El ministro de Economía recibió la orden presidencial de mostrarse “cercano” a la ciudadanía, pero su primera parada fue una heladería de lujo en el barrio más exclusivo de Buenos Aires. Mientras el Gobierno insiste en que la población no entiende el proceso económico, los números muestran una caída sostenida del salario real, destrucción de empleo y una recesión que ya supera en crudeza a la de 2018-2019.
El relato oficial pretendía construir una imagen de proximidad, de contacto con el pulso cotidiano de los argentinos. Sin embargo, la escena que se materializó en las últimas horas terminó por graficar, con una precisión casi quirúrgica, la distancia abismal que separa al poder de la gente a la que dice representar. La historia, como tantas otras en este Gobierno, arrancó con un pedido: el núcleo duro del espacio político que conduce Javier Milei le exigió al ministro de Economía, Luis Caputo, que abandonara el confort de los despachos y se lanzara a la calle para hacer campaña, para hablar cara a cara con los ciudadanos. La consigna, filtrada desde las altas esferas de la Casa Rosada, apuntaba a recorrer, sobre todo, los barrios de la Ciudad de Buenos Aires, donde La Libertad Avanza busca consolidar su electorado ante la evidente imposibilidad de plantar bandera en los conurbanos más castigados por el rigor del ajuste.
A Toto Caputo, como se lo conoce en el mundo financiero, le sugirieron con énfasis la palabra “cercanía”. El objetivo era terminar con la percepción –cada vez más extendida– de que el Ejecutivo se mueve en una burbuja insensible al drama diario de las familias, que en su mayoría lidian con problemas económicos y financieros de extrema gravedad. No es la primera vez que el jefe del Palacio de Hacienda recibe directrices de este tipo; ya había ocurrido durante la campaña de las legislativas de 2025, cuando se negó rotundamente a pisar el conurbano bonaerense. Quienes lo conocen admiten sin vueltas que Caputo, un hombre forjado en la banca especulativa internacional, con paso firme por el JP Morgan y el Deutsche Bank, no tiene entre sus virtudes el contacto popular. “Yo preferiría evitarlo, pero bueno…”, se resignó ante quienes, desde el Gobierno, insisten en la necesidad de un acercamiento social que contrarreste el avance despiadado de la motosierra presidencial, aunque los gestos resulten, en el mejor de los casos, poco convincentes.
Caputo, que no contempla en su hoja de ruta ningún cambio contracíclico que alivie la recesión, se cuadró y obedeció la orden, consciente de que este oficialismo no perdona las desobediencias y que el castigo suele ser ejemplar para quienes se desvían de la línea. En tiempo récord, puso a su equipo a buscar empresarios para visitar, y el resultado de esa búsqueda no pudo ser más elocuente: le trajeron una heladería nueva, de la prestigiosa marca Lucciano’s, ubicada en el corazón de Las Cañitas, uno de los barrios más selectos y exclusivos de la Comuna 13. Como si el concepto de “cercanía” con la gente se hubiera diluido en el camino, Toto recorrió ese local –el número 100 de la cadena– acompañado por Pilar Ramírez, dirigente porteña de La Libertad Avanza, en un espacio ambientado como un hotel boutique, con lujos y detalles que poco tienen que ver con la realidad de la mayoría de los comercios del país. El local, abierto hace ya cinco meses, fue tratado por el ministro como si se tratara de una visita inaugural, con elogios y sonrisas que contrastaban con el escenario de crisis que atraviesa el resto de los sectores productivos.
El dueño y fundador de la heladería, Christian Otero, un empresario que se mueve con soltura en el círculo de los ceos afines al libertarismo, recibió a Caputo con los brazos abiertos y afirmó, sin titubeos, que el consumo en su firma no había sufrido merma alguna. Le ofreció un pequeño vaso de helado y, entre bromas, reveló que el gusto predilecto del ministro es el dulce de leche, una declaración que, lejos de humanizar al funcionario, terminó por subrayar lo anecdótico de la escena. En las entrañas del Gobierno, la elección del lugar y del momento generó incredulidad. “Mirá que había quioscos, locales más chicos, almacenes de barrio… y se fue a Las Cañitas”, comentaron con sorna fuentes oficiales que prefirieron mantener el anonimato. Los últimos datos del sector indican que la venta de helados cayó entre un 15 y un 18 por ciento en términos interanuales, aunque desde el Palacio de Hacienda podrían argumentar, para no romper con la costumbre del cherry picking estadístico, que esa baja es propia de la estación invernal. Pero el meollo del asunto es otro: la primera salida pública de Caputo a un establecimiento productivo fue a una heladería de lujo, cuyo dueño comulga con la doctrina oficial y que no representa, en absoluto, la agonía de las pymes ni el cierre masivo de firmas que se registra en todos los rubros.
El verdadero motor de esta estrategia de exposición callejera no es otro que Karina Milei, la hermana del Presidente y secretaria general de la Presidencia, quien ejerce el liderazgo fáctico de la toma de decisiones políticas. Desde su oficina, con encuestas y grupos focales bajo el brazo, se insiste en que la percepción social sobre el Gobierno es la de un poder que liquida sin piedad la economía doméstica. El jefe de Gabinete, Diego Santilli, y la senadora Patricia Bullrich, coinciden en que la salida a los barrios es el mejor antídoto contra esa imagen, y creen que la gente no está captando las mejoras macroeconómicas que el Presidente asegura que ya se están dando. De hecho, Bullrich debió incluso editar un mensaje en la red social X en el que, en sus propias palabras, reconocía que la población no está bien, un exabrupto que debió ser matizado para no romper con el discurso triunfalista que impone la Casa Rosada.
Pero hay un detalle que agrava la situación: el pedido a Caputo para hacer campaña no surge de una genuina preocupación por el sufrimiento ajeno, sino de una convicción profunda que circula en los pasillos del poder. Fuentes oficiales confiaron a este diario que el Gobierno, y en particular el Presidente, no cree que las mejoras no estén llegando a las familias; lo que sostienen, con una arrogancia que asombra, es que las familias no comprenden adecuadamente el proceso que debería generar esas mejoras. Esa lógica, que echa la culpa a la población por no entender la teoría económica, no es un desliz aislado ni un error de comunicación, sino una idea instalada, casi doctrinaria. Esta misma semana, durante su intervención en el Council of the Americas, Milei expuso ese pensamiento con crudeza: cuando habla sin casete, insulta a los empresarios, se burla de la sociedad que padece el ajuste y hasta niega, con cinismo, que la mayoría de los argentinos no llegue a fin de mes.
En ese marco, Caputo recibió la instrucción de salir a explicar, una y otra vez, que con el paso de los meses la mejora llegará al bolsillo y que el proceso de desinflación –aún lejano– será la clave para que los ingresos recuperen terreno. El problema, sin embargo, no es el discurso ni la capacidad de comprensión de los ciudadanos, sino los números fríos que arroja la realidad y que desmienten cualquier atisbo de optimismo. La consultora C-P, dirigida por Pablo Moldovan y Federico Pastrana, emitió en las últimas horas un informe revelador que, más allá de los fuegos artificiales oficiales, confirma que la situación es extremadamente compleja y que el Gobierno necesita, con urgencia, salir del mundo de irrealidad presidencial para enfrentar los problemas domésticos que están quebrando las finanzas familiares.
Según ese análisis, el promedio de paritarias correspondiente a julio mostró una caída del poder adquisitivo, y desde hace cuatro meses el salario real de los convenios del sector privado se mantiene estancado, alternando meses de leve recuperación con otros de nuevos retrocesos. El sueldo, insiste el informe, sigue siendo el núcleo duro de la crisis. Los indicadores salariales reflejan el deterioro anticipado por los acuerdos paritarios: en junio, el índice de salarios del sector privado continuó sin movimiento y alcanza niveles un 4,2 por ciento por debajo de los registrados en enero de 2025, mientras que el salario efectivo medido por el SIPA se redujo un 0,9 por ciento y acumula una contracción del 5,5 por ciento en lo que va del año. Con una inflación mensual que ronda el 2 por ciento, la pauta salarial acordada frena cualquier intento de recuperación real, y la generalización de sumas fijas no hace más que profundizar la heterogeneidad y la precariedad de los ingresos. Esas sumas, advierten los especialistas, permiten apenas recuperaciones esporádicas, y las condiciones para una mejora sostenida seguirán siendo esquivas mientras no se profundice la desinflación y no se incorporen montos más abultados a los salarios básicos.
Pero el panorama se vuelve aún más sombrío cuando se observa el mercado laboral. El informe de CP detalla que la crisis del empleo se agravó en mayo, con una contracción del empleo registrado por tercer mes consecutivo y doce meses seguidos de caída en la cantidad de asalariados privados. El ajuste, en términos de destrucción de puestos de trabajo, es similar al que se produjo al inicio del Gobierno, asociado a la devaluación de fines de 2023, y en la comparación histórica, la crisis del empleo privado registrado del período 2023-2026 ya supera en intensidad a la devastadora recesión de 2018-2019. Los datos anticipados de contrataciones y despidos no dejan lugar a dudas: las incorporaciones se encuentran en niveles propios de 2002, mientras que los despidos crecen con una fuerza que no se veía en décadas.
El problema, entonces, no parece ser el helado de dulce de leche que el ministro degustó en medio de un local boutique, sino la destrucción del salario, la precarización del empleo y la recesión que no da tregua. La foto de Caputo en Las Cañitas quedará, quizás, como la metáfora perfecta de un Gobierno que insiste en mirar el mundo desde la terraza de un hotel de lujo mientras la mayoría de los argentinos lucha por llenar la heladera. La orden de “cercanía” se cumplió, pero el eco de esa visita no hizo más que amplificar el ruido de una distancia que, por ahora, parece insalvable.
