El salto al vacío patriótico: Milei y la épica de la última hora

El salto al vacío patriótico: Milei y la épica de la última hora

El anuncio presidencial sobre Malvinas irrumpe como un giro inesperado en la agenda de un gobierno que hasta ayer transitaba por otros andurriales políticos. Sin embargo, la oportunidad del gesto, más que fervor nacional, delata un presente acuciante que obliga a reescribir los guiones a la carrera.

En el vértigo de la actualidad argentina, donde las certezas se desdibujan con la misma velocidad con la que emergen las ocurrencias oficiales, el jefe de Estado ha irrumpido con una declaración que promete sacudir los cimientos de la política exterior. Javier Milei, en un movimiento que ha tomado por sorpresa a propios y extraños, ha manifestado su voluntad de acometer en los próximos días todo aquello que, según sus propias palabras, quedó postergado durante un trienio completo en lo que respecta a la cuestión de las Islas Malvinas. La magnitud del viraje es tal que ni los analistas más avezados logran encontrar un paralelismo en la historia reciente, pues el mandatario, conocido por su prédica anclada en el liberalismo más ortodoxo y su desdén por los símbolos de la tradición soberanista, ha adoptado de manera repentina el atuendo de un patriota irredento.

Este giro copernicano, sin embargo, no ha sido recibido con la solemnidad que semejante asunto requiere, sino más bien con un escepticismo generalizado que atraviesa todo el arco político y social. La dificultad para otorgar verosimilitud al anuncio reside, fundamentalmente, en la trayectoria del propio protagonista, quien durante su carrera pública ha hecho gala de un desinterés olímpico por las reivindicaciones territoriales y ha sostenido posturas que, cuando menos, resultaban ambiguas frente al reclamo histórico argentino. Que sea justamente él quien ahora se erija como adalid de la causa malvinera provoca una disonancia cognitiva que torna casi inverosímil cualquier intento de análisis serio. La ciudadanía, habituada a los exabruptos y a las contradicciones del estilo comunicacional imperante, observa con recelo esta metamorfosis que huele más a estrategia de supervivencia que a convicción profunda.

Pero el interrogante que flota en el ambiente no es otro que el de las motivaciones ocultas detrás de esta súbita conversión. Los operadores políticos de la oposición no tardaron en señalar que la iniciativa no responde a un planeamiento meticuloso de la Cancillería, sino a la imperiosa necesidad de generar una cortina de humo que desvíe la atención de los frentes domésticos que acucian al Gobierno. La foto oficial, aquella que inmortaliza al Presidente arengando a las tropas o prometiendo una ofensiva diplomática sin precedentes, no es más que el reflejo de una debilidad estructural que lo acorrala. Lejos de ser un acto de grandeza estatal, se trata de un recurso desesperado para oxigenar un liderazgo que comienza a mostrar fisuras irreparables, una suerte de espejismo patriótico destinado a recomponer el consenso interno que la gestión ha ido dilapidando a causa de sus propias contradicciones económicas y sociales.

Se prevé que, en el mejor de los escenarios, este episodio de nacionalismo exprés se diluya con la misma celeridad con la que apareció. La dinámica de la comunicación política actual, fugaz y volátil, sugiere que el fragor de la declaración se desvanecerá antes de que los periódicos terminen de imprimir sus ediciones del domingo. El radar mediático, saturado de novedades y controversias, muy probablemente habrá archivado este capítulo en el cajón del olvido para cuando la próxima tormenta institucional haga su aparición. Si la naturaleza del anuncio era meramente episódica, tal como todo indica, la normalidad institucional retomará su curso y el conflicto bélico del Atlántico Sur volverá a ser aquel tema incómodo que se menciona de manera tangencial en los discursos de rigor, pero que rara vez se aborda con la profundidad que merece.

No obstante, si la hipótesis del destello fugaz se demostrara errónea y el Gobierno decidiera escalar la situación hasta derivar en una confrontación diplomática de envergadura, las consecuencias serían de tal calibre que obligarían a reescribir todas las crónicas políticas de la era contemporánea. Llevar la cuestión malvinera a un terreno de fricción internacional, especialmente con el respaldo tácito o explícito de la administración estadounidense, implica un juego de alto riesgo donde las piezas no están controladas por el tablero local. La administración Milei, que ha hecho de la subordinación a los intereses del norte una bandera de gestión, se encontraría entonces en la disyuntiva de conciliar su sumisión geopolítica con una retórica soberanista que, hasta ayer, era considerada propia de arcaísmos populistas. La paradoja sería mayúscula: un gobierno que se jacta de ser un felpudo ante las potencias extranjeras pretendiendo, de la noche a la mañana, plantarse firme en una causa que exige autonomía y temple.

Tal escenario, por absurdo que parezca, abriría un abanico de posibilidades caóticas donde los manuales de ciencia política y las enseñanzas de los historiadores quedarían completamente obsoletos. La comunidad internacional, acostumbrada a una Argentina de posturas cambiantes pero predecibles, se enfrentaría a un actor estatal que improvisa su identidad en función de las encuestas de popularidad. Sería el triunfo del vértigo sobre la estrategia, de la ocurrencia sobre la política de Estado. Pero mientras ese futuro incierto se vislumbra únicamente en el horizonte de las conjeturas, lo que prevalece en el presente es la sensación de que asistimos a un acto de puro teatro político, donde las banderas flamean al son de la conveniencia y los héroes de un día son los olvidados del siguiente.

Finalmente, quien esto escribe asume la limitación subjetiva de no poder otorgar credibilidad a un anuncio que nace viciado de origen. La historia se encargará de juzgar si este fue el primer paso de una gesta redentora o simplemente el espasmo de un poder que se sabe en retirada. Por ahora, el veredicto popular se inclina hacia lo segundo, y las exequias de esta repentina fervor patriótico se celebran en vida, mientras el país espera, con la paciencia de los que ya han visto demasiado, que el vendaval mediático pase y deje tras de sí la irremediable sensación de que, en materia de Malvinas, el ruido no siempre es anuncio de firmeza, sino a menudo el síntoma de una ausencia de rumbo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *