El mandatario estadounidense anunció ante la Asamblea General de la ONU que busca un cambio de régimen en Cuba y calificó a los cárteles como el «Estado Islámico» regional, mientras Lula advirtió sobre la injerencia extranjera en los comicios brasileños.
En un nuevo capítulo de creciente tensión continental, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, utilizó la tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas para lanzar una advertencia sin matices sobre la región. Durante su alocución del martes, el mandatario republicano sostuvo que su país está preparado para emplear su «poderío militar sin igual» con el fin de resguardar los intereses estratégicos de Washington en América Latina. Ese diseño de política exterior incluye, según sus propias palabras, un cambio de gobierno en Cuba, donde auguró que la administración de Miguel Díaz-Canel «caerá», y una ofensiva frontal contra los cárteles del narcotráfico, a los que describió como «el Estado Islámico» del hemisferio.
La intervención de Trump ante el foro multilateral estuvo cargada de definiciones que reconfiguran el tablero geopolítico de la región. El gobernante estadounidense afirmó que su administración no tolerará que las amenazas contra su nación avancen en ningún rincón del continente americano y dejó entrever que la opción militar es una herramienta disponible para salvaguardar lo que considera intereses nacionales vitales. En ese marco, calificó a las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas como entidades terroristas y sostuvo que, al igual que los combatientes del grupo yihadista, sus integrantes deben ser ejecutados, exiliados o capturados.
Las palabras del líder republicano no constituyen una novedad aislada. Desde febrero del año pasado, cuando designó a esos grupos como organizaciones terroristas, su gobierno puso en marcha una campaña de ataques militares contra embarcaciones presuntamente vinculadas al narcotráfico, primero en el Caribe y luego en el Pacífico. Esa escalada dejó como saldo más de doscientas personas fallecidas, una cifra que organismos internacionales y varios gobiernos de la zona consideran una violación flagrante del derecho internacional y un posible crimen de lesa humanidad. Pese a las críticas, Trump defendió esas operaciones y las presentó como una demostración de fuerza sin precedentes, mencionando específicamente las acciones llevadas a cabo en Venezuela.
La sombra de la intervención directa sobrevoló el recinto neoyorquino. En la audiencia se encontraba la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, quien se reunió con Trump el mismo martes. El encuentro se produce luego de que fuerzas estadounidenses capturaran y sacaran del país al entonces presidente Nicolás Maduro y a su esposa en enero de 2026, en una operación nocturna que el gobierno bolivariano denunció como violenta e ilegal. La presencia de Rodríguez en la ONU y su contacto con el mandatario estadounidense sugieren que Washington apuesta a una salida negociada o a una transición tutelada en el país caribeño.
El caso cubano ocupó un lugar central en el discurso. Trump, quien impulsó la creación de una alianza de seguridad regional denominada «Escudo de las Américas» junto a gobiernos conservadores y de ultraderecha, señaló que ahora le corresponde el turno a la isla. «Cuba caerá», sentenció desde la tribuna, para luego agregar que el comunismo nunca llegará a Estados Unidos, pero que la libertad sí llegará a Cuba. La delegación cubana abandonó la sala tras escuchar que la isla era calificada como un «estado fallido», y el canciller Bruno Rodríguez rechazó esas afirmaciones al sostener que su país no representa una amenaza para Estados Unidos ni para ninguna otra nación.
Desde enero, la administración Trump ordenó un bloqueo de crudo contra Cuba que profundizó la crisis económica y humanitaria que padece la nación caribeña, además de imponer sanciones secundarias que ahuyentaron a empresas extranjeras. A pesar de que el cerco se vuelve cada vez más asfixiante, el sociólogo Gabriel Puricelli, coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, consideró que no existen condiciones objetivas para una intervención militar estadounidense en la isla. No obstante, advirtió que Trump es un oportunista innato y que podría inclinarse por esa opción ante algún episodio fortuito que deje al descubierto alguna vulnerabilidad del régimen del Partido Comunista cubano.
En diálogo con Página/12, Puricelli fue más allá y describió la estrategia de fondo del mandatario estadounidense. Según su lectura, la pretensión de Trump es clara: imponer la vigencia de la ley estadounidense en todo el hemisferio. Bajo esa premisa pseudolegal, recordó, ya se ejecutaron extrajudicialmente a más de doscientas personas en el Caribe Sur. Para avanzar más lejos, agregó, le basta con la aceptación del vasallaje por parte de los gobiernos de la región, buena parte de los cuales está dispuesta a someterse.
Por su parte, Gonzalo Fiore Viani, doctor en Relaciones Internacionales e investigador del CONICET, planteó que el objetivo de Trump no es necesariamente una invasión, sino forzar la caída del gobierno cubano u obligarlo a reformarse para que no le quede otra alternativa que alinearse con Washington. En su opinión, el republicano se sentiría más cómodo con una transición o una negociación similar a la que se produjo en Venezuela con Delcy Rodríguez, y si puede evitarse el paso del secuestro de Maduro, lo haría sin dudar.
La arremetida de Trump no pasó desapercibida para los líderes progresistas de la región. Poco antes de la intervención del estadounidense, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, había lanzado un duro mensaje contra los enemigos de la democracia que, a su juicio, intentan intervenir en los procesos electorales latinoamericanos. A días de los comicios presidenciales brasileños del 4 de octubre, en los que buscará la reelección, Lula sostuvo que la democracia está nuevamente en jaque y que la división del mundo en zonas de influencia para incursiones neocoloniales en busca de recursos estratégicos constituye un gesto anacrónico. Aunque no nombró directamente a Trump, la semana anterior había anticipado que planeaba decirle en Nueva York que no se metiera en las elecciones de su país.
El gesto de Lula tras pronunciar el discurso de apertura en la ONU fue elocuente. Rodeado por autoridades de diversos países que se acercaron a saludarlo, ignoró o no advirtió la presencia del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien se encontraba entre los presentes. La escena refleja la tensión que atraviesa la relación entre Brasilia y Washington en un contexto electoral particularmente sensible.
La injerencia de Trump en los procesos electorales de América Latina no es un fenómeno nuevo. El republicano respaldó a varios candidatos de derecha que triunfaron en la región en los últimos años. Tras el triunfo en segunda vuelta del ultraderechista Abelardo de la Espriella en Colombia, el mandatario estadounidense presumió de haberlo apoyado y de que su respaldo fue decisivo para la victoria. En Ecuador, si bien no dio un apoyo tan explícito a su ahora aliado Daniel Noboa, lo recibió en Florida días antes de la votación. En Honduras, condicionó el apoyo financiero de Washington al triunfo del candidato conservador Nasry «Tito» Asfura. Y en las elecciones legislativas del año pasado en Argentina, ató la asistencia económica a un triunfo del partido del presidente Javier Milei, a quien definió como un mandatario que hace lo mejor que puede en un país que, según él, no tiene dinero ni nada.
Pese a que Milei se deshace en elogios hacia Trump cada vez que tiene oportunidad, el estadounidense se reunió este martes con el primer ministro británico, el laborista Andy Burnham, y no tiene previsto por el momento un encuentro con su par argentino en Nueva York. Esa ausencia de agenda con Milei contrasta con la sintonía ideológica que ambos exhiben en público y alimenta especulaciones sobre el verdadero lugar que ocupa Argentina en la estrategia regional de la Casa Blanca.
Fiore Viani consideró que, a diferencia de lo ocurrido en Colombia o Argentina, donde la intervención de Trump torció claramente la elección y ayudó a quienes terminaron ganando, el pueblo brasileño tiene una idiosincrasia mucho más nacionalista y contraria a las injerencias extranjeras. En su análisis, el respaldo del republicano puede fortalecer al núcleo duro que ya apoya a Flavio Bolsonaro, pero difícilmente logre torcer la voluntad del votante indeciso.
Puricelli, en cambio, puso el foco en otro terreno donde la influencia de Trump y sus aliados tecnológicos puede ser determinante. Según el sociólogo, la injerencia abierta del mandatario puede ser contraproducente para Bolsonaro, pero lo que realmente puede hacer daño son las noticias falsas que circulan en redes sociales, un espacio claramente inclinado en favor de la extrema derecha. En ese mundo virtual, sostuvo, los multimillonarios del sector tecnológico alineados con Trump tienen el arma cargada desde que abandonaron la moderación de contenidos, lo que configura un escenario de competencia desigual para las fuerzas democráticas de la región.
