El laberinto malvinero del oficialismo: entre Thatcher y la epifanía soberana

El laberinto malvinero del oficialismo: entre Thatcher y la epifanía soberana

El giro discursivo de Javier Milei sobre la soberanía del archipiélago desata una catarata de explicaciones contradictorias en las filas libertarias, donde Patricia Bullrich intenta justificar lo injustificable y Sabrina Ajmechet borra su propio pasado en las redes sociales.

La repentina conversión de la administración libertaria a la causa de las Islas Malvinas ha desatado un torrente de declaraciones que, lejos de aclarar el panorama, profundizan la perplejidad en el arco político y en la ciudadanía. Funcionarios y legisladores de La Libertad Avanza se han visto compelidos a desplegar una suerte de operativo de contención retórica, con resultados que, según los observadores, rozan el esperpento, ya que las contradicciones entre el discurso histórico y las recientes posturas del oficialismo resultan abismales. El oficialismo libertario, que durante meses se caracterizó por una admiración sin cortapisas hacia la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, ha intentado virar hacia un discurso de reivindicación soberana que choca de frente con sus propias bases ideológicas.

La encargada de capitanear esta controvertida maniobra fue la senadora nacional y jefa del bloque libertario, Patricia Bullrich, quien en una entrevista radial intentó construir un andamiaje argumental que pudiera sostener el viraje presidencial, aunque terminó enredada en sus propias definiciones. Tras intentar esgrimir que el repentino interés por las islas responde a la necesidad de custodiar los recursos naturales ante el inminente inicio de la exploración petrolera en la cuenca del Atlántico Sur , Bullrich intentó desdoblar a la figura de Thatcher para desactivar las críticas. «Una cosa es Thatcher economista y otra cosa es Thatcher aprovechando ese momento y poniéndose al frente de la guerra», declaró la senadora, en un intento por separar la admiración ideológica por las políticas neoliberales de la condena al rol bélico que la «Dama de Hierro» desempeñó durante el conflicto de 1982 .

Sin embargo, la argumentación de Bullrich se resquebrajó por completo cuando, al referirse al desembarco argentino de aquel año, calificó la acción como una «invasión» ordenada por el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri, a quien definió como un «personaje nefasto» que «terminó robando la esperanza de todos los argentinos» . Esta caracterización, que repite la terminología utilizada por el Reino Unido, resulta cuando menos polémica en el contexto de un gobierno que dice abrazar el reclamo soberano, y fue interpretada por la oposición como un desliz que evidencia la falta de convicción en la nueva postura. La propia Bullrich, en un intento por justificar la demora en reaccionar ante la explotación británica, lanzó una pregunta retórica a sus críticos: «¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a esperar que salga el petróleo para reaccionar?» , al tiempo que convocaba a la oposición a sumarse a la causa, aunque con escaso éxito.

Pero si la defensa de Bullrich fue percibida como titubeante, la de la diputada Sabrina Ajmechet fue recibida con una ola de burlas y reprobación en las redes sociales. La legisladora, que durante años construyó una identidad pública basada en cuestionar el reclamo de soberanía argentino, protagonizó lo que muchos calificaron como una «epifanía malvinense» al escribir en su cuenta de X: «Las Malvinas son argentinas» . El posteo, que intentaba alinearse con la nueva doctrina oficial, fue recibido con una catarata de capturas de pantalla de sus propios tuits históricos, donde afirmaba sin ambages que «las Malvinas no existen, las Falkland Islands son de los kelpers» . Ante la contundencia de las pruebas, Ajmechet intentó una defensa desafiante que solo añadió leña al fuego: «Y sí, vengan de a uno con mis tuits del 2012 absolutamente sacados de contexto» . La declaración, lejos de apaciguar las críticas, se convirtió en un fenómeno viral que expuso la fragilidad del cambio de opinión.

El giro del oficialismo ha sido interpretado por la oposición como un acto de puro oportunismo político, motivado por la cercanía de la campaña electoral y la necesidad de capitalizar una causa que trasciende los colores partidarios. El ministro bonaerense Carlos Bianco fue contundente al señalar que el mandatario, un «fan de Thatcher», tardó 267 días en cumplir una ley que ya existía, mientras que el excanciller Santiago Cafiero ironizó sobre la «diplomacia del futbol» que obligó al admirador de la premier británica a recular «en chancletas» . La diputada Victoria Tolosa Paz también se sumó al coro de críticas, cuestionando la coherencia de un presidente que abandona su admiración por Thatcher para apropiarse de una bandera que históricamente no le pertenece .

A pesar de las críticas, La Libertad Avanza ha decidido profundizar su ofensiva en el territorio, llevando la discusión sobre Malvinas a la provincia de Buenos Aires mediante una batería de proyectos en la legislatura y en los 135 concejos deliberantes . La movida busca acorralar al peronismo y obligarlo a definir su postura frente a las medidas impulsadas por la Casa Rosada, en lo que parece una estrategia para polarizar el debate y fortalecer su propia narrativa. Sin embargo, la sombra de la contradicción sigue siendo alargada, especialmente si se recuerda la imagen del retrato de Margaret Thatcher que el propio Presidente mantenía en su despacho presidencial, un símbolo de una admiración que ahora busca matizar con un discurso de soberanía que muchos consideran inverosímil .

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