El circuito del terror financiero: cómo los prestamistas usurarios se adueñan de los barrios ante la fragilidad económica

El circuito del terror financiero: cómo los prestamistas usurarios se adueñan de los barrios ante la fragilidad económica

La exclusión del sistema bancario y el ahogo de las billeteras virtuales empujan a miles de familias a caer en manos de prestamistas con intereses desbordados, vinculados muchas veces a economías ilegales, que no dudan en emplear la amenaza, el despojo o el secuestro para cobrar sus deudas. Un recorrido por el infierno cotidiano de quienes viven al borde del abismo.

En la trama de los barrios populares, donde la economía formal se vuelve un espejismo y el dinero escasea como el agua en el desierto, ha emergido con fuerza arrolladora una figura tan antigua como renovada en sus métodos: el prestamista. Pero, como advierte Yamila, una vecina de Lomas de Zamora, «hay prestamistas y prestamistas». Los hay que llegan en moto, sin importarles siquiera la identidad de quien solicita el auxilio, y que, con una velocidad pasmosa, instalan el terror en el hogar, porque saben exactamente dónde residen sus víctimas. Estos son los más temibles, los que no dudan en emplear la extorsión como moneda corriente.

El fenómeno, lejos de ser una anécdota aislada, se ha convertido en un negocio en expansión que siembra pánico en los conglomerados urbanos más desfavorecidos. Según relatan integrantes de organizaciones sociales en diálogo con este medio, la palabra «prestamista» se ha vuelto un término elástico que, en muchos casos, encubre realidades más siniestras vinculadas al narcotráfico. No obstante, el abanico es amplio: desde el viejo quinielero que siempre tuvo un prestamista detrás, hasta talleres mecánicos que usan sus excedentes para prestar, o agencias de autos de menor porte que encuentran en los préstamos una vía para hacer rendir dinero de procedencias poco claras. El denominador común es la usura y la violencia latente.

El camino hacia este callejón sin salida suele tener un recorrido marcado. La economista y militante Luci Cavallero, de Movida Ciudad, explica que la gente acude a estos prestamistas barriales ante el agotamiento de otras alternativas. Primero, se agotan los créditos bancarios; luego, las billeteras virtuales, que ofrecen tasas exorbitantes, se vuelven inaccesibles por la acumulación de deudas. Es entonces cuando se abre la puerta al prestamista de la esquina, aquel que no pide requisitos y entrega el dinero en efectivo, pero que cobra tasas que los especialistas califican como «infinitas». Un interés que puede trepar a 10 o 15 mil pesos por día, una cifra que desestabiliza cualquier economía familiar, por modesta que sea.

Los especialistas sostienen que la novedad no es la existencia de estos agentes, sino la aparición de actores con una lógica más depredadora y organizada. Ya no se trata del vecino que presta un dinero extra, sino de grupos que se reparten los territorios como si fueran zonas de caza. «Vos prestás acá, yo presto acá», es la consigna. Estos nuevos actores están mucho más vinculados a economías ilegales, como el tráfico de estupefacientes, el juego clandestino o las apuestas virtuales. Prestar dinero se convierte así en el mecanismo perfecto para blanquear o hacer circular ganancias mal habidas, ofreciéndolas a quienes atraviesan una necesidad apremiante. La usura se transforma en el engranaje que conecta el capital ilícito con la desesperación cotidiana.

La justicia federal ha tenido un escaso pero revelador vistazo a esta realidad. Un caso que llegó a los estrados judiciales expone con crudeza el deterioro social: una pareja secuestró a una de sus deudoras, una empleada de una pizzería, manteniéndola cautiva y bajo amenazas de un arma de fuego para exigir un rescate que comenzó en ocho mil dólares y terminó siendo fijado en millón y medio de pesos. La investigación reveló una secuencia de doce préstamos en apenas dos meses, once de los cuales tenían tasas que duplicaban el capital prestado. Aunque no se pudo probar el vínculo directo con el narcotráfico, la sospecha de los fiscales fue contundente.

El testimonio de Eva, una albañila del oeste del conurbano, es un espejo de esta tragedia colectiva. Despedida de su empleo durante un embarazo, se reinventó aprendiendo un oficio, pero con la llegada del nuevo gobierno, el trabajo comenzó a escasear. Las tarjetas de crédito, que ella describe como un «tesoro preciado» para los trabajadores, dejaron de servir para comprar una heladera o pintar la casa, y pasaron a financiar la compra diaria de alimentos. Un problema de salud la sacó del mercado laboral y, con una deuda de 1,2 millones de pesos en la tarjeta, aceptó la oferta de un prestamista. Pidió 200 mil y devolvió 400 mil; luego pidió 500 mil y la deuda se disparó a un millón. La pesadilla llegó a su hogar cuando un desconocido, enviado por el prestamista, se metió en su casa mientras su hijo estaba solo, preguntando por ella y registrando el lugar. Eva los llama «usureros» y señala que estos emisarios, a los que describe como «soldados», no tienen contemplaciones: no les importa si hay niños, enfermos o ancianos. Saben que con una o dos visitas de intimidación basta, y a la tercera, despojan a la familia de sus bienes, ya sea llevándose el vehículo, vaciando la vivienda o, en los casos más extremos, apropiándose del terreno.

Hernán Letcher, del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), analiza el fenómeno como parte de un proceso de «precarización del endeudamiento». Según sus estudios, el circuito de la deuda se asemeja a un embudo con tres etapas: primero el banco, luego las billeteras virtuales y, finalmente, el prestamista. Mientras la morosidad bancaria se ha frenado, el problema se ha trasladado a las capas informales. La deuda de las familias creció de manera exponencial entre noviembre de 2024 y junio de 2026, pasando de 2,5 a 12,8 veces su ingreso. Y lo más grave es que, al llegar al prestamista, el dato desaparece. No hay trazabilidad, no hay registro, no hay estadísticas. Es un agujero negro donde las tasas de interés, que ya eran abusivas en las billeteras virtuales (hasta un 1400% anual), se vuelven incalculables. El prestamista no negocia, cobra, y si no hay dinero, se lleva el horno de la casa.

En el barrio de Eva, los relatos de despojo son moneda corriente. Un vecino perdió su auto, que ahora es usado por el prestamista; una familia perdió la mitad de su lote, donde el acreedor levantó un complejo de monoambientes para alquilar; otra mujer vio cómo su terreno comenzaba a ser edificado por quien le prestó dinero. Eva, precavida, tuvo que esconder su moto en casa de su madre. Hoy, la desesperación nubla el juicio de los vecinos, y ella misma se pregunta, con alivio y espanto, qué la llevó a entrar en ese círculo vicioso del que logró salir intacta.

Pero la historia de Marta, docente jubilada, es quizás la que mejor ilustra el acoso diario. Vive con la presión arterial desbordada y el sueño perdido, asediada por una decena de prestamistas que merodean su puerta como un enjambre. Uno de ellos le impuso un interés de 15 mil pesos diarios. Para intentar saldar la deuda, ya le ha entregado dinero y electrodomésticos, como un microondas que tuvo que comprar nuevo porque el acreedor no aceptaba el usado. La deuda se originó por un cumpleaños y un viaje de egresados, pero ahora se ha convertido en una rueda imparable que la mantiene en el borde del abismo. «Vivís amenazada todo el tiempo», confiesa. «Es algo que tenés miedo. Miedo de salir a la calle, no sabes si te lo vas a encontrar».

La violencia que ejercen estos grupos no se limita al acoso. En la Ciudad, Cavallero menciona casos extremos: un prestamista amenazó a una mujer con llevarse a sus hijos, lo que podría indicar una red de explotación sexual o de reclutamiento forzoso para economías ilegales. En otra ocasión, un deudor fue amedrentado con la quema de su vivienda. Ante estas situaciones, las organizaciones barriales han tenido que generar colectas para pagar deudas y, en otros casos, realizar denuncias penales, aunque la militante advierte que la acción judicial, por sí sola, no es suficiente. «Es más importante el acompañamiento de las organizaciones porque la Justicia no está dentro del barrio», sostiene, comparando la situación con la violencia de género, que exige un abordaje multidisciplinario y una red de contención territorial.

Fidel Ruiz, de La Poderosa, agrega una pieza más a este rompecabezas de la explotación: antes de llegar al despojo de bienes materiales, muchos prestamistas se quedan con la tarjeta de la Asignación Universal por Hijo, un recurso vital para las familias más vulnerables. Considera que, si bien existen proyectos legislativos para abordar el sobreendeudamiento, estos son paliativos que no atacan el problema estructural. «Los gobiernos no están pensando ninguna política pública que pueda salvaguardar la vida integral de estos vecinos», denuncia, señalando que el recorte en educación, salud y programas sociales es la otra cara de la moneda que termina empujando a la gente a endeudarse.

Pero quizás el aspecto más perturbador de esta realidad sea la naturalización de la crueldad por parte de los propios prestamistas. Hernán Letcher ha documentado la difusión de videos en redes sociales donde los cobradores registran con sus teléfonos el momento del despojo. En una de estas grabaciones, se ve una camioneta circulando por calles de tierra, mientras una voz en off narra con desparpajo cómo fueron a buscar la cocina de una mujer que no pudo pagar, burlándose de su intento de recurrir a Defensa del Consumidor. «Ahora estamos yendo a buscar la cocina», dice la voz, como si se tratara de un paseo más. Otro video muestra a un joven en moto promocionando préstamos de 70 mil pesos con una ganancia de 35 mil, invitando a los espectadores a acompañarlo en su recorrido. «Hay una lógica de contar la crueldad desde el lado del que presta plata», reflexiona Letcher. «Hay una crueldad evidente de la etapa política que indica que, al menos para una parte, nada de eso es un problema ni está mal».

La estampa final es desoladora. Familias enteras viven con el zumbido constante de la deuda, sabiendo que en cualquier momento pueden perderlo todo. La pregunta que flota en el aire es cómo detener un mecanismo que se alimenta de la desesperación y que, en su fase más oscura, se confunde con el crimen organizado. Mientras el Estado no logre tejer una red de protección efectiva y el sistema financiero formal siga siendo un lujo inalcanzable, el prestamista seguirá siendo, para muchos, la única puerta abierta. Una puerta que, una vez traspasada, rara vez se vuelve a cerrar sin dejar cicatrices profundas.

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