El BCRA oculta los contratos del oro: la huella del Deutsche Bank y la pérdida de 1.023 millones de dólares

El BCRA oculta los contratos del oro: la huella del Deutsche Bank y la pérdida de 1.023 millones de dólares

Una fuente insospechable del Banco Central confirmó que la entidad que conduce Santiago Bausili entregó parte del millonario negocio al banco donde trabajaron el propio Bausili y Luis Caputo. La orden interna es no mostrar los documentos ni siquiera a la Auditoría General de la Nación, que ya prepara un informe de gestión demoledor.

La consigna que circula puertas adentro del Banco Central es clara y contundente: los contratos que derivaron en la pérdida de 1.023 millones de dólares no deben salir a la luz. Ni siquiera la Auditoría General de la Nación, el organismo que por ley debe controlar el manejo de los fondos públicos, logró acceder a esa documentación. Sin embargo, una fuente indubitable de la propia entidad monetaria reveló a Página/12 que una de las contrapartes de la operación, es decir, uno de los beneficiarios que se quedó con todo o parte de ese enorme perjuicio para el patrimonio nacional, fue el Deutsche Bank, la misma entidad en la que Luis Toto Caputo y Santiago Bausili desarrollaron buena parte de sus carreras y ocuparon posiciones de máxima responsabilidad. La incompatibilidad resulta, como mínimo, escandalosa desde cualquier parámetro ético aceptable: los responsables de diseñar una jugada ruinosamente desfavorable para el país terminaron favoreciendo a sus antiguos empleadores.

El movimiento del oro y, en primicia, la magnitud de la pérdida fueron difundidos por este medio el 13 de septiembre, hace ya más de un mes. La razón verdadera por la cual las autoridades se niegan a exhibir los contratos radica en que vendieron el derecho a adquirir el oro a un precio sumamente bajo, apenas por encima de los 3.000 dólares la onza, mientras que el valor del metal precioso se disparó por encima de los 4.000 dólares, y esa circunstancia constituye el origen del desastre financiero. El Banco Central debió consignar el quebranto en su balance porque tuvo que cubrir la calamidad con dólares provenientes de las reservas. Dado que el cierre del ejercicio operó el 31 de diciembre, no existió margen para postergar el registro. Aun así, intentaron disimularlo: la pérdida quedó asentada como una suerte de nota adicional, fuera del cuerpo principal del balance, con la pretensión de tapar todo con las ganancias generadas por la suba del precio internacional del oro. Esa ganancia se habría obtenido de todos modos si el oro no se hubiera movido de la calle Reconquista, pero hubo que restarle lo que se perdió por la catastrófica jugada especulativa atribuida a Milei, Caputo y Bausili.

Ocultar, esconder

Dentro de la entidad, la orden es no mostrar los contratos que condujeron al quebranto. El argumento que se esgrime hacia adentro sostiene que no se informa porque existiría «un grave riesgo sobre las reservas del país». Esa afirmación contradice abiertamente el dictamen de la dirección de Jurídicos del propio Banco Central, que sostuvo por escrito que las reservas no corrían peligro alguno y que podían enviarse a Londres «porque se trata de reservas soberanas». No obstante, la instrucción impartida a quienes manejan toda la cuestión del oro consistió en negar los contratos incluso a la Auditoría General de la Nación.

Especialistas en materia de inversiones como Carlos Maslatón exigieron que el Banco Central «muestre todas las operaciones, fechas, precios, contrapartes y quién las autorizó». El reclamo parece elemental. En una de sus publicaciones, Maslatón deja entrever que no solo medió negligencia sino también corrupción.

Empleados fieles

Este diario pudo confirmar, de manera indubitable, que una de las contrapartes de las operaciones del Central fue el Deutsche Bank, aunque resta precisar si fue el que se quedó con la totalidad del negocio o si existieron otras contrapartes. Como el Banco Central no exhibe los contratos ni siquiera a sus propios empleados, puede establecerse que el Deutsche cobró parte de los 1.023 millones de dólares; no se sabe si todo.

Luis Caputo trabajó durante años en el Deutsche en Argentina, hasta ser designado director titular y presidente de la entidad en 2008. Santiago Bausili también fue funcionario del Deutsche y, en tiempos de Mauricio Macri, fue denunciado por haber percibido bonos e incentivos de la entidad bancaria mientras ya ejercía funciones en el Estado. Durante la administración macrista, otra vez de la mano de Caputo y Bausili, el banco fue beneficiado con la emisión y colocación de títulos de la deuda soberana argentina en los mercados internacionales. Ambos exfuncionarios del gobierno del PRO terminaron sobreseídos por la telaraña judicial macrista de Comodoro Py.

Haberle concedido al Deutsche todo o parte del «negocio» en el que Argentina perdió 1.023 millones configura un escándalo y sostiene la sospecha de Maslatón y de quienes afirman que no solo hubo impericia sino también corrupción. Para el ciudadano común resulta difícil comprender lo que se hizo. En términos técnicos, se le vendió a uno o varios bancos un call, es decir, el derecho a comprar el oro dentro de tantos meses a determinado precio. Pero el precio fijado quedó levemente por encima de los 3.000 dólares. Milei, Caputo y Bausili concretaron la operación sin contar con un resguardo ante la suba y, como el oro se disparó por arriba de los 4.000 dólares, perdieron 960 millones, más 63 millones pagados por un seguro, la compra de un put realizada en paralelo para protegerse en caso de que el oro perdiera valor.

Malas explicaciones

A lo largo de la semana, el gobierno intentó explicar la situación de distintas maneras, todas carentes de fundamento. Sostuvo que en realidad no perdieron sino que ganaron, versión que quedó plasmada en el comunicado oficial. Es cierto que, por las reservas en oro, el Banco Central ganó, porque subió el precio internacional. Pero en esta operación perdió, tal como el propio Central tuvo que registrarlo en su balance. Si no hubieran enviado el oro a Londres, la ganancia habría sido mucho mayor porque no se habría perdido lo que se perdió. Esa es la razón por la cual colocaron la pérdida como una nota aparte del balance y la Auditoría les exigió que la incorporaran al balance mismo.

También argumentaron que lo realizado constituyó una especie de seguro y que se perdió la prima. Lo explicaron así: «es como decir que, si hago un seguro de incendio de mi casa y no se incendia, perdí el dinero de la prima del seguro». Quien respondió a ese planteo fue el propio Juan Manuel Olmos, titular de la Auditoría General de la Nación, en una entrevista realizada en C5N. Dijo Olmos: «¿o sea que contrataron un seguro con una prima de 1.023 millones de dólares? Imposible». Es elemental: nadie paga un 20 por ciento del total del oro por un seguro. El periodista Alejandro Bercovich desmontó esa excusa con una comparación demoledora: «hubo que mandar el oro a Londres. Si yo contrato el seguro de un auto, la compañía de seguros no me obliga a dejar el auto en el garage de la aseguradora».

Una semana de nerviosismo

Dentro del Banco Central reina el nerviosismo. Como ya se explicó en Página/12, la Auditoría General de la Nación lleva adelante dos auditorías. La primera, de carácter contable, orientada a verificar si las cosas están bien registradas. En esa instancia, la Auditoría concluyó que los movimientos están razonablemente registrados, pero advirtió al Central que la pérdida no debía consignarse como una nota al pie sino dentro del propio balance. El Banco Central intentó evitarlo y peleó para no ponerlo.

La segunda auditoría es de gestión. En ese trabajo, la Auditoría evalúa si lo actuado resultó razonable o no, es decir, si el traslado constituyó una medida adecuada, si se corrieron riesgos y si las operaciones de call, puts y collar fueron lógicas. Según trascendió en el Banco Central, la Auditoría ya remitió un proyecto de informe de gestión y otorgó al Central dos semanas para presentar su descargo. Todo indica que el informe fue hipercrítico. Al parecer, en el texto se exige al Central que entregue todas las cuestiones elementales: los contratos, las fechas, las firmas de los responsables y la nómina completa de las contrapartes, es decir, de quienes se quedaron con los 1.023 millones de dólares. Además, la Auditoría habría formulado la pregunta de las preguntas: ¿para qué enviaron el oro a Londres? Si la formularon, es porque la operatoria a través de la capital británica no queda clara.

Existe una cuestión adicional: algunos directores del Central hacen circular la versión de que el oro se movió desde la sucursal londinense del Banco de Pagos Internacionales, cuya casa matriz está en Basilea, justamente hacia la central en Basilea, es decir, que trasladaron el oro a Suiza. Pero las fuentes del Central afirman que no, que al menos hasta hace algunos meses seguía en Londres, como denunció en su momento el titular de La Bancaria, el diputado Sergio Palazzo. En cualquier caso, si la versión de la mudanza fuera cierta, más todavía se confirma que resultó muy grave y riesgoso haberlo enviado al Reino Unido, a tal punto que tuvieron que sacarlo.

Todo hace pensar que la Auditoría dará a conocer el segundo informe tal vez antes de fin de octubre o a principios de noviembre. La lógica indica que «los Messi de las finanzas», los artífices de la timba financiera, quedarán nuevamente mal parados: perdieron en la especulación buena parte de lo que requiere, por ejemplo, el presupuesto de todas las universidades.

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