El PIB retrocedió 0,6% respecto del primer trimestre, con caídas en el consumo privado y público y un desplome de la inversión, en un contexto donde la apreciación cambiaria y la desaceleración inflacionaria reconfiguran el escenario productivo.
La economía argentina volvió a exhibir una merma en su nivel de actividad durante el segundo trimestre de 2026, en un panorama donde la moderación de la inflación coexiste con un evidente desgaste de la demanda doméstica. De acuerdo con el informe de avance difundido por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, el Producto Interno Bruto se redujo 0,6% entre abril y junio en relación con el trimestre inmediatamente anterior, siempre en términos desestacionalizados. La medición interanual aún refleja un avance de 2%, aunque por debajo de esa cifra asoma una economía que transita a ritmos dispares según la rama de actividad y cuyo envión depende cada vez más de los sectores ligados al comercio exterior.
El gasto de las familias, uno de los pilares fundamentales del producto, retrocedió 2,4% en la comparación trimestral desestacionalizada. El consumo estatal hizo lo propio con una baja de 2,3%, mientras que la formación bruta de capital fijo, principal indicador de la inversión, se contrajo 0,8%. En dirección opuesta, las ventas al exterior crecieron 2,5% en la misma comparación. La radiografía resultante evidencia que el componente externo sostiene buena parte de la actividad mientras el frente interno pierde tracción.
Al cotejar con el segundo trimestre de 2025, el producto bruto interno se expandió 2%, pero las exportaciones reales de bienes y servicios treparon 13,7%, en tanto el consumo privado apenas se incrementó 0,4% y el gasto público se hundió 4,1%. La inversión registró el desempeño más adverso entre los grandes componentes de la demanda, con un derrumbe interanual de 11,1%. Paralelamente, las importaciones reales cayeron 8,6%, una señal coherente con una absorción interna debilitada.
El atraso cambiario y su impacto sobre la competitividad
El gobierno de Javier Milei sostiene el tipo de cambio como uno de los instrumentos medulares para contener la inflación, pero la persistencia de un dólar que se incrementa por debajo de la inflación acumulada fue gestando una apreciación del peso en términos reales. En agosto, el índice de precios al consumidor marcó un alza mensual de 1,7%, según el organismo estadístico, mientras el comportamiento del mercado cambiario mantiene abierta la controversia sobre la competitividad de la producción local.
En ese marco, las actividades vinculadas a la producción primaria y a los recursos naturales mostraron incrementos muy superiores al promedio de la economía. La pesca se expandió 44,7% interanual, la explotación de minas y canteras avanzó 16,4% y la agricultura, ganadería, caza y silvicultura anotó una mejora de 6,9%. El contraste surge en las ramas más dependientes del mercado interno. La industria manufacturera sufrió una retracción de 2,1% interanual durante el segundo trimestre. El comercio mayorista y minorista prácticamente no registró variación, mientras la construcción apenas creció 0,2%. La administración pública cedió 1,4% y otras actividades de servicios comunitarios, sociales y personales disminuyeron 0,9%.
El nudo central para las empresas productoras reside en la relación entre el precio de la divisa y la evolución de los costos internos. Cuando los precios y los salarios se incrementan más rápido que el tipo de cambio, producir en Argentina medido en dólares se encarece, mientras los bienes importados pueden ganar atractivo relativo. El propio desempeño de las compras externas aporta un elemento para observar esa dinámica, aunque el segundo trimestre registró una merma de las cantidades importadas respecto del año anterior.
Ese descenso, sin embargo, también se vincula con la debilidad de la demanda interna. En julio, los datos de comercio exterior mostraron que las cantidades importadas volvieron a disminuir en la comparación interanual, según las estadísticas oficiales. La discusión sobre el atraso cambiario no es novedosa dentro del programa económico de Milei. Un análisis publicado por El Destape en junio había señalado que la liquidación de divisas del complejo cerealero-oleaginoso evidenciaba una desaceleración frente al año previo pese a la reducción de retenciones, en un contexto donde exportadores y productores manifestaban reparos sobre la competitividad cambiaria.
La cuestión retorna ahora sobre la actividad porque el segundo trimestre muestra que el consumo y la inversión no acompañaron el crecimiento de las exportaciones. La política cambiaria puede contribuir a moderar la inflación mediante la contención del precio de los bienes transables, pero esa misma dinámica puede generar presión sobre empresas cuyos ingresos dependen del mercado interno y que deben competir con productos provenientes del exterior.
El sostenimiento de rendimientos elevados en pesos puede favorecer la demanda de activos financieros y, al mismo tiempo, encarecer el financiamiento de empresas y familias. El crédito había contribuido a sostener la recuperación durante algunos períodos, pero la evolución de la morosidad y el nivel de endeudamiento de los hogares introducen límites a esa vía de expansión.
Los sectores más castigados por el derrumbe de la inversión
La caída de la formación bruta de capital fijo constituye uno de los datos centrales del informe del INDEC. La inversión se redujo 11,1% interanual durante el segundo trimestre, con bajas en prácticamente todos sus componentes. La inversión en maquinaria y equipo cayó 15,2%, mientras que la correspondiente a equipo de transporte disminuyó 22,1%. Dentro de maquinaria y equipo, tanto el componente nacional como el importado retrocedieron: 15,5% y 15%, respectivamente.
En equipo de transporte, las mermas fueron todavía más pronunciadas, con una caída de 20,4% para el componente nacional y de 24,9% para el importado. La magnitud de estas variaciones resulta relevante porque la inversión es uno de los canales mediante los cuales una recuperación económica puede transformarse en mayor capacidad productiva. Una contracción de esta variable durante un período de crecimiento interanual del PIB muestra que el aumento de la producción no está acompañado por una expansión equivalente de la capacidad instalada.
La industria, por su parte, enfrenta una combinación de menor demanda interna, costos en dólares más elevados y competencia externa. En los datos más recientes disponibles, el INDEC informó que la producción industrial manufacturera cayó 5% interanual en julio y que la utilización de la capacidad instalada se ubicó en 58,2%, por debajo del 58,4% registrado un año atrás.
El dilema fiscal: menos consumo implica menor recaudación
La construcción también presenta señales de debilitamiento. El dato del PIB para el segundo trimestre mostraba un crecimiento interanual prácticamente nulo, de apenas 0,2%, mientras los datos posteriores publicados por el organismo estadístico registraron una caída de la actividad industrial y un aumento de los costos de construcción. En agosto, el índice de costos de la construcción del Gran Buenos Aires aumentó 2,5% mensual.
La pérdida de dinamismo de la economía tiene además una consecuencia sobre las cuentas públicas. Una parte significativa de los ingresos tributarios depende del nivel de actividad, el consumo, las ganancias empresarias y las operaciones comerciales. Cuando esos componentes se debilitan, la recaudación pierde capacidad para acompañar las necesidades fiscales. La relación es particularmente importante porque el Gobierno sostiene el equilibrio fiscal como uno de los principales pilares de su programa económico. Si la actividad pierde fuerza y eso se traduce en una menor recaudación, mantener el resultado fiscal requiere reducir todavía más el gasto, salvo que aumenten otros ingresos o se modifiquen las prioridades presupuestarias.
