencionó nombres, tuvo un destinatario claro: el gobernador bonaerense. Se refirió a un compañero que había intentado competir por la conducción del PJ nacional y que fue a discutir sus diferencias cuando Cristina Kirchner gozaba de libertad, pero que, cuando la exmandataria fue encarcelada, fue de los primeros en visitarla en su lugar de detención. Kirchner calificó esa actitud como «de buena persona y de buen peronista», y concluyó que son esas acciones las que terminan uniendo al movimiento. La indirecta, dirigida a Kicillof, fue recibida con silencio y algunas miradas cómplices en el auditorio, mientras la ministra Álvarez Rodríguez, presente en el recinto, se limitó a defender la estrategia de su gobernador, insistiendo en que este no es un año de candidaturas sino de construcción política y escucha territorial.

El mensaje del sector que lidera Cristina Kirchner fue, por lo tanto, doble. Por un lado, se tendió un puente hacia el riojano Quintela, enterrando el hacha de una disputa que ya caducó. Por el otro, se lanzó una advertencia a Kicillof, dejando en claro que el desafío a la conducción del espacio no queda impune y que la memoria del movimiento es larga. La cumbre, que se extenderá durante todo el fin de semana, tiene como objetivo declarado avanzar en el reordenamiento del espacio de cara a los comicios de 2027, aunque las sombras de las internas del pasado y las ambiciones del futuro se proyectan con fuerza sobre cada uno de los discursos. El fantasma de la unidad, tan anhelada como esquiva, planeó sobre La Rioja de la mano del recuerdo del obispo mártir, aunque las ausencias de los principales líderes electorales evidenciaron que, en el peronismo, la construcción de un frente común sigue siendo una asignatura pendiente, una tarea ímproba que intenta sortear las arenas movedizas de los egos y las estrategias personales.

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