Bajo el balcón de San José 1111, el líder de La Cámpora encabezó un acto cargado de simbolismo, memoria y proclama electoral. La figura de la expresidenta dominó cada consigna, mientras se denunciaba el lawfare, la persecución judicial y la degradación social que atraviesa al país.
En el corazón simbólico de Constitución, donde los ecos del pasado se mezclan con la urgencia del presente, el atardecer del martes se tiñó de banderas, arengas y emociones contenidas. Frente al mítico balcón de San José 1111, y en la réplica escénica del 1S, una multitud volcada a la militancia hizo retumbar consignas que oscilaron entre el reclamo de justicia y la proyección electoral. “Cristina libre”, “Cristina presidenta”, “De San José a la Rosada”, coreaban los presentes, mientras el único orador de la jornada, Máximo Kirchner, se erigía como el portavoz de un mensaje que pretendía ser tanto diagnóstico como hoja de ruta.
El diputado nacional, parado en un pequeño escenario circular montado para la ocasión, desplegó un discurso de neto corte proselitista, aunque impregnado de referencias constantes al contexto judicial y político que envuelve a su madre, la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner. No hubo espacio para la ambigüedad: el llamado fue explícito a “abrazar, ayudar, contener y organizar”, y la figura de Cristina se alzó como la candidata con capacidad de derrotar al oficialismo de derecha en los comicios venideros. El clímax llegó cuando, como si el tiempo se detuviera, la propia Cristina asomó al balcón para regalar saludos, esbozar sonrisas y dibujar corazones con sus manos, respondiendo así a la expectativa ferviente de quienes habían acudido a renovar su promesa de lealtad.
Previamente, se había leído la solicitada titulada “La democracia no admite la eliminación del adversario”, publicada al día siguiente por Página/12 y suscrita por veintitrés espacios políticos de alcance nacional. Ese texto sirvió como bisagra entre el pasado reciente y el presente ominoso: a cuatro años exactos del atentado fallido contra la expresidenta en ese mismo lugar, los firmantes denunciaron la persistencia del lawfare y advirtieron sobre los peligros de naturalizar los discursos de odio, que —a su juicio— han encontrado en el Poder Judicial un cómplice silencioso para consumar la proscripción política por vías extraelectorales.
Máximo Kirchner fue tajante al señalar que “no está proscripta Cristina, estamos proscriptos todos los que la queremos votar”, y añadió que “la Casa Rosada debe volver a ser de las y los argentinos”. Esa afirmación, coreada por la multitud, se convirtió en el eje de un discurso que reivindicó los logros del kirchnerismo en términos generales —la recuperación de YPF, el desarrollo de Vaca Muerta, la sanción de la Ley Nacional de Educación— pero que supo bajar a lo cotidiano, a lo tangible: el deseo popular de compartir un asado dominguero, de planificar un cumpleaños infantil o de proyectar unas vacaciones. Fue entonces que, entre el público, una voz gritó “¡Un asado!”, y el momento condensó la nostalgia por conquistas que hoy parecen lejanas.
El orador no eludió la crítica económica y arremetió contra la promesa incumplida de la dolarización: “Les mintieron, les dijeron que iban a dolarizar sus ingresos, y nosotros no supimos desmontar esa mentira. Lo que dolarizaron fueron las tarifas”. Con esa frase, Máximo Kirchner intentó trazar un puente entre el sufrimiento popular y la necesidad de explicar con claridad los mecanismos de un modelo que, denunció, vacía los bolsillos de los trabajadores. En ese punto, el diputado se permitió una breve incursión en la interna peronista, en una jornada donde el gobernador Axel Kicillof había salido a respaldar a Cristina con contundencia en redes sociales, calificándola como “injustamente detenida” y cuestionando la impunidad que rodeó al intento de magnicidio.
La convocatoria reunió a dirigentes de diverso espectro, desde referentes de La Cámpora hasta firmantes de la solicitada, pasando por figuras históricas como Carmen Arias, de Madres de Plaza de Mayo, y dirigentes como Leopoldo Moreau, Juan Grabois, Alicia Kirchner, Guillermo Moreno, Wado de Pedro, Martín Sabbatella, Mónica Macha, Lorena Pokoik, Teresa García, Paula Penacca, Fernanda Raverta, Mariano Recalde, Horacio Pietragalla, Edgardo Depetri, Lucía Cámpora, Vanesa Siley, Mayra Mendoza y Eva Mieri —esta última, intendenta interina de Quilmes, quien había permanecido detenida trece días en un penal de máxima seguridad bajo acusaciones graves por participar en un escrache—. Sin embargo, más allá de las columnas orgánicas, lo que llamó la atención fue la presencia de militantes “sueltos”, de todas las edades, muchos con niños en brazos, que escuchaban el discurso con el rostro contraído por la emoción.
Entre ellos, Esther, una mujer que siguió cada palabra con lágrimas en los ojos, abrazada a una bandera argentina tejida al crochet por ella misma, con los rostros de Cristina y Evita cosidos en el centro. “Lo que pasó con Evita y Perón, pasa con Cristina; no les perdonan lo que hacen por el pueblo”, confesó a este medio, mientras a su alrededor flameaban también remeras del Indio Solari y pañuelos con la leyenda “Las Malvinas son Argentinas”, fusionando la mística popular con la identidad nacional. Natalí Lugo, una estudiante universitaria que lucía la imagen del Indio junto a la de Cristina, explicó: “Eso de que son nuestros héroes en este lío es una frase hecha, pero es una verdad muy profunda; uno se aferra a estas figuras en tiempos de tanta oscuridad”.
La crisis, insistió Máximo Kirchner, no discrimina entre colores partidarios. “La degradación constante de la vida cotidiana hace que muchas familias imploten y se rompan al medio porque no hay un mango, que los jóvenes no tengan expectativas, que algunos busquen horizonte fuera de la patria y que otros, trágicamente, elijan quitarse la vida”, describió, en un pasaje que apeló a la empatía y a la reconstrucción del vínculo social. “Tenemos que volver a encontrarnos, abrazarnos, debatir y discutir cara a cara, en todos los espacios posibles, cuál es el país que queremos”, insistió, en una crítica velada al aislamiento digital que, a su juicio, agudiza la soledad y la desesperanza.
Al evocar el atentado contra su madre, Máximo Kirchner lo calificó como “un ataque cobarde, perpetrado por alguien que se ocultó entre quienes habían ido a demostrarle amor y lealtad”. Y, en un giro inesperado, trazó un retrato de Cristina en el presente: “Esa compañera que todos los días, con disciplina, hace gimnasia, lee, estudia, se prepara, nos dice que no nos quebremos. Ella no practica la autocompasión; tiene la autoestima alta y por eso fue a la ONU a reclamar por sus derechos políticos”. Con ironía, desafió a los opositores: “Si realmente piensan que Cristina ya fue, ¿por qué no la dejan competir? ¿Qué más lindo que derrotarla en las urnas?”.
El cierre fue una síntesis de lo vivido: el Indio Solari sonó en los parlantes, y Cristina apareció en el balcón, iluminada por los flashes y los gritos. Su sonrisa amplia, sus manos formando corazones y sus palmas aplaudiendo a la multitud sellaron un acto que, más que un homenaje, fue una declaración de principios y una convocatoria a la batalla política venidera. En esa esquina de Constitución, donde la historia se resignifica cada cuatro años, el peronismo volvió a plantar bandera, esta vez con la certeza de que el amor militante y la denuncia del lawfare son, acaso, las únicas armas que les quedan frente a un presente adverso.
