La comunidad internacional condena la ofensiva estadounidense en Venezuela y la captura de Maduro

La comunidad internacional condena la ofensiva estadounidense en Venezuela y la captura de Maduro

Gobiernos latinoamericanos, potencias mundiales y figuras políticas globales repudian la acción militar, calificándola de violación a la soberanía y una amenaza grave para la estabilidad regional.

Un contundente rechazo político y diplomático se desplegó a escala global tras la incursión militar ejecutada por Estados Unidos en territorio venezolano durante la madrugada del sábado, operación que culminó con la captura del presidente de ese país, Nicolás Maduro. La sorpresiva acción desató una ola de condenas que atravesó el continente americano y alcanzó a potencias como Rusia y China, poniendo en evidencia una profunda fractura en el escenario internacional.

Desde América Latina, eje primordial del conflicto, las reacciones de repudio fueron inmediatas y severas. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, empleó la plataforma X para manifestar una postura firme, arguyendo que los bombardeos y la aprehensión del mandatario venezolano “superan una línea inaceptable”. Lula caracterizó el hecho como una “afrenta gravísima” a la soberanía nacional y un peligro para la preservación de la región como una zona de paz, al tiempo que instó a las Naciones Unidas a actuar con determinación.

La solidaridad regional encontró eco en la voz de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, quien reveló que diversos mandatarios han establecido contacto con su gobierno para coordinar una respuesta conjunta. Sheinbaum subrayó la preeminencia del marco multilateral y, apelando a la Carta de las Naciones Unidas, expresó una clara condena a la intervención. En una línea similar, el expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador emergió públicamente para alertar sobre los riesgos de una “tiranía mundial” y dirigió un mensaje directo al líder estadounidense, exhortándolo a desoír a los sectores más belicistas.

Colombia, nación que comparte una extensa frontera con Venezuela, fue de las primeras en pronunciarse, incluso antes de que se confirmara la autoría del ataque. Su presidente, Gustavo Petro, abogó de manera urgente por la preservación de la paz regional, haciendo un llamado a la desescalada y al privilegio de las vías diplomáticas sobre la confrontación.

El rechazo no fue unánime en el subcontinente. Mientras el mandatario chileno en funciones, Gabriel Boric, expresó una “enérgica condena” y repudió la idea de un control extranjero sobre Venezuela, el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, celebró la detención de Maduro, describiéndola como una “gran noticia para la región”. Por su parte, el aliado cubano Miguel Díaz-Canel convocó a América Latina a “cerrar filas” y responsabilizó a Washington por la integridad física del presidente capturado.

Más allá del Atlántico, las críticas adquirieron un tono de grave advertencia geopolítica. Rusia, a través de su ministerio de Exteriores, condenó la “agresión militar” y expresó honda preocupación, abogando por el diálogo para frenar una escalada mayor. China se sumó a la reprobación, denunciando el “comportamiento hegemónico” de Estados Unidos y señalando el riesgo que la operación representa para la seguridad hemisférica.

En Europa, las posturas mostraron notables divergencias. El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, aclaró que si bien su país no había reconocido al gobierno de Maduro, tampoco avalaría una intervención que viola el derecho internacional. La situación generó una inusual sintonía entre sectores opuestos, cuando Marine Le Pen, líder de la ultraderecha francesa, censuró la acción por considerar la soberanía estatal como un principio “inviolable y sagrado”. Su declaración contrastó marcadamente con los comentarios del presidente francés, Emmanuel Macron, quien consideró que el pueblo venezolano podría alegrarse del fin de lo que calificó como la “dictadura de Maduro”, aunque abogó por una transición pacífica.

El episodio, de consecuencias aún impredecibles, ha colocado a la comunidad internacional ante un complejo dilema que tensiona los principios de no intervención con las narrativas sobre crisis políticas internas, dejando al descubierto las profundas divisiones que persisten en el orden mundial.

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