El rol decisivo de Estados Unidos en la guerra de Malvinas: presiones, doble discurso y apoyo clave a Londres

El rol decisivo de Estados Unidos en la guerra de Malvinas: presiones, doble discurso y apoyo clave a Londres

A 44 años del conflicto del Atlántico Sur, documentos desclasificados y testimonios revelan la intervención activa de Washington en favor del Reino Unido, desde llamados intimidatorios al dictador Galtieri hasta el suministro de combustible, inteligencia y logística militar. La “neutralidad” histórica que algunos pretenden rescatar hoy se desmorona ante las pruebas.

La madrugada del 1 de abril de 1982, el gobernador británico en las Islas Malvinas, Rex Hunt, irrumpió en la programación de la emisora local para comunicar a la población que el desembarco de fuerzas argentinas era inminente. Apenas sesenta minutos más tarde, la operación anfibia entraba en su etapa final: los comandos embarcados en el destructor “Santísima Trinidad” comenzaban el transbordo hacia lanchas neumáticas que los conducirían hasta la costa malvinense. Lo que el gobierno de facto argentino concebía como un movimiento sorpresivo, sin embargo, ya había sido detectado por la inteligencia estadounidense en las primeras horas de esa jornada.

Desde el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca se instó al presidente Ronald Reagan a intervenir para detener el avance argentino. Se sucedieron tres comunicaciones telefónicas entre Washington y Buenos Aires; en las dos primeras, el general Leopoldo Fortunato Galtieri rehusó dialogar. Recién en el tercer intento aceptó el llamado, pero para entonces la comunicación con los buques de guerra ya se había interrumpido y el operativo militar carecía de marcha atrás. El canciller Nicanor Costa Méndez, conocedor de que esa conversación se produciría, redactó personalmente las palabras que el dictador debía pronunciar y designó al diplomático Roberto García Moritán como intérprete. Cerca de las 21 horas, García Moritán ingresó al despacho del general, donde lo esperaban también el almirante Benito Moya y el general Héctor Iglesias. Minutos después, un coronel de inteligencia conectó un grabador de cinta abierta al aparato telefónico, con la intención de registrar el intercambio.

Ambos hombres, Galtieri y García Moritán, acercaron sus rostros al auricular para escuchar la voz de Reagan. El mandatario estadounidense fue categórico: negó cualquier respaldo a la Argentina, subrayó los vínculos históricos que convertían a su nación en el aliado más sólido de Gran Bretaña y advirtió que, en caso de estallar un enfrentamiento armado, la “opinión pública mundial” adoptaría una postura desfavorable hacia la Junta militar. La reacción de Galtieri fue de incredulidad y desplazó la responsabilidad hacia el traductor: “No pudo decir eso”, exclamó, convencido de que el intérprete había tergiversado las palabras de Reagan. El dictador esperaba al menos un gesto de neutralidad de parte de aquel hombre a quien había apoyado enviando efectivos argentinos a combatir revolucionarios en El Salvador y Nicaragua. Tras un silencio espeso, García Moritán leyó al presidente norteamericano la minuta elaborada por Costa Méndez, y el diálogo concluyó sin mayores avances.

La última baza que le restaba a Galtieri era aferrarse a la posibilidad de un error de traducción. Solicitó entonces al oficial de inteligencia que reprodujera la grabación, pero el militar había cometido una falla en la conexión: del equipo solo emergió un zumbido ininteligible. Ante esa frustración, el general, con su carácter despótico, ordenó un castigo degradante conocido como “salto de rana” para el coronel responsable, una penitencia reservada habitualmente para los reclutas. Para evitar que el incidente se repitiera, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) envió a su mejor técnico en electrónica, un ingeniero apodado “Stiles”, cuyo nombre verdadero era Antonio Horacio Stiuso, con la misión de resolver definitivamente el problema técnico.

El resumen oficial que circuló entre las Fuerzas Armadas argentinas, según el testimonio del almirante Moya, condensaba el mensaje de Reagan en términos lapidarios: el reconocimiento de la soberanía argentina era inviable porque Gran Bretaña ocupaba un lugar privilegiado en la política exterior de Estados Unidos; cualquier desembarco encontraría resistencia y el Reino Unido respondería con fuerza militar. Esa advertencia, sin embargo, no fue suficiente para disuadir a la Junta.

Tres días después, el diario La Nación plasmó en su editorial un análisis crítico: la actitud de Washington, expresada verbalmente por Reagan a Galtieri, revelaba una perspectiva distorsionada y errónea. El matutino lamentaba que Estados Unidos se aislara del resto de América al abordar el conflicto, y advertía que esa postura solo empujaría a la Argentina, decidida a no retroceder, a buscar amparo en interpretaciones favorables de aquellos cuyos intereses generales chocaban con los del gobierno norteamericano.

Mientras tanto, en Londres, la primera ministra Margaret Thatcher comprendía que la colaboración de la dictadura argentina en la exportación del terrorismo de Estado a Centroamérica, realizada a pedido de Reagan, colocaría a su socio estadounidense en una posición incómoda. Un manuscrito desclasificado en 2013, escrito de puño y letra por Thatcher, revela la presión que ejerció sobre la Casa Blanca: “A lo largo de mi gestión, he procurado ser leal a EE.UU. como nuestro gran aliado. En su mensaje afirma usted que sus sugerencias se ajustan a los principios básicos que debemos proteger. Ojalá así fuera, pero me temo que no es así”.

El 6 de abril, Reagan designó al general Alexander Haig como mediador en el conflicto. Hasta el 30 de ese mes, la administración norteamericana elaboró cinco propuestas de paz, en todas las cuales la bandera de Estados Unidos aparecía ondeando en Malvinas como garante del acuerdo, y se contemplaba la posibilidad de que Washington asumiera el control total o parcial del archipiélago. Ninguna de esas iniciativas fue aceptada por las partes en disputa. El principal aliado de Haig durante esas negociaciones fue Sir Nicholas Henderson, embajador británico en Washington, cuya insistencia permanente para que Reagan respondiera con toda su fuerza a la alianza histórica con Gran Bretaña se convirtió en un factor determinante para el desarrollo de la guerra.

El 10 de abril, Galtieri se reunió con Haig en Buenos Aires, mientras en la Plaza de Mayo se congregaba una multitudinaria manifestación de respaldo a la recuperación de las islas. Durante ese encuentro, el dictador argentino presumió ante el mediador: “Nosotros tenemos experiencia en guerras porque hemos combatido a la subversión”. Haig, con una réplica cortante, le respondió: “Ustedes tuvieron una cacería de patos; guerra es lo que van a tener ahora”. La frase sintetizaba la distancia abismal entre la percepción local y la realidad bélica que se avecinaba.

Cuando la flota británica zarpó rumbo al Atlántico Sur, Estados Unidos autorizó a los ingleses a utilizar la base de la Isla Ascensión como plataforma logística y se hizo cargo de casi la totalidad del combustible que Thatcher empleó durante la campaña. A lo largo de todo el conflicto, circularon versiones sobre asistencia norteamericana mediante aeronaves C5, suministro de minas submarinas y transmisión de información satelital, elementos que inclinaron la balanza a favor de Londres.

El 25 de mayo, en plena ofensiva británica, Galtieri recibió un mensaje de Reagan con motivo de la fecha patria argentina, en el que el presidente estadounidense subrayaba: “Nunca ha sido más importante reafirmar los comunes intereses y valores que unen a Argentina y a Estados Unidos”. Lejos de aceptar la cortesía, el dictador contestó con inusual dureza, señalando la incoherencia de ese gesto con la actitud hostil de su gobierno y calificándolo de incomprensible en las circunstancias imperantes. Aquella fue la última comunicación directa entre ambos mandatarios.

Cuarenta y cuatro años después, el autoproclamado virrey Lamelas ha osado hablar hipócritamente de una supuesta neutralidad histórica de Estados Unidos. Sin embargo, los 649 soldados argentinos caídos en combate y una cifra similar de veteranos que, tras la guerra, optaron por quitarse la vida, saben muy bien que Washington fue un engranaje indispensable para la victoria británica y, sobre todo, para que en el Atlántico Sur triunfara el proyecto político de Thatcher.

En un episodio reciente que refleja la pervivencia de esa influencia, una sábana blanca con inscripciones en aerosol negro en un hotel de Atlanta obligó al gobierno de Javier Milei a recoger con entusiasmo versiones absurdas que presentaban a Donald Trump como un héroe en la recuperación de las islas. Paralelamente, se puso en venta el predio de la Base Naval de Tierra del Fuego, una unidad militar estratégica por su proximidad al estrecho de Magallanes y situada a apenas 500 kilómetros de Malvinas. Una empresa estadounidense, eventualmente actuando como testaferro de la Séptima Flota, podría adquirir esas tierras por una suma irrisoria, apropiándose del valor soberano de cada metro cuadrado de ese territorio austral.

Nunca fueron neutrales. Son Estados Unidos. Y la historia, con sus documentos y sus muertos, no deja lugar a dudas.

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