El Fuego Devora la Comarca: Evacuaciones, Pérdidas y una Comunidad Bajo las Cenizas

El Fuego Devora la Comarca: Evacuaciones, Pérdidas y una Comunidad Bajo las Cenizas

Mientras las llamas avanzan sin control en la Patagonia, vecinos denuncian abandono estatal y señalan intereses inmobiliarios tras la recurrente tragedia. Un fallecido y miles de turistas desplazados completan el cuadro de desolación.

Un manto de humo espeso cubre el cielo y borra las montañas, mientras el olor a ceniza impregna el aire. La Comarca Andina del Paralelo 42 vuelve a arder, atrapada en un ciclo de destrucción que parece no tener fin. El incendio forestal que se inició el pasado lunes en las inmediaciones de Puerto Patriada, provincia de Chubut, ya ha consumido más de mil ochocientas hectáreas, forzando la evacuación de unos tres mil turistas y arrasando con al menos diez viviendas en la localidad de El Hoyo, con su sombra amenazante extendiéndose hasta las puertas de Epuyén. La tragedia se cobró una vida: un hombre que colaboraba en las tareas de contención falleció en un accidente vial mientras intentaba ponerse a salvo.

Las llamas, que según la investigación fiscal habrían sido intencionales, prendieron en la ladera noreste del Cerro Pirque. Un giro caprichoso del viento las dividió en múltiples brazos, impulsándolas con furia hacia el oeste, donde varios focos permanecen activos. Esta dirección conduce directamente a Epuyén, una comunidad que aún lucha por sanar las profundas heridas dejadas por los incendios de la temporada anterior. La combinación de pronósticos de temperaturas elevadas y ráfagas de viento genera un temor palpable entre los habitantes: la situación podría «desmadrarse», escapando a cualquier posibilidad de control.

Bajo la nube gris que ya se avista desde Bariloche, el desamparo y la indignación crecen. Nahuel Fernández, quien perdió su hogar en el fuego del año pasado, relata con voz entrecortada la impotencia de ver nuevamente el horizonte desaparecer. «Rogamos que el fuego suba para arriba y se extinga solo», confiesa, mientras critica con amargura la prohibición a brigadas autogestivas de ingresar a combatir las llamas. «Si no somos comunidad, nos van a seguir aplastando», afirma, reflejando un sentimiento colectivo. En su testimonio surge una sospecha recurrente: la frecuencia y magnitud de los incendios lo llevan a pensar en desarrollos inmobiliarios. Denuncia que en terrenos calcinados anteriormente, se impidió el regreso de los antiguos residentes y ahora se escuchan ruidos de maquinaria pesada.

Mientras el gobernador Ignacio Torres subraya el carácter intencional del siniestro y el riesgo calculado para maximizar el caos, desde la comunidad se rechaza la búsqueda de «chivos expiatorios». Fernández recuerda que todos los años se repite un guion de acusaciones que nunca concretan responsables. En sintonía, Sofía Nemenmann, abogada ambientalista de la zona, sostiene que más urgente que hallar un culpable es implementar un plan serio de prevención y mitigación, basado en evidencia científica. «De lo contrario, estamos condenados a la tragedia», sentencia.

La voz experta de Hernán “Kutral” Ñanco, bombero forestal del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, pinta un panorama sombrío y previsible. Describe la zona como «la crónica de una catástrofe anunciada», donde las regeneraciones de pinos posteriores a incendios anteriores funcionan como un combustible explosivo ideal. En condiciones de sequía, calor y viento, el fuego se vuelve «incontenible». Ñanco expone la cruda realidad operativa: los servicios están «escasamente dimensionados» para la magnitud del territorio y el riesgo. Cuando el fuego estalla en múltiples puntos simultáneamente, como ocurre ahora en Norpatagonia, los recursos se diluyen y resultan insuficientes.

La emergencia es regional. Además del foco en Chubut, incendios activos afectan a Neuquén, Santa Cruz, Río Negro y el sur de la provincia de Buenos Aires. Nemenmann enfatiza que esta simultaneidad no es producto de la mala fortuna, sino el resultado de años de sequía y cambios climáticos que secan la vegetación, haciendo que los incendios se propaguen con ferocidad inusitada. Esta realidad impone una «demanda extrema» sobre cuerpos de bomberos, brigadistas y voluntarios que trabajan contra reloj con medios limitados.

Así, la Comarca Andina enfrenta nuevamente el fuego con una mezcla de resiliencia y rabia, atrapada entre las llamas que avanzan, un Estado cuyas respuestas parecen siempre llegar tarde y la sospecha de que tras el humo podrían esconderse otros intereses. La vida que conocen pende de un hilo, mientras el viento aviva las cenizas del pasado y amenaza con incendiar lo poco que queda en pie.

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