River cortó la tormenta con un triunfo que vale más que tres puntos

River cortó la tormenta con un triunfo que vale más que tres puntos

El conjunto millonario atravesaba un vendaval de señalamientos y marcas adversas, pero la noche del domingo encontró un respiro al imponerse por 2 a 0 ante el líder invicto del torneo. La necesidad de sumar prevaleció por sobre la estética, y el estadio celebró el primer paso de una recuperación que se antojaba impostergable.

El cúmulo de reproches había adquirido una densidad difícil de ignorar en los alrededores del Monumental. Cada jornada que transcurría sin victoria alimentaba un sinfín de cuestionamientos que provenían de todas las direcciones: se criticaba la falta de reacción del entrenador, las marcas negativas que se acumulaban en los registros históricos, la abultada inversión en refuerzos que aún no retornaba en resultados palpables, y hasta la manera en que se había relegado a ciertos futbolistas a un ostracismo que, lejos de fortalecer el grupo, sembraba interrogantes sobre el estado anímico de los que permanecían en pie. Se insistía, además, en que los estamentos dirigenciales, el cuerpo técnico y el propio plantel no lograban sintonizar con la grandeza que se exige en esta institución. Y cuando las caídas se suceden sin pausa, cualquier contratiempo se transforma en un aluvión imparable. Durante días, el cielo riverplatense había estado cubierto por una espesa capa de nubarrones que no presagiaban nada bueno.

Sin embargo, el refranero popular tiene una verdad incontrastable: nunca llueve para siempre. Tal como reza la vieja sentencia de Perogrullo, ningún infortunio se extiende hasta la eternidad, y aquel domingo, al caer la tarde, los rayos de luz lograron filtrarse en el barrio de Núñez. El conjunto de la banda roja, que hasta entonces deambulaba sin brújula en el certamen local, por fin pudo enderezar el rumbo con una victoria que, más allá del marcador, representa un bálsamo para el espíritu. Fueron tres unidades que llegaron acompañadas de dos conquistas, las primeras en esta contienda, y una valla invicta que se erigió como un muro ante el ataque rival, otra primicia en lo que va del torneo. El público, presente en masa, respondió con aliento incesante de un sector a otro, y aunque en el complemento se percibieron algunos rezongos aislados, no hubo lugar para los cánticos de desaprobación que suelen entonarse en los malos momentos. Nadie reclamó un mayor esfuerzo, nadie exigió nombres propios. La tranquilidad fue la nota predominante.

El triunfo adquiere una dimensión mayor si se considera al adversario: Argentinos Juniors arribaba al coloso de Núñez con la vitola de su fútbol vistoso y un puntaje ideal que lo colocaba en la cima de la clasificación. No era un escollo menor, sino el líder sólido, aquel que había desplegado un juego asociado y ofensivo que cautivaba a los neutrales. Y sin embargo, el Millonario supo doblegar a ese rival con una propuesta que priorizó la contundencia por encima del lucimiento. Lo que quedó en segundo plano fue el análisis pormenorizado del funcionamiento colectivo o la distancia que aún separa a este equipo del rendimiento que sus figuras prometen. En esta ocasión, el imperativo categórico era ganar, y se cumplió. El objetivo trazado era hallar un cimiento sobre el cual edificar la recuperación, y ese cimiento quedó firmemente establecido. Todo lo demás, incluso las opiniones de aquellos que presumen de un gusto exigente y refinado, se convierte en materia accesoria cuando la urgencia se impone.

Los protagonistas, conscientes de la magnitud del envite, saltaron al césped con la certeza de que no había margen para el error. Fue palpable desde el pitido inicial la entrega absoluta de cada uno de los integrantes del once local, que desplegaron una presión incesante en cada rincón del terreno para desarticular la circulación fluida del adversario, precisamente su herramienta más elogiada. La estrategia fue clara: obstaculizar la salida limpia, incomodar en cada recepción y forzar equívocos en la zaga visitante. El plan dio frutos, porque los defensores y el guardameta de Argentinos sucumbieron en varias ocasiones a la desesperación, regalando balones que pudieron ser aprovechados con mayor puntería. El anfitrión no generó un torrente de juego asociado, es cierto, pero sí ofreció pinceladas de calidad que invitan al optimismo. Por caso, la figura de Thiago Almada emergió como un faro en la gestión de las pelotas detenidas; su pie derecho se convirtió en un arma constante, y aunque su influencia en ataque fue intermitente, se destacaron cuatro o cinco envíos magistrales que despertaron el entusiasmo de la tribuna.

Se vislumbra, además, un futuro promisorio en la conexión del joven enganche con sus compañeros de vanguardia. Andrada y Correa, este último autor de una actuación notable, comenzaron a entender los tiempos del creador de juego, mientras que Driussi, cuya reaparición se espera para el compromiso ante el conjunto colombiano o en la próxima fecha local, aportará la profundidad y el desequilibrio que el ataque necesita. En la retaguardia, la dupla central cumplió con una tarea impecable, otorgando solidez y seguridad a un bloque que hasta hace días se mostraba frágil. River, se dice con frecuencia en su entorno, está obligado a ganar y a hacerlo con estilo. Pero la multitud que colmó cada rincón del estadio abandonó sus asientos con la satisfacción de haber presenciado un resultado que, aunque imperfecto, representa la mitad del vaso lleno. Y en tiempos de incertidumbre, esa medianía se convierte en un tesoro invaluable que alimenta la esperanza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *