Milei llevó su prédica antisistema a un colegio secundario y desató una ola de repudio en la comunidad educativa

Milei llevó su prédica antisistema a un colegio secundario y desató una ola de repudio en la comunidad educativa

El Presidente utilizó un auditorio de estudiantes de la ORT para arengar contra la oposición, los periodistas y el marxismo, al que vinculó con el satanismo. Exalumnos, docentes y familiares calificaron la visita como «una mancha imborrable» y recordaron que la institución honra a sus víctimas del terrorismo de Estado.

En una nueva demostración de su estilo confrontativo y sin filtros, el presidente Javier Milei eligió esta vez un escenario poco habitual para difundir sus postulados más polémicos: un aula de la escuela técnica ORT, repleta de adolescentes de cuarto y quinto año del nivel secundario. Bajo el título “Ética como política de Estado”, el mandatario convirtió lo que debía ser una disertación sobre inteligencia artificial y moral pública en un encendido panel de crítica feroz a sus adversarios, un alegato contra el periodismo y una sorprendente asociación entre el pensamiento de Karl Marx y prácticas satánicas, todo ello ante una audiencia menor de edad que, lejos de ser protegida, fue explícitamente alentada a manifestar hostilidad hacia los comunicadores.

El evento, cuidadosamente montado por el nuevo jefe de estrategia digital del oficialismo, Santiago Oría, se desarrolló en la sede de Yatay 240, en medio de un operativo de seguridad de proporciones inusuales. Vallas perimetrales y camionetas custodias rodearon el edificio, pero ni ese cerrojo pudo silenciar los insultos y cánticos de repudio que vecinos y trabajadores de la zona lanzaron desde los balcones al paso del jefe de Estado, quien ingresó y egresó del establecimiento custodiado por su hermana Karina, en una imagen que muchos interpretaron como un intento de blindaje familiar y político.

Desde el inicio de su alocución, el Presidente dedicó un tramo central a justificar el rumbo de ajuste que impulsa su gestión. Con una frase que ya había circulado en filtraciones previas, sostuvo que “al populismo no se le gana con más populismo, sino haciendo las cosas bien”, y aseguró que, pese a las presiones para flexibilizar su programa económico, ceder sería un contrasentido que, incluso en el hipotético caso de arrojar buenos resultados, implicaría traicionar sus propios principios. No obstante, la supuesta defensa de la coherencia pronto derivó en un ataque directo contra la oposición, a la que calificó con desdén: dijo que llamarlos “adversarios” era ya un gesto de generosidad que les otorgaba una estatura moral de la que carecían, aunque a renglón seguido matizó que esa bajeza atribuida no justificaba que su espacio recurriera a las mismas prácticas que condena.

El momento más álgido de la jornada, sin embargo, llegó cuando el mandatario se internó en terrenos de la filosofía y la teología. Sin atenuantes ni consideración por la edad de sus oyentes, afirmó que el marxismo no es una teoría económica falible, sino “algo mucho más serio” y que, según su interpretación, “se autodeclara como una teoría satánica”. Para sostener esa afirmación, recurrió al drama Oulanem, escrito por el joven Marx, cuyo título es anagrama de Emanuel —nombre bíblico de Cristo—, y leyó fragmentos del monólogo del personaje principal, en los que se habla de abrazar la eternidad y lanzar maldiciones a la humanidad. Con esa base, el Presidente extendió su crítica hacia lo que denominó una cosmovisión generadora de valores antagónicos a los judeocristianos, como la envidia, el odio, el resentimiento y la desigualdad ante la ley, y llegó a insinuar que esa lógica conduce, en su expresión extrema, al exterminio físico de individuos.

Como es habitual en sus apariciones públicas, Milei no dejó pasar la oportunidad de arremeter contra el periodismo, pero esta vez sumó un ingrediente adicional: arengó a los adolescentes para que manifestaran su rechazo a los comunicadores. Tras leer un pasaje bíblico, lanzó una provocación: “Esto le vendría bien a los periodistas”. Ante los tímidos abucheos de un sector del alumnado, el Presidente los incitó con entusiasmo: “Si quieren abuchear más fuerte, se los voy a festejar”, exclamó, convirtiendo el aula en un escenario de exaltación adversarial que muchos calificaron como impropio de un espacio formativo.

La repercusión no se hizo esperar. Incluso antes de que el acto comenzara, exalumnos, profesores, trabajadores y familiares de la ORT —una institución judía de educación laica con larga trayectoria en el país— habían difundido un comunicado en el que manifestaban su “profundo desagrado” y subrayaban que el rechazo no respondía a diferencias ideológicas, sino a la naturaleza misma del invitado. En el texto, recordaron que la comunidad de la ORT se construyó sobre la base de la pluralidad y la convivencia democrática, valores que, a su juicio, resultan incompatibles con los discursos de odio que el Presidente propaga. Además, hicieron un señalamiento particularmente doloroso: la escuela honra a sus víctimas del terrorismo de Estado con una baldosa en la entrada, y recibir a un negacionista confeso para que se dirija a los alumnos constituye, en sus palabras, “un ejemplo que no podemos dar” y “una mancha imborrable en la historia de la institución”. El pronunciamiento concluyó con una cita del filósofo Karl Popper, que resuena como un epitafio ético: “No se puede ser tolerante con los intolerantes”.

La visita presidencial, lejos de ser un mero acto académico, se transformó así en un nuevo capítulo de la estrategia comunicacional del oficialismo, que busca llevar su mensaje directamente a los jóvenes, pero que al mismo tiempo profundiza la fractura con sectores educativos, culturales y políticos que ven en esas prácticas una amenaza a los fundamentos democráticos recuperados tras décadas de autoritarismo. Mientras Milei abandonaba el edificio entre abucheos y consignas de respaldo de sus seguidores, quedaba en el aire la pregunta sobre los límites de la libertad de expresión cuando se ejerce desde la investidura presidencial y se dirige a un público cautivo, menor de edad, en un ámbito que debería ser, por definición, neutral y propicio para el pensamiento crítico, no para la arenga ni la descalificación.

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