Milei aviva el reclamo soberano en medio de la crisis económica y un guiño de Trump que reabre viejas fantasías

Milei aviva el reclamo soberano en medio de la crisis económica y un guiño de Trump que reabre viejas fantasías

El Presidente argentino, en un giro inesperado, ordena una cadena nacional para abordar la cuestión Malvinas, tras las declaraciones de Donald Trump que insinúan un cambio de postura. Sin embargo, las críticas no tardan en llegar, mientras crecen los paralelismos con la dictadura de 1982 y los cuestionamientos a una gestión que, para muchos, busca ocultar la emergencia interna bajo la bandera de la soberanía.

En el despacho presidencial de la Casa Rosada, un renovado –y para algunos, súbito– entusiasmo por la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas ha cobrado fuerza, especialmente en la figura de Javier Milei. Este despertar patriótico, sin embargo, no ocurre en el vacío; coincide, de manera harto elocuente, con la reciente advertencia del exmandatario estadounidense Donald Trump al Reino Unido, en la que sugería una revisión de su tradicional neutralidad en el contencioso insular. Fuentes cercanas al oficialismo confiaron que, pese a que la maniobra de Washington apunta más a presionar a Londres para que incremente su compromiso con la OTAN que a favorecer los intereses argentinos, Milei decidió otorgarle un relieve mayúsculo al episodio, en un movimiento que, de paso, le permite desviar la atención de la aguda crisis económica que golpea al país.

Durante la última reunión de gabinete, llevada a cabo en el salón Eva Perón, el mandatario irrumpió con un anuncio que tomó por sorpresa a buena parte de sus colaboradores: «Ha ocurrido algo de enorme magnitud», habría declarado ante sus ministros, para luego imponer un cerrado hermetismo sobre los detalles de su plan. Solo se filtró que, junto a la Cancillería y –en una decisión que desconcertó a más de uno– la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), se encuentra ultimando un mensaje que será transmitido por cadena nacional el próximo jueves. La inclusión de la agencia de espionaje en la confección de un discurso de corte soberanista despertó suspicacias, dado que dicho organismo tiene competencias muy alejadas de la diplomacia pública.

La reacción de Milei ante las primeras objeciones no se hizo esperar. Con su estilo característico, recurrió a su cuenta en la red social X para arremeter contra los críticos: «Las MIERDAS HUMANAS (95%) de siempre salen a llorar por el uso de la cadena nacional», escribió, en un aluvión de insultos que ya se ha vuelto moneda corriente en su comunicación diaria. Este exabrupto, lejos de apaciguar las aguas, profundizó la inquietud entre los sectores opositores y en el propio cuerpo diplomático, que observa con estupor cómo el jefe de Estado parece redescubrir una causa que, hasta no hace mucho, le resultaba ajena. No se olvida que, en plena campaña electoral, Milei llegó a profesar su admiración por la exprimera ministra británica Margaret Thatcher, una figura odiada por amplios sectores del arco político argentino debido a su rol en el conflicto de 1982.

Ahora, sin embargo, el Presidente se presenta como un paladín de la soberanía nacional. «Es un tema sagrado para los argentinos, un reclamo histórico que al día de hoy sigue viendo violentada nuestra soberanía», sostuvo en otro tuit, antes de deslizar que el anuncio del jueves buscará «brindar mayores detalles a la población sobre los avances diplomáticos». Según pudo conocerse, el canciller Pablo Quirno expuso durante el cónclave un análisis pormenorizado de las gestiones que lleva adelante el Palacio San Martín en defensa de los intereses argentinos en el Atlántico Sur, aunque sin revelar mayores precisiones.

El eco de las declaraciones de Trump –quien, vale recordar, nunca mencionó el nombre de Malvinas y se refirió a las islas como «Falklands», en claro uso de la terminología británica– resonó con fuerza en la Casa Rosada. El asesor estrella, Santiago Caputo, no dudó en replicar el entusiasmo oficial a través de sus propias redes: «Inglaterra es el pasado. Argentina es el futuro. Es saludable que los Estados Unidos revisen su postura. Sería extraño que no lo hicieran. No se puede esperar menos de un aliado estratégico», escribió, en una línea discursiva que calca la del Presidente. No obstante, en los círculos diplomáticos más experimentados cunde la alarma: se traza un paralelismo inquietante con la nefasta jugada de la dictadura de Leopoldo Fortunato Galtieri en 1982, cuando el régimen militar intentó utilizar la recuperación de las islas como cortina de humo ante la debacle económica y política, subestimando el sólido vínculo histórico entre Washington y Londres. Hoy, advierten las mismas fuentes, Milei corre el riesgo de repetir ese error al creer que puede erigirse en socio preferente de la Casa Blanca en detrimento del Reino Unido, sin comprender la profundidad de los lazos que unen a ambas potencias.

El portavoz presidencial, Adrián Ravier, actuó con la obediencia debida a la consigna de silencio impuesta por el mandatario, y se limitó a confirmar que el mensaje se grabará el mismo jueves, tras el regreso de Milei de un viaje relámpago a Chile. Sin embargo, no pudo despejar las dudas sobre la participación de la SIDE en un asunto que, en principio, parece corresponder exclusivamente a la política exterior. Tampoco supo responder si el proyectado viaje del Presidente a Inglaterra, previsto para el segundo semestre de este año, ha sido cancelado, lo que añade otro ingrediente de incertidumbre a la ya de por sí volátil relación bilateral.

Mientras tanto, desde el Reino Unido las respuestas no se hicieron esperar. El vocero del primer ministro, Andy Burnham, subrayó que los isleños han manifestado su deseo de seguir siendo un Territorio Británico de Ultramar y que el compromiso de su gobierno es «inquebrantable». Su colega de Hacienda, John Healey, fue incluso más taxativo al sentenciar: «Son británicas y seguirán siendo británicas». Estas declaraciones, lejos de amilanar al oficialismo argentino, parecen haber endurecido aún más la postura de Milei, quien ve en la confrontación discursiva una tabla de salvación política.

La reciente controversia generada durante el Mundial de fútbol, cuando la FIFA prohibió el ingreso de banderas y remeras alusivas a las Malvinas en el partido contra Inglaterra, dejó al Gobierno en una posición incómoda. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, avaló aquella medida y se refirió a las islas como «el mapita de Malvinas», lo que desató una ola de críticas que obligó al Ejecutivo a retroceder, incluso en el tratamiento de la Ley de Extranjerización de Tierras. Ante el papelón, Milei salió a asegurar que su administración había logrado «resultados concretos» y «avances enormes» en el plano internacional, citando el respaldo obtenido en la OEA y en la ONU –un apoyo que, en rigor, data de 1965 con la resolución 2065, donde Estados Unidos se abstuvo de votar.

En el ámbito judicial, la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas y el CECIM La Plata presentaron un recurso para frenar el proyecto petrolero offshore Sea Lion, ubicado en la Cuenca Malvinas Norte, a cargo de las empresas británica Rockhopper e israelí Navitas Petroleum. Hasta el momento, el vocero Ravier se negó a pronunciarse sobre esa iniciativa, en línea con el hermetismo que envuelve toda la estrategia oficial.

El episodio, en definitiva, expone las contradicciones de un gobierno que, en su afán por capitalizar un gesto de Trump, parece dispuesto a reavivar viejas fantasías imperiales sin reparar en los costos políticos y diplomáticos que ello conlleva. Los ecos de 1982 resuenan con inquietante claridad, y mientras la economía doméstica se desangra, la cadena nacional del jueves se perfila como un nuevo capítulo de una saga donde la soberanía se usa, una vez más, como moneda de cambio en la urgente carrera por la supervivencia política.

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