En un partido marcado por la fragilidad defensiva, la falta de ideas y un final polémico, la Academia sumó su octava presentación sin rumbo. El Cilindro estalló en reproches contra la dirigencia y los jugadores, mientras el técnico Juan Pablo Vojvoda intenta sostener su continuidad en medio de una campaña que ya es histórica por lo negativa.
El escenario era propicio para un resurgimiento, pero la realidad se impuso con crudeza en Avellaneda. Racing Club volvió a tropezar, esta vez frente a Atlético Tucumán, y el 2-1 en su propio reducto no hizo más que profundizar una crisis que ya no admite atenuantes. Con apenas 5 unidades en 8 jornadas dentro de la Zona B, el conjunto de Juan Pablo Vojvoda ostenta ahora la peor performance entre los 30 participantes del Torneo Clausura, escoltado en números por Talleres y Aldosivi, aunque superado en el gol diferencia por ambos.
Lo que se vivió en el Cilindro no fue simplemente una derrota, sino la constatación de un equipo desdibujado, sin alma ni estructura. La flamante camiseta amarilla y negra, que durante la semana generó cierto revuelo mediático, quedó relegada a un segundo plano ante la evidencia de un conjunto frágil en su retroguardia, estéril en la generación ofensiva y con una posesión estéril que se diluía en pases laterales sin destino. La verticalidad y el cambio de ritmo parecían artículos prohibidos en el manual táctico de la noche.
La paciencia del entrenador se agotó antes del entretiempo. A los 30 minutos, Vojvoda decidió retirar a Matko Miljevic y Ulises Ortegoza, dos de los futbolistas que mejor simbolizaban la apatía colectiva, para dar ingreso a Gastón Lodico y Matías Zaracho. Para entonces, la Academia ya perdía por un tanto que había sido precedido por una acción de penal atajada por Facundo Cambeses, quien repitió la heroica de la fecha anterior ante Independiente Rivadavia. Esta vez, su víctima fue Leandro Díaz, aunque el manchón penal debió ser revisado exhaustivamente por el VAR, en medio de un clima enrarecido que ni siquiera el minuto de aplausos en homenaje a Lionel Messi logró aquietar.
Sin embargo, ni la solvencia de su arquero ni el aliento de una hinchada que intentaba empujar desde las gradas lograron despertar a un once inicial que parecía anestesiado. A los 24 minutos, Lautaro Godoy abrió el marcador con una definición exquisita, colocando el balón en el ángulo más lejano del arco de Cambeses. El Decano, dirigido por un Julio Falcioni que encontró la fórmula para atravesar la mitad de la cancha con fluidez, fue una máquina de generar peligro durante esa primera etapa, mientras Racing se debatía en su propia impotencia.
La reacción llegó con los cambios, aunque más por inercia que por convicción. La mejora fue leve, pero al menos permitió a Racing acercarse al arco rival con cierto orden, aunque sin claridad. Tomás Conechny, uno de los que permaneció en cancha, acumuló una serie de errores tan groseros que su salida en el entretiempo fue casi un alivio para el público, que ya comenzaba a silbar.
En el complemento, el equipo local intentó aprovechar el retroceso voluntario de Atlético Tucumán para empujar en busca del empate. La posesión, antes estéril, ganó unos metros gracias a los reclamos de los fanáticos, y el juego se volvió más directo, aunque primitivo: pelotazos al área y centros sin precisión. Fue en ese contexto que Lodico, el más lúcido entre tanta mediocridad, ganó un tiro libre y ejecutó un centro preciso que, tras una serie de rebotes insólitos, terminó en los pies de Leonel Pérez para establecer el 1-1 parcial.
La igualdad despertó ilusiones en el Cilindro, y Racing se lanzó con todo en busca de los dos puntos restantes. La fórmula no varió: envíos aéreos y alguna que otra jugada aislada, como un cabezazo de Maravilla Martínez que el arquero Ingolotti despejó con mérito, o una conquista de Toto Fernández que el árbitro anuló por una supuesta mano que, en las repeticiones, pareció inexistente. Pero la euforia duró poco, porque el desorden defensivo volvió a pasar factura. En el tiempo de descuento, Marcos Rojo se lanzó a una salida desesperada, dejando a la zaga completamente desprotegida. Su compañero debutante, Matías Pérez, intentó compensar con una línea adelantada que el árbitro convalidó en principio, pero el VAR detectó que Ruiz Rodríguez estaba en posición habilitada al momento de recibir el pase, y el 2-1 definitivo encendió la furia de un estadio que ya no soportaba más.
Los insultos se dirigieron con saña hacia la dirigencia, encarnada en la figura de Diego Milito, mientras los jugadores eran recibidos con cánticos de reproche y el mítico «himno» entonado a modo de escarnio. En la conferencia de prensa posterior, Vojvoda se mostró firme en su intención de continuar al frente del equipo, aunque su discurso contrastó con el clima de tensión que se respira en el vestuario. Nombres como Miljevic y Conechny quedaron en la mira de los hinchas, pero el verdadero problema, el más grave de todos, es el propio Racing: un gigante que hoy parece caminar sobre el filo del abismo, sin respuestas tácticas, anímicas ni futbolísticas, y con un calendario que no promete tregua.
