Millones de argentinos enfrentan una realidad económica despiadada donde los ingresos se esfuman en días, el consumo se hunde y las deudas crecen. Retratos de una crisis que convierte la supervivencia en una carrera de obstáculos sin fin.
La sensación es unánime y corta el aliento. Para una multitud de argentinos, el calendario económico se ha reducido dramáticamente. La quincena o la mensualidad, ese ingreso largamente esperado, pierde su poder en cuestión de jornadas, sumiendo a los hogares en una prolongada y angustiante cuenta regresiva donde los recursos se desvanecen y las privaciones se vuelven moneda corriente.
Verónica Acuña Moyano, una jubilada de 64 años, resume con crudeza este presente. “¿Gustitos? No, ¿qué gustitos? Me tuve que ajustar en todo. A fin de mes se llega como se puede”, relata mientras pasea a su perra Vainilla por Balvanera. Su pensión, fruto de una vida laboral iniciada a los 17 años, se diluye en apenas una década. Su alimentación se ha reducido a lo estrictamente elemental: té, lentejas, huevos y algunas verduras. La carne es un lujo reservado para sus mascotas. “No sé qué más puedo ajustar, ya cambié el café por el té. Mi único lujo es tener prepaga”, confiesa con un dejo de resignación. Para subsistir, debe complementar sus ingresos con trabajo independiente como psicopedagoga, un esfuerzo extra que le permite apenas mantenerse a flote en un mar de deudas que califica como “usurarias”.
Como ella, una mayoría silenciosa experimenta la misma asfixia. Un reciente estudio de la plataforma Bumeran pinta un cuadro demoledor: el 86% de los trabajadores argentinos afirma que su salario resulta insuficiente para cubrir las necesidades básicas. La estadística es contundente: únicamente un 11% logra que su economía dure todo el mes, mientras que una cuarta parte de la población activa destina la totalidad de sus haberes al pago de obligaciones financieras. Para muchos, el “fin de mes” comienza apenas una semana después de haber cobrado, instalando una zozobra permanente.
Marcelo H., un empleado de seguridad de 33 años, vive una realidad similar. Aunque ser propietario de su vivienda le permitió en el pasado acumular algunos ahorros, hoy esas reservas se han desvalorizado. “Cobro y pago algunas deudas, lo que se puede”, explica. Su estrategia para estirar el magro presupuesto implica eliminar por completo los gastos superfluos: ya no contrata delivery y ha suprimido las salidas a comer fuera de su hogar. No está solo en esta renuncia forzosa. Investigaciones de la consultora Kantar Insights revelan que el 76% de los argentinos ha abandonado el hábito de comer en restaurantes debido a los costos prohibitivos, un golpe letal para un sector que reporta caídas de hasta el 40% en su facturación.
Este colapso del poder adquisitivo tiene un correlato directo en las cifras macroeconómicas. El consumo masivo no hace más que contraerse mes tras mes. Según el INDEC, las ventas en supermercados experimentaron en julio la contracción más abrupta en un año y medio. Paralelamente, la actividad industrial muestra un marcado estancamiento, con una capacidad instalada que se retrae por debajo de los niveles del año anterior. Lo que el gobierno proyectaba como una recuperación en “V” se ha transformado, según los analistas, en una “L”: una caída pronunciada seguida de un piso bajo y plano, sin señales de rebote.
“El consumo masivo viene de varios meses de caída, pero empezando a amesetarse en un piso bastante bajo”, advierte el economista Federico Zirulnik, del Centro de Estudios Scalabrini Ortiz. En el horizonte inmediato, no se vislumbra una recuperación significativa de los ingresos. Por el contrario, la amenaza de una nueva devaluación se cierne sobre los bolsillos, con el potencial de erosionarlos aún más.
En la primera línea de fuego de esta crisis, los comercios de barrio reflejan la desesperación de sus clientes. Fernando “Chiche” Savore, almacenero en Morón y vicepresidente de la Confederación General Almacenera Nacional, escucha a diario dos frases que se repiten como un mantra: “Aguánteme tres días” y “anóteme y se lo pago en unos días”. El uso creciente de la tarjeta de crédito para compras mínimas es, para él, un indicio elocuente de la falta de dinero en efectivo. “Si los trabajadores se debilitan económicamente, nuestros negocios lo sufren”, sentencia, describiendo cómo se ven forzados a absorber una parte de los aumentos para no ahuyentar a una clientela exhausta.
Ante la falta de liquidez, el plástico se convierte en un refugio peligroso. “Tarjetear es pan para hoy, hambre para mañana”, reconoce Fernando Bertero, dueño de una relojería cerca del Congreso. Esta práctica conlleva un riesgo creciente, evidenciado por el incremento sostenido de la morosidad, que alcanzó su nivel más alto desde 2010, según el Banco Central. Pagar el mínimo de la tarjeta se ha vuelto una trampa financiera, con tasas de interés que superan el 100% anual.
Para los informales, que constituyen alrededor del 42% de la fuerza laboral, la incertidumbre es absoluta. Maximiliano Bustamante, un vendedor ambulante de 53 años, encarna esta precariedad. “Fin de mes es todos los días”, afirma. Su economía depende de lo que logre vender cada jornada, en una lucha diaria por reunir lo suficiente para el alimento y el alquiler. “Sobrevivo y nada más”, resume, mientras expone sus mercancías en una mesita. “El ánimo está para la mierda”, concluye, dando voz a un desaliento que se extiende como una mancha sobre el mapa social argentino, donde llegar a fin de mes se ha convertido en una proeza cada vez más inalcanzable.
