El enigmático augurio de Santiago Caputo encendió los estudios de A24: «Esto termina mal»

El enigmático augurio de Santiago Caputo encendió los estudios de A24: «Esto termina mal»

La lectura en vivo de un posteo atribuido al asesor presidencial desató un tenso debate entre Eduardo Feinmann y Pablo Rossi. La ambigüedad del mensaje, que profetiza un inminente derrumbe, sembró el desconcierto en el panel y reavivó las especulaciones sobre el clima de fractura que atraviesa los pasillos de la Casa Rosada.

En una jornada marcada por la tensión creciente en el espectro político, el reconocido conductor Eduardo Feinmann encabezó un acalorado intercambio junto a su colega de mesa, Pablo Rossi, a raíz de un reciente y llamativo posteo en redes sociales que fue adjudicado al estratega del oficialismo, Santiago Caputo. La publicación en cuestión, leída en vivo durante la emisión del programa periodístico, provocó una conmoción inmediata en el estudio televisivo, interrumpiendo el curso habitual de la discusión sobre los recientes reordenamientos en la cartera de Comunicación del Gobierno nacional. La mera existencia de ese texto, cargado de un pesimismo inusitado, bastó para alterar el clima del piso y redirigir el foco del análisis hacia los laberintos internos del poder.

Los conductores, con la seriedad que amerita el momento, desgranaron los fragmentos más relevantes de aquel mensaje críptico que circula con fuerza en el ambiente político. La columna vertebral de la proclama se resumió en una expresión de una contundencia abrumadora: «Esto termina mal». Sin embargo, no fue la única frase que encendió todas las alarmas; una segunda declaración, todavía más inquietante si cabe, añadió leña al fuego de las conjeturas: «Me siento a esperar mientras las cosas se derrumban». Esta confesión de quietud ante el caos, esta postura de observador pasivo de un colapso anunciado, caló hondo entre los presentes y disparó un torrente de interrogantes sobre la estabilidad del proyecto oficialista.

Frente a semejante despliegue de dramatismo, los analistas en el piso televisivo se abocaron a desmenuzar el calado de los vocablos empleados por el supuesto autor. Se detuvieron especialmente en la potencia sugestiva de las metáforas ruinosas y en el efecto devastador que esos conceptos generan tanto hacia la opinión pública como, y esto es quizás lo más relevante, hacia el interior de las propias filas del Gobierno. La actitud reflejada en el mensaje, lejos de ser un simple exabrupto, abrió una caja de Pandora sobre las sospechas latentes en los despachos oficiales. El fatalismo de la publicación no hizo más que exponer las fisuras de un tablero político que parece moverse al borde del abismo, donde las lealtades se ponen a prueba y las traiciones se susurran al oído.

El debate no tardó en virar hacia la ausencia de destinatarios concretos, un vacío que los conductores de A24 no dudaron en señalar como la mayor fuente de incertidumbre. En el fragor del careo, manifestaron abiertamente su perplejidad ante la polisemia del escrito, que se presta a una multiplicidad de interpretaciones que van desde un análisis macroeconómico hasta un rencor personal. «Lo que no logro descifrar es si ese pronóstico funesto apunta al devenir del Gobierno, a las disputas intestinas en la coalición, a la labor de la oposición o a los acuerdos parlamentarios», inquirió Feinmann con visible gesto de desconcierto. «¿A qué se refiere cuando sentencia que ‘esto termina mal’? ¿Qué es ese ‘esto’ que se está derrumbando mientras él permanece expectante?», agregó, dejando flotando en el aire la pregunta que todos los espectadores se estaban formulando.

Finalmente, al promediar el segmento, los panelistas alcanzaron un diagnóstico compartido sobre la naturaleza del estilo comunicacional de Santiago Caputo. Coincidieron en que su manejo de la escena pública se asienta sobre una estrategia de ambigüedad calculada y un virtuosismo en el arte de la sugerencia. Lo definieron como una «capacidad casi quirúrgica para sostenerse en esa penumbra perpetua» que lo caracteriza, un hábil juego de espejos donde la opacidad es el mejor escudo. En sus propias palabras, el método del asesor se basa en una suerte de doble articulación del discurso: «Digo y a la vez no digo nada; o mejor dicho, digo lo suficiente para que cada cual interprete lo que desee». Esta maniobra retórica, concluyeron, no es casual ni mucho menos inocente, sino que responde a una lógica de poder destinada a mantener el control en medio de las turbulencias, dejando que cada actor político se vea reflejado en el presagio fatal, mientras el tiempo corre y las piezas del tablero continúan moviéndose en la oscuridad.

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