“Farmear aura”: el nuevo fenómeno de la Generación Z que convierte el carisma en moneda de cambio digital

“Farmear aura”: el nuevo fenómeno de la Generación Z que convierte el carisma en moneda de cambio digital

Lo que comenzó como un viral brasileño se transformó en una competencia global de presencia, gestos y actitud. Los jóvenes miden su “aura” en batallas callejeras, redes sociales y hasta heladerías, mientras los adultos intentan descifrar un léxico que proviene del universo gamer y se expande como pólvora.

Si se agudiza la mirada hacia el horizonte de las tendencias juveniles, aún puede divisarse el rastro de los therians, aquellos adolescentes de melena indómita que irrumpieron con furia efímera durante el verano, semejante al estallido de una flor de cerezo o al fogonazo de una bengala navideña. Pero con el regreso a las aulas, su estela se desvaneció entre los pasillos escolares. No es que hayan desaparecido del todo, sino que el pulso de lo viral ha mutado una vez más, porque en el ecosistema acelerado de TikTok, los bailes, el cringe y las competencias incesantes, lo que hoy reina es una práctica tan sencilla como enigmática: farmear aura.

Una madre, en un arrebato de complicidad generacional, intenta replicar los gestos de su hija adolescente: el mewing, los six/seven, esos pasitos esquivos que pueblan los tutoriales de la red. Pero la quinceañera, con la crueldad propia de quien habita el centro de la escena, le espetó: “Mamá, eso es justamente lo opuesto a farmear aura”. La escena evoca aquel capítulo memorable de Los Simpson, donde Homero conducía mientras se debatía el elusivo concepto de ser “buena onda”. Y así, la pregunta flota en el aire, como un enigma generacional: ¿cuándo se farmea aura? ¿Requiere de la validación de un otro? ¿Puede acaso cosecharse en la soledad de la selva, lejos de toda mirada que atestigüe el esfuerzo? ¿Y quién, en su sano juicio, podría dictaminar qué acciones suman y cuáles restan en esta moneda invisible?

Mientras los medios tradicionales y los adultos de más de cuarenta años intentan descifrar el código, los jóvenes ya trazaron su propio mapa de referentes. Entre los gestos que, por consenso tácito, elevan el nivel de aura, se cuentan imágenes icónicas: Leo Mattioli exhalando el humo de un cigarrillo con desgano, Pepe Argento descendiendo la escalinata de su hogar con una apostura inconfundible, o aquel niño de buzo de Looney Tunes que bailaba como una tía en una fiesta familiar. Son destellos de cultura popular que, en su brevedad, condensan una autoridad que no necesita explicaciones.

El himno no oficial de esta corriente suena con fuerza: se trata de “Aura”, de Ogryzek, un híbrido de funk y electrónica de textura agresiva que invita al movimiento. Al compás de esa base, cualquier adolescente desata una coreografía que bebe de los gestos de Fortnite, las poses de League of Legends, los guiños a Minecraft, y un batido visual que va desde el traje de Iron Man hasta la impostura de El Lobo de Wall Street, pasando por el meme del rostro de chad y la figura del futbolista Lamine Yamal con los pantalones caídos. Todo ello conforma un revuelto gramajo de la cultura pop más bastarda y contemporánea.

La etimología de la moda proviene, como tantas otras, del lenguaje de los videojuegos. Farmear —del inglés farm, granja— alude a la repetición de acciones rutinarias con el fin de obtener una ventaja paulatina: desmalezar, alimentar, cosechar, regar, una y otra vez, hasta ver los frutos. Por su parte, la aura designa ese resplandor magnético que envuelve al carisma, la confianza y la seguridad personal. De modo que farmear aura no es otra cosa que acumular millas de esa presencia magnética: cuanto más chad —ese arquetipo de varón seguro y exitoso—, mayor será la cosecha de prestigio.

El punto de partida de esta fiebre se rastrea en un video viral protagonizado por un joven brasileño, que reproducía con exactitud las muecas de Jim Carrey en La Máscara, frotaba sus dedos, señalaba al cielo y esbozaba esos célebres six/seven como quien sacude melones invisibles en el aire. Puro encanto, sin más artificio. A partir de ahí, el fenómeno se extendió como una mancha de aceite, y pronto surgieron las competencias de aura, verdaderos duels urbanos herederos de las batallas de rap callejero. En esos enfrentamientos, dos contrincantes miden su presencia escénica ante un jurado que puede ser el público mismo, y el veredicto se expresa en números: el ganador es aquel que logra condensar más de mil puntos de aura, cifra que se ha convertido en lugar común en los comentarios de TikTok y en los juegos de mundo abierto.

Los arqueólogos de la cultura pop también han señalado un antecedente cinematográfico: las pasarelas de Zoolander y Hansel en la película de 2001, ante la mirada impávida de David Bowie. Más cerca en el tiempo, han acumulado aura figuras como los muchachos de Paren la Mano, el propio Marcelo Tinelli o el conductor Nico Occhiato en el programa Luzu. Incluso la ciudad de Mar del Plata se sumó a la fiebre, con una heladería que lanzó un “helado de aura” y con competencias en la Plaza Mitre que reunieron a personajes de toda laya: bailarines callejeros, imitadores del fallecido Gaspi y una legión de freaks dispuestos a todo por un instante de gloria.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires no fue ajena al movimiento: en la Feria Kawaii, otakus y emos de todas las tonalidades participaron en una competencia de farming que confirmó la transversalidad del fenómeno. Y, como era de esperarse, la inteligencia artificial ya comenzó a fantasear con sus propias creaciones, amalgamando al Corazón de Seda con Chuchu, dos criaturas bizarras nacidas en los pliegues de la viralidad 2.0, en un gesto que parece querer automatizar el carisma.

Pero quizás la anécdota más insólita la aportó el político Guillermo Moreno, quien, con su habitual olfato para los devenires digitales, aseguró que “el peronismo siempre está diez años adelantado”. Y para demostrarlo, recordó aquel 1º de abril de 2008, cuando en un acto oficial en Plaza de Mayo le propinó a Martín Lousteau un ademán que, según él, inauguró el gesto del aura. De ser cierto, el dirigente habría anticipado casi dos décadas la tendencia.

Más allá de las anécdotas, la pregunta que subyace es: ¿qué obtiene un campeón de aura? En ocasiones, premios físicos, pero lo sustancial es la ganancia simbólica: sumar más aura y, de paso, algunos seguidores en las redes sociales. El farmeo cósmico eleva el ki hasta su máxima expresión, y asciende tan vertiginosamente que roza el sol. Y el sol, como bien se sabe, termina quemando todo aquello que se le acerca con demasiada osadía. Así, el ciclo se repite: los jóvenes galoparán hacia nuevas mañas antes de que el fuego consuma por completo la chispa del momento.

La Generación Z ha democratizado el carisma, lo ha pixelado, le ha puesto ritmo de funk carioca y lo ha convertido en un activo cotizable en la bolsa del scroll. El aura —ese fulgor intangible e irrepetible— se emana y se valúa con la mirada ajena. Pero no está de más recordar las palabras de Walter Benjamin sobre la reproductibilidad técnica: las coreografías insistentes, la repetición incesante, terminan por destruir el aura de la obra. El bien de consumo de esta temporada se pudre rápido en la verdulería del cringe. Mientras tanto, solo queda disfrutar del brillo, porque mañana, el algoritmo ya habrá ajustado su cotización a la baja.

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