El tablero electoral argentino a un año de los comicios: un tercio fiel a Milei y dos tercios en busca de una brújula común

El tablero electoral argentino a un año de los comicios: un tercio fiel a Milei y dos tercios en busca de una brújula común

A poco más de 365 días para la cita presidencial, las mediciones de opinión dibujan un mapa nítido: la sociedad está partida en dos bloques asimétricos. Mientras el oficialismo se sostiene sobre un piso duro que combina identidad ideológica y anticastrismo peronista, la mayoría opositora navega en la fragmentación. La clave de la futura derrota o reelección del libertario no estará solo en su gestión, sino en la capacidad de la disidencia para construir un puente electoral creíble, superar rencillas secundarias y ofrecer certezas más allá del diagnóstico crítico.

A un año exacto del próximo llamado a las urnas presidenciales, el paisaje político argentino se presenta como un rompecabezas de lealtades y desencantos, donde las encuestas coinciden en un diagnóstico que ya no admite matices: la sociedad se divide en dos universos desiguales, cada uno con sus propias lógicas, tensiones y paradojas. Por un lado, un tercio del electorado se mantiene firme detrás de la figura de Javier Milei, un apoyo que, sin embargo, reposa más en el miedo al adversario que en la convicción por las ideas libertarias. Por el otro, los dos tercios restantes conforman un archipiélago de voluntades dispersas, capaces de inclinar la balanza si logran articular un proyecto común, pero condenadas a la irrelevancia si persisten en la atomización y el lamento estéril.

El respaldo al actual mandatario, según revelan los sondeos más recientes, se sostiene sobre dos pilares que han evolucionado de manera dispar. El primero, de índole programática, agrupa a quienes sintonizan con el discurso rupturista, la estética provocadora y el ideario de ajuste profundo que Milei encarna desde su irrupción en la escena nacional. Ese núcleo duro de seguidores, que valora tanto el fondo como la forma de su prédica, ha ido, sin embargo, perdiendo densidad con el correr de los meses, erosionado por la realidad cotidiana de una economía que no termina de despegar y por promesas que chocan contra la inercia de los números. El segundo sostén, en cambio, se ha vuelto el verdadero ancla del tercio mileísta: la percepción de que el líder de La Libertad Avanza es la única fuerza capaz de frenar el regreso del peronismo, al que sus adversarios más radicales tildan de comunista, y de impedir que el pasado vuelva a instalarse en la Casa Rosada. Ese rol de “criptonita antiperonista” se ha convertido en el principal activo político del Presidente, un escudo que compensa sus flaquezas en la gestión diaria y le permite mantener un piso de entre el 30 y el 40 por ciento de los sufragios, aun cuando su administración acumule tropiezos en materia de inflación, salarios y actividad productiva.

En esa lógica, la paradoja se vuelve evidente: la incapacidad reconocida por los propios votantes para solucionar los problemas económicos más acuciantes es suplida por un liderazgo percibido como invencible en la contienda electoral. Milei se ha erigido, así, en el campeón de una batalla cultural y política que trasciende lo meramente económico, y su éxito para mantenerse en el podio depende, en gran medida, del respaldo explícito de los poderes fácticos —el capital financiero, los grandes grupos mediáticos y los sectores concentrados de la producción—, que lo ven como el garante de un modelo de acumulación que les resulta favorable y que, por tanto, sostienen con su influencia y su discurso público.

Frente a ese tercio compacto, el otro 66 por ciento de la sociedad se presenta como un mosaico heterogéneo, atravesado por dos corrientes de rechazo que, aunque confluyen en el descontento, responden a lógicas muy distintas. Por un lado, están aquellos que nunca confiaron en Milei, que no votaron por él en 2023 y que se sienten irremediablemente alejados de su cosmovisión, ya sea por convicciones de izquierda, por un peronismo moderado o por un republicanismo que aborrece los excesos verbales y las políticas de shock. Por el otro, se ubican los desencantados: ciudadanos que en algún momento depositaron su esperanza en el fenómeno libertario, pero que, a medida que el gobierno avanzaba, fueron perdiendo la fe al comprobar que el ajuste no traía consigo la prosperidad prometida, que la dolarización seguía siendo un espejismo y que la brecha entre el discurso épico y la gestión prosaica se hacía cada vez más insalvable.

Ese bloque opositor, sin embargo, adolece de un mal crónico que lo ha mantenido a la sombra del oficialismo: la fragmentación. No se trata de una división ideológica profunda —en el grueso, todos coinciden en la necesidad de desalojar a Milei del poder—, sino de una dispersión provocada por liderazgos personales, rencillas históricas, estrategias mediáticas contrapuestas y, sobre todo, por la ausencia de un mecanismo claro que permita dirimir quién será el abanderado de esa mayoría. La trampa del desconcierto, alimentada por el propio oficialismo a través de una narrativa del caos y la crisis permanente, ha atomizado a la oposición en decenas de pequeñas fuerzas que compiten entre sí por un espacio acotado, diluyendo así su potencial electoral. Para que ese universo heterogéneo logre converger en una candidatura única, advierten los analistas, se necesitarán tres condiciones ineludibles: una base común de corte antimileísta, que funcione como denominador ideológico mínimo; generosidad para ceder en diferencias secundarias, que suelen ser las que más ruido generan en la prensa y las redes; y responsabilidad institucional para diseñar un método real, transparente y aceptado por todos, que defina al postulante sin dejar heridas irreparables.

En ese sentido, los especialistas coinciden en que la mera estrategia monopólica del diagnóstico crítico —ese ejercicio de señalar con dedo acusador cada error del gobierno— ha agotado su eficacia. No basta con repetir que la inflación corroe el bolsillo, que el salario real se derrumba o que la pobreza trepa sin freno; esas verdades, por dolorosas que sean, no se traducen automáticamente en votos si no van acompañadas de un programa alternativo creíble, de un horizonte de certezas que ofrezca al electorado algo más que el consuelo de la queja. La ciudadanía, fatigada por años de crisis, demanda propuestas concretas, nombres que inspiren confianza y un relato que no solo critique, sino que construya.

La eliminación de las PASO, que en 2025 se perfila como una posibilidad cierta, agrava aún más la urgencia opositora. Sin esa instancia de competencia interna obligatoria, el sendero del lamento y la dilación debe caducar de inmediato, y dar paso a herramientas políticas ágiles que permitan dirimir, sin estridencias, quién encabezará la lista única. Entre las opciones que circulan en los cuartos de fondo de la política, dos han cobrado fuerza en los últimos meses. La primera, inspirada en la experiencia mexicana, propone un sistema de encuestas abiertas —un “pull” de sondeos— donde cada sector aporte su propia medición, pero con una metodología común y un puñado de preguntas consensuadas que eviten la manipulación. Ese ejercicio, aunque no necesariamente vinculante, podría servir como un termómetro confiable y un punto de encuentro simbólico para las fuerzas que aspiren a la unidad. La segunda alternativa apunta a establecer un decálogo mínimo de compromisos: desde la promesa explícita de no apoyar a Milei en los próximos doce meses, hasta la suscripción de las primeras diez medidas que adoptaría un gobierno alternativo, pasando por la reivindicación de causas que hoy dividen, como la urgencia de eliminar las trabas judiciales que pesan sobre Cristina Fernández de Kirchner —una proscripción de facto que, para muchos, simboliza la persecución política y el lawfare—, o la defensa de políticas de desarrollo productivo frente al ajuste salvaje.

El futuro electoral de Milei, por tanto, no dependerá tanto de sus propios aciertos o desaciertos, sino de la evolución de estas dos variables en pugna. Si el Presidente logra estancarse definitivamente sobre su tercio duro, como viene ocurriendo en los últimos trimestres, sin perder ese piso pero sin expandirlo, entonces todo quedará en manos de la oposición. Si esta, por el contrario, persiste en su atomización, distraída por polémicas estériles, diferencias menores y disputas de egos, mientras pospone lo que debería haber hecho desde ayer —construir una herramienta política unificada—, entonces Milei no necesitará más que su propia base para ganar: una caída en la participación general, producto del desencanto y la desmovilización, bastará para que su tercio se traduzca en un porcentaje de votos válidos suficiente para revalidar el mandato. La paradoja final es que el libertario, tan denostado por sus adversarios, puede terminar siendo el gran beneficiario de la incapacidad de estos para articularse.

La disputa política y electoral, pues, está servida en toda su crudeza. Y lo que se haga en los próximos meses —no en la recta final de la campaña, cuando los eslóganes y los jingles publicitarios intenten tapar las grietas— será infinitamente más decisivo que cualquier artificio comunicacional. Porque en esta partida de ajedrez criollo, las jugadas que definen el mate se ejecutan con anticipación, en el silencio de los acuerdos y en la claridad de los programas, no en el estruendo de los últimos spots. La historia argentina, una vez más, se escribe con tinta de unidad o con lápiz de fractura; y el lápiz, para desgracia de muchos, ya está afilado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *