El presidente de la entidad, José Luis Iglesias, sostuvo que la pérdida de empleos y la consecuente contracción del dinero en circulación profundizarán la recesión durante todo 2026. En un diagnóstico sin filtros, cuestionó la falta de rentabilidad en el comercio, la insostenibilidad del endeudamiento y la «inoperancia» de los dirigentes para resolver a tiempo la crisis del sector fabril fueguino.
En un contexto de incertidumbre económica que parece no encontrar un piso firme, el presidente de la Cámara de Comercio de Río Grande, José Luis Iglesias, encendió todas las alarmas al proyectar un escenario sombrío para los próximos meses. A través de sus declaraciones realizadas en el ámbito de INFO3 Noticias, el referente empresarial no solo ratificó el pesimismo reinante, sino que cuantificó el deterioro esperado para el presente año, afirmando que el nivel de adquisiciones en la plaza local podría sufrir una merma adicional de hasta un quince por ciento en relación con el período anterior. Este pronóstico, lejos de ser un mero ejercicio estadístico, refleja la angustia de un sector que observa cómo la merma sostenida de puestos laborales y la consiguiente reducción de los haberes percibidos por los trabajadores generan un efecto dominó que sofoca cualquier atisbo de recuperación en la demanda interna.
Iglesias fue contundente al explicar la mecánica de esta recesión, subrayando que el problema no se circunscribe únicamente a aquellos hogares que pierden su fuente de ingresos. El directivo enfatizó que cada empleo que se extingue arrastra consigo una extensa red de actividades colaterales, desde los servicios de higiene y mantenimiento hasta el transporte de personal, pasando por una miríada de pequeñas prestaciones que dependen indirectamente de la gran industria. Al no existir la misma masa monetaria recorriendo las calles de la ciudad, la contracción de la demanda se vuelve inevitable, generando un círculo vicioso donde la baja en las ventas obliga a ajustar aún más los costos, lo que a su vez perpetúa la destrucción de empleo. El panorama dibujado por el empresario es el de una economía local que se desangra lentamente, sin vislumbrarse en el horizonte inmediato ningún factor que pueda revertir esta tendencia descendente.
Ante la pregunta sobre las tácticas que están implementando los dueños de negocios para sortear el temporal, Iglesias describió un escenario de supervivencia extrema donde la rentabilidad ha pasado a ser un concepto casi abstracto. En muchos casos, los comerciantes se ven forzados a mantener sus puertas abiertas apelando a la liquidación del stock acumulado, llegando incluso a comercializar mercancías por debajo del costo de reposición. Esta estrategia desesperada, que implica segmentar la oferta, cambiar de proveedores o diversificar el surtido hacia otros rubros, no es vista como una solución, sino como un paliativo para ganar tiempo mientras se espera una reactivación que tarda en llegar. De manera paralela, el titular de la entidad gremial lanzó una severa advertencia respecto a la tentación del financiamiento externo, dejando en claro que recurrir al crédito para afrontar gastos corrientes es una decisión estéril en un contexto donde la ecuación económica no cierra. «No existe otra forma de sostener un emprendimiento que no sea generando ganancia», sentenció, desestimando cualquier atajo financiero que no esté respaldado por un flujo positivo de caja.
Al ser consultado sobre las perspectivas a futuro y las eventuales recetas mágicas que podrían aliviar la situación, Iglesias se mostró escéptico y crítico con la clase dirigente. Parafraseando la idea de tropezar reiteradamente con la misma piedra, el empresario insistió en la necesidad de aprender de los desaciertos del pasado, mencionando las promesas incumplidas de los representantes políticos que, a su juicio, no supieron anticipar la crisis. En este punto, trazó un paralelismo inevitable entre las dos ciudades principales de la provincia, señalando que la realidad de Río Grande presenta aristas de mayor complejidad que la de Ushuaia. No obstante, reconoció que el turismo se erige como el único faro de esperanza en medio de la tormenta, calificándolo como un aliciente vital que ofrece un vislumbre de actividad positiva para el conjunto de Tierra del Fuego, aunque aclaró que este empuje no es suficiente para compensar el desplome de la producción y el empleo en la urbe norteña.
Sin embargo, la mayor preocupación que expresó el dirigente no radica únicamente en la coyuntura comercial inmediata, sino en el futuro estructural de la matriz productiva local. Con un tono que denotaba franca inquietud, Iglesias centró su análisis en el devastador panorama que atraviesan los sectores fabriles, haciendo especial hincapié en la industria textil y la electrónica, pilares históricos de la economía fueguina. Según su criterio, si las condiciones actuales se perpetúan y no se vislumbra un cambio radical en las reglas de juego, dichas actividades simplemente «carecen de horizonte», una expresión que en el lenguaje empresarial equivale a un pronóstico de desaparición o de virtual extinción en el corto y mediano plazo. El dirigente puso sobre la mesa el ejemplo concreto de la fabricación de acondicionadores de aire, una línea que ya muestra signos de agotamiento, y advirtió que los más perjudicados por esta debacle fabril son, una vez más, los operarios y sus núcleos familiares, quienes no solo soportan la falta de ingreso, sino también la pérdida de los servicios y beneficios que orbitaban en torno a esos puestos de trabajo.
Para culminar su intervención, Iglesias no ahorró críticas hacia la labor de los representantes políticos y gremiales, a quienes acusó de mostrar una «inoperancia» preocupante ante la velocidad de los acontecimientos. El titular de la Cámara de Comercio remarcó que la historia se repite con demasiada frecuencia y que la falta de previsión y de soluciones oportunas termina profundizando las heridas de una sociedad que ya ha pagado un alto costo en crisis anteriores. La sensación que prevalece en el sector comercial es la de una angustia contenida, donde la incertidumbre y la falta de definiciones claras impiden cualquier planificación a largo plazo. Mientras el consumo se derrumba y la industria local se desvanece, los comerciantes riograndenses se aferran a la esperanza de que el diálogo y la gestión eficiente puedan destrabar un nudo que, por ahora, parece inexorablemente apretado, condenando a la ciudad a un año más de sacrificios y ajustes.
