Tras la clausura de plantas como DASS en Misiones, FATE en Buenos Aires y Granja Tres Arroyos en Capitán Sarmiento, los exempleados sobreviven con changas, ventas ambulantes y deudas. La ilusión de volver a tener trabajo digno, incluso para las generaciones que vienen, es el motor que los mantiene en pie.
El cierre de la planta de zapatillas DASS en El Dorado, Misiones —proveedora de marcas internacionales como Adidas y Nike— dejó a Gustavo Melgarejo, de 40 años y con 16 de antigüedad, frente a un panorama que jamás imaginó. Operario polivalente, formado en distintos puestos de la línea de producción, hoy compra y vende perfumes y adquirió máquinas para instalar un lavadero con el dinero de la indemnización. Con dos hijos y préstamos por pagar, sostiene la economía familiar como puede. “No hay mucho para hacer”, admite, y menciona que algunos compañeros se organizan bajo la modalidad de “precio colectivo” para ofrecer viajes en remise. La situación más delicada, subraya, es la del diez por ciento de los trabajadores que tienen hijos con discapacidad y que ahora ven peligrar la obra social del calzado.
La frontera con Brasil se volvió una tabla de salvación para muchos desempleados de la zona: a 90 kilómetros, cruzan para adquirir alimentos a mitad de precio y mercadería que luego revenden, buscando “algún margen” que les permita atravesar la jornada. Melgarejo no oculta su escepticismo: “Hasta que no cambie el gobierno, la cosa no va a mejorar”. Reparte currículums cuando aparece alguna posibilidad, aunque en la región las fuentes laborales escasean y los aserraderos están desbordados. Rechaza de plano empleos que pagan con tickets canasta o sueldos de 200 mil pesos en supermercados caros, un mecanismo que, advierte, termina endeudando al trabajador como ocurría antaño con los capangas y los mensú. Sin embargo, su mayor anhelo trasciende lo individual: “La ilusión más grande es poder revertir esto y recuperar la fábrica, incluso si no es para nosotros, para la generación que viene”. Y pide no perder la esperanza de volver a tener trabajo digno.
Raúl Marcelo Gallardo representa otra arista del mismo drama. Entró a FATE en 1992, a los 19 años, tras leer un aviso en el diario, y permaneció allí hasta el cierre definitivo de la planta de San Fernando en febrero pasado, cuando la fábrica de neumáticos —que llegó a tener 2.000 operarios— bajó la persiana. “No sé por dónde podría venir otro trabajo”, confiesa. La caída no es aislada: observa a mucha gente en su misma condición. Intentó recuperar su viejo oficio de pintor, pero las tareas repetitivas en la línea de producción le dejaron secuelas severas en la columna y una lesión lo apartó pronto. Su esposa, trabajadora de casas particulares, consiguió algunas casas para pintar, pero el ingreso es magro.
Gallardo describe el desarraigo que le produjo el despido: durante 33 años se ajustó al modelo del trabajador que va de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, prácticamente sin conocer la calle ni a sus vecinos. Hoy el tiempo laboral no se termina nunca. Compara su desconcierto con el del protagonista de Volver al Futuro: siente que despertó en un mundo que no comprende. Ni de clase media ni de clase baja, le cuesta insertarse y, sobre todo, entender dónde está parado. Incluso sus hijos, que tienen empleos en relación de dependencia, no logran desconectarse de las obligaciones: el teléfono suena y deben salir, o están en la calle y no pueden concretar una compra. La frontera entre el trabajo y la vida se desdibujó por completo.
En Capitán Sarmiento, Andrea Ulere encontró un puesto de maestranza en la municipalidad y recuperó el trabajo en blanco y la obra social para su hijo con discapacidad. Aun así, no se tranquiliza: muchos de sus excompañeros de Granja Tres Arroyos siguen sin empleo y la desesperación crece. “Los tenés que contener porque quieren ir a prender fuego a la fábrica”, relata, y les advierte que terminarían presos sin solución alguna. Todavía se sostienen ollas populares: ella sale de trabajar a las siete de la tarde, cocina y se suma una o dos veces por semana. Pero la generosidad del pueblo, que donó gran cantidad de cosas, empieza a agotarse. “Llega un momento en que todo se termina, no se puede más”, dice.
Andrea comenzó a grabar videos caseros en los que expone sus verdades. Allí cuenta que, gracias a Dios, sus dos hijas profesionales las apuntalan económicamente: les pagan el agua y la luz, les traen comida. “Esto no es el ideal para una madre que ha luchado toda su vida por salir adelante”, confiesa. Granja Tres Arroyos no pagó las indemnizaciones y un pequeño grupo de extrabajadores volvió a acampar, breve y casi sin fuerzas. Quienes envían a sus hijos a estudiar a otros lugares intentan sostenerlos, pero en el pueblo no hay otras fuentes de trabajo, sobre todo para los mayores. Andrea aguarda la indemnización como respaldo y, fundamentalmente, planes: “Lo que me mata es no tener planes. No hay planes ni lunes ni sábado ni domingo. No podés decir: ‘Che, nos juntamos a comer’ o ‘¿por qué no nos vamos allá?’. No se puede gastar combustible, no se puede gastar nada”.
El panorama se extiende a quienes conservan un empleo. Hace quince días, el presidente Milei abrió una nueva polémica al afirmar que era mentira que la gente no llegue a fin de mes y preguntó cómo harían quienes se quedan sin dinero el día 20 para vivir diez días sin comer ni beber. Los investigadores Juana Garabano y Gonzalo Assusa desmienten esa lectura: “No solamente está buscando trabajo el que es despedido, sino que también buscan trabajo los que ya están ocupados, porque no alcanza lo que ganan para vivir”. Según la Encuesta Poblacional de Gestión de Crisis de Córdoba, seis de cada diez encuestados reconocen que sus ingresos se agotan el día 20 del mes o antes. Cuando el dinero escasea, un 32 por ciento restringe consumos, un 27 por ciento busca trabajar más y un 16 por ciento recurre a la tarjeta de crédito esperando meses mejores.
Así se configura un combo de pluriempleo, sobreexplotación horaria, desahorro, infraconsumo y deuda. No se trata de un afán de “progresar un poquito”, como sugirió un conocido conductor televisivo, sino de resistirse a “cagarse de hambre”. Los ingresos provenientes de aplicaciones o combinaciones de changas son inconstantes y poco previsibles; en ese universo, la deuda aparece como una forma de aguantar hasta el último día del mes, pero también lo es la inmovilidad. Mientras algunos viven al día, otros administran cuidadosamente el ingreso del día uno. El consumo restringido achica los espacios donde se vive: en sectores que conocieron el empleo formal, los primeros recortes son las vacaciones, el deporte, salir a comer, comprar ropa y suscribirse a plataformas de películas. La quietud se combina con una actividad demandante: conseguir promociones, comprar en el supermercado alejado del centro y en la verdulería del barrio, buscar alternativas online de productos de farmacia y sistematizar información sobre descuentos en determinados días de la semana. Ese espacio mental de administración y gestión de la economía doméstica es asumido, en su mayoría, por las mujeres del hogar, concluyen los especialistas de la Universidad Nacional de Córdoba.
En El Dorado, en San Fernando y en Capitán Sarmiento, la certeza de que el trabajo digno se esfumó convive con una obstinación silenciosa. Melgarejo lo resume sin dramatismo: quiere que le vaya bien con el emprendimiento, como a cualquiera, pero su verdadera ilusión es revertir la historia y recuperar la fábrica para los que vienen. Gallardo busca entender un presente que le resulta ajeno. Andrea pide planes, un respaldo, la posibilidad de volver a juntarse a comer sin calcular cada peso. Todos, de un modo u otro, se aferran a la misma consigna: no perder la esperanza de que en algún momento vuelva a haber trabajo digno.
