Con más de 158 millones de electores convocados, la mayor economía latinoamericana se juega este domingo su futuro político, en una contienda que trasciende fronteras y pone en juego la soberanía regional frente a las injerencias externas.
La disputa presidencial en Brasil ha alcanzado un nivel de polarización que pocas veces se ha visto en la historia reciente del país. Este domingo, las urnas recibirán la voluntad de más de 158 millones de ciudadanos que deberán escoger entre dos proyectos antagónicos: la continuidad de un liderazgo histórico de raíz sindical, que busca un nuevo mandato al frente del Palacio del Planalto, o la restauración de una derecha radical vinculada a episodios golpistas y a presiones extranjeras. La elección, según coinciden los sondeos, se definirá entre el actual mandatario y el heredero político del bolsonarismo, en una primera vuelta que podría extenderse a un balotaje previsto para finales de octubre.
El escenario electoral brasileño ha dejado de ser un asunto estrictamente interno. La sombra de Washington se ha proyectado con fuerza sobre la campaña, especialmente tras las declaraciones del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y las veladas amenazas del expresidente Donald Trump. Estas intromisiones, lejos de pasar desapercibidas, fueron capitalizadas por el clan del exmandatario Jair Bolsonaro, cuyo hijo Eduardo, hoy prófugo de la justicia brasileña, no solo respaldó las injerencias foráneas sino que también habría instado a boicotear la economía nacional mediante una propuesta arancelaria dirigida a la Casa Blanca. En ese contexto, un grafiti aparecido en la céntrica avenida Paulista resumió con ironía la pretensión intervencionista: “Hagamos de Brasil nuestro patio trasero”.
Frente a ese panorama, el actual presidente ha optado por una estrategia de confrontación directa con los intentos de injerencia y con el avance de la extrema derecha local. Durante el cierre de campaña, que recorrió la avenida Paulista y se diseminó por la rua Augusta, el mandatario se mezcló con una marea de simpatizantes vestidos de rojo, militantes del Partido de los Trabajadores, del PSOL del psicoanalista Guilherme Boulos y de la Rede de la pedagoga y ecologista Marina Silva. Allí, con su característico dinamismo y el sombrero Panamá que luce desde una intervención quirúrgica en abril, proclamó que luchará con todas sus fuerzas por el pueblo brasileño y sintetizó la disyuntiva actual como una elección entre “democracia y soberanía o barbarie y corrupción”.
La campaña oficialista no oculta su optimismo. Voces como la de Ernesto José de Carvalho, un influencer conocido como “Don Ernesto” que guarda un parecido notable con el exministro de Economía Fernando Haddad, sostienen que el presidente ha logrado conectar con un sector que tradicionalmente le era esquivo: los jóvenes. “Es una elección polarizada, con candidatos que superan los 40 puntos en las encuestas; esto indica que podría definirse en la primera vuelta, y espero que sea a favor del presidente Lula”, declaró a Página/12, mientras un militante lo interrumpía al grito de “Haddad”. Para JR Freitas, joven motoquero de aplicaciones, candidato a diputado estadual y militante del Partido Socialismo y Libertad, el actual mandato representa una oportunidad para disputar un nuevo modelo de trabajo, aunque reconoce que no se han conseguido todas las metas. Freitas tampoco olvida el impacto de la pandemia bajo la administración anterior: “Debido a problemas respiratorios, terminé aislado y enfrentando dificultades económicas con mi familia, mientras Bolsonaro minimizaba constantemente la situación”.
Del otro lado del espectro, el candidato de la ultraderecha llega al día de la votación visiblemente golpeado por múltiples frentes. Las denuncias de corrupción, su evidente sumisión a los intereses de Trump y el escándalo que involucra a la virgen católica Nuestra Señora Aparecida, patrona de Brasil, así como las revelaciones del medio PlatôBR sobre orgías con prostitutas, han erosionado su imagen. En un video difundido por su socio político, el gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas, se lo escucha pedir: “¡Vamos, Brasil quiere un cambio! No votes en cuotas dos veces. Hacelo de una sola vez este domingo”. El heredero del bolsonarismo, a diferencia de su padre, no se subió a una motocicleta para cerrar su caravana, pero mantuvo la línea de confundirse con los colores de la camiseta del seleccionado, la verde amarela, y llamó a jugar “mi partido por Brasil”.
El trasfondo geopolítico de esta elección es ineludible. El candidato de la extrema derecha ha manifestado su intención de sumarse al llamado Escudo de las Américas, la iniciativa de seguridad hemisférica con la que Estados Unidos ha intentado atraer a la mayoría de los países de la región, con excepciones notables como Brasil, Canadá, México, Uruguay, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Estas tres primeras naciones representan las principales economías del continente después de Estados Unidos, lo que desvirtúa la visión triunfalista de Trump sobre su capacidad de contener la influencia de China en la región. Precisamente, el gigante asiático es el principal socio comercial de Brasil.
La jornada electoral definirá si el país continúa por la senda de un mundo multipolar y de alianzas estratégicas con los BRICS, o si retorna a un proyecto de hegemonía hemisférica liderado por Washington. La paridad que arrastran los sondeos desde hace meses apenas se ha movido unos pocos puntos porcentuales, con una ligera ventaja para el actual presidente. Las proyecciones le otorgan cierta luz sobre su adversario, pero la incertidumbre persiste. Lo que está en juego, más allá de los nombres, es el modelo de país y la posición de Brasil en el concierto internacional.
