El Presidente argentino aceptó integrar sin consultas un organismo impulsado por el mandatario estadounidense, que se autoproclamó presidente vitalicio. La iniciativa, que exige contribuciones millonarias y carece de respaldo multilateral, ha sido recibida con frialdad por las principales potencias y genera fuertes cuestionamientos por su intención de suplantar mecanismos internacionales establecidos.
En un gesto que confirma su estrecha alineación con la administración de Donald Trump, el presidente Javier Milei ha comprometido a la Argentina a formar parte del recién creado «Board of Peace» (Consejo de la Paz), una controvertida iniciativa del líder norteamericano que busca erigirse como un mecanismo paralelo a las Naciones Unidas. La decisión, adoptada sin análisis técnico ni consulta regional, coloca al país dentro de un reducido y cuestionado grupo de naciones dispuestas a secundar la polémica jugada geopolítica.
El organismo, presentado como un foro para la resolución de conflictos internacionales, nace bajo una sombra de arbitrariedad. Su acta fundacional, que será firmada este jueves en Davos, establece que Donald Trump ocupará la presidencia de manera vitalicia, una ruptura radical con los procedimientos diplomáticos habituales donde los miembros eligen a sus autoridades. Esta premisa, junto con la exigencia de una contribución inicial de mil millones de dólares para participar de forma permanente, ha generado un amplio rechazo y desconfianza en la comunidad internacional.
La adhesión argentina se produjo de manera inmediata y sin reservas. La invitación, canalizada a través de los canales diplomáticos formales de la embajada estadounidense en Buenos Aires, fue aceptada por el presidente Milei mediante un entusiasta mensaje en redes sociales, sin esperar el dictamen de la Cancillería. Esta prontitud contrasta marcadamente con la actitud cautelosa, cuando no abiertamente crítica, adoptada por la inmensa mayoría de los aproximadamente sesenta mandatarios convocados. Potencias como Francia y Canadá han declinado participar, mientras que la Unión Europea ha expresado sus dudas sobre la falta de salvaguardas institucionales del Consejo. Incluso Israel, uno de los focos centrales que el Board pretende abordar, ha calificado la iniciativa como «negativa».
Analistas interpretan la maniobra como un doble movimiento de Trump: por un lado, un intento de crear una estructura alternativa a la ONU, cuyo multilateralismo frecuentemente desprecia; por otro, una herramienta para proyectar fortaleza en el plano doméstico, tapando una serie de crisis internas y derrotas políticas que afectan a su gobierno. Para Milei, en cambio, la aceptación representa la consolidación de su papel como uno de los aliados internacionales más incondicionales del republicano, junto al primer ministro húngaro, Viktor Orban. El tercer socio en este proyecto es Vietnam, cuya adhesión se explica más por su profunda dependencia comercial con Estados Unidos que por una afinidad ideológica.
La contradicción inherente en la postura del gobierno argentino es flagrante. Mientras por un lado promueve la candidatura del diplomático argentino Javier Grossi para secretario general de la ONU, por el otro avala una estructura que busca, en los hechos, marginar y suplantar a ese mismo organismo. Esta dualidad plantea un interrogante estratégico de difícil respuesta para la política exterior argentina y pone en evidencia una subordinación que podría tener costos diplomáticos y económicos a futuro, especialmente en un contexto donde el financiamiento del millonario fondo requerido permanece en una ambigua nebulosa, según admitieron voceros de la Casa Rosada.
La creación del Board of Peace, por lo tanto, trasciende la mera anécdota diplomática. Se erige como un símbolo de un orden internacional que se pretende fracturar, donde la unilateralidad y el culto a la personalidad pretenden reemplazar a los mecanismos multilaterales, por imperfectos que estos sean. La Argentina, bajo el liderazgo de Milei, ha elegido sin hesitación su bando en esta fractura, asumiendo los riesgos y el descrédito que esta alianza conlleva ante una comunidad global mayoritariamente escéptica.
