La regulación anticipada y el Estado ingeniero: China frente a Occidente en la carrera por la IA y el futuro tecnológico

La regulación anticipada y el Estado ingeniero: China frente a Occidente en la carrera por la IA y el futuro tecnológico

En diálogo, el filósofo Hernán Borisonik analiza las diferencias abismales entre el modelo chino y el occidental para el desarrollo y control de la inteligencia artificial, las energías renovables y la movilidad eléctrica. Desde una concepción estatal que prioriza la armonía colectiva, China construye una ventaja integrada que desafía el paradigma individualista y marketizado de Silicon Valley.

El pensador Hernán Borisonik, investigador del Conicet y docente de la UNSAM, acaba de regresar de una estadía académica en la prestigiosa Universidad de Fudan, en Shanghái. Su investigación se centró en los fundamentos filosóficos para una regulación global de la inteligencia artificial, un tema donde las divergencias entre China y Occidente no son meramente técnicas, sino profundamente culturales y políticas.

Desde la perspectiva china, explicó Borisonik, la tecnología no es un fenómeno universal y neutral. Se la entiende a partir del concepto de “cosmotécnica”, que postula que cada civilización produce sus avances tecnológicos entrelazados con su propia cosmovisión, su orden social y sus valores fundamentales. Mientras en Europa y Estados Unidos el eje de los derechos y la regulación gira en torno al individuo, en China el punto de partida es el Estado y la colectividad, una herencia confuciana que hoy resurge con fuerza en el discurso oficial.

Esta divergencia genera modelos opuestos de desarrollo. En Occidente, especialmente en Estados Unidos, predomina una lógica de mercado que celebra la innovación privada y la escalabilidad, aplicando una regulación de “toque ligero” que nunca debe frenar el dinamismo empresarial. La Unión Europea muestra más cautela, admitiendo que la tecnología descontrolada puede ser dañina. China invierte este esquema: desde el Estado se desarrolla y orienta todo lo demás, recuperando una narrativa milenaria que prioriza la armonía social y el equilibrio pensando en las generaciones futuras.

Un entramado triple y una ventaja estructural
La dinámica china no se reduce a un Estado omnipotente, sino a un entramado complejo entre el Estado, las empresas privadas y el Partido Comunista. Estos tres actores interactúan buscando un balance antes de los grandes avances. “Hay un tejido entre esos tres actores que facilita algunas decisiones”, señaló Borisonik, contrastándolo con la creciente separación entre universidad, ciencia y Estado en Argentina. En China, las casas de estudio albergan institutos que trabajan en directa relación con el Estado para diseñar políticas públicas e innovaciones.

Esto explica fenómenos como el freno impuesto al magnate Jack Ma cuando criticó las regulaciones estatales. El Estado chino tiene el poder y la legitimidad para recortar las “espigas demasiado altas”, en una lógica que recuerda al ostracismo aristotélico, para evitar que un actor acumule un poder desestabilizador para el conjunto.

El Estado ingeniero y la masa de datos
Borisonik describió a China como un “Estado ingeniero” digitalizado, que aspira y posiblemente ya sea la vanguardia mundial en inteligencia artificial aplicada. Su ventaja crucial no reside solo en algoritmos pioneros, sino en la integración total de los datos. Plataformas como WeChat funcionan como superapps que capturan las huellas digitales completas de sus usuarios, desde el consumo y las interacciones sociales hasta la gestión de servicios públicos y pagos. El Estado, por ley, accede a este flujo integral en tiempo real, combinándolo con otros sistemas de vigilancia y control. Esta capacidad de cruzar inmensos volúmenes de información le da una ventaja abrumadora para entrenar sus sistemas de IA.

Respecto a la competencia entre modelos generativos, el investigador consideró que DeepSeek y ChatGPT son de calidad similar, cada uno optimizado para su contexto cultural y lingüístico. Sin embargo, destacó que el modelo chino, siendo gratuito, sigue una lógica distinta: busca posicionarse como un servicio público masivo y una herramienta de soft power, financiándose con capital de riesgo y planes empresariales personalizados. Su surgimiento, además, fue impulsado por la necesidad de sortear la restricción estadounidense a la exportación de chips, demostrando que se puede desarrollar una IA competitiva con menos recursos.

La carrera verde y el lastre del lobby
La diferencia de modelos se hace más evidente en sectores como la movilidad eléctrica. China tomó una decisión estratégica y centralizada para convertirse en líder global del vehículo eléctrico, controlando la cadena de valor de las baterías y los minerales críticos. En Occidente, en cambio, un poderoso lobby automotriz ha frenado por décadas una transición que amenaza sus modelos de negocio establecidos. “El problema no es técnico, sino político y estructural”, afirmó Borisonik, apelando a una lectura marxista: la clase dominante (las automotrices tradicionales) retrasa un avance histórico que implicaría compartir el poder con nuevos actores.

¿Capitalismo con anticuerpos?
Frente al temor de una burbuja financiera en la IA occidental, similar al estallido de las punto-com, Borisonik observa en China un sistema más sólido. “En Silicon Valley la IA parece una carrera de startups con la bolsa como horizonte, lo que genera ciclos de euforia y pánico”, explicó. En China, la IA forma parte de una economía donde lo público, lo académico y lo industrial están alineados por una estrategia estatal de largo plazo, que direcciona recursos y amortigua la pura especulación.

El filósofo no idealiza el modelo, pero subraya su coherencia interna: un capitalismo fuertemente regulado, donde el valor supremo es la armonía y el progreso del conjunto, y donde el Estado actúa como ingeniero rector, dispuesto a asumir riesgos calculados en “espacios controlados” para ganar la carrera tecnológica. En esta puja por el futuro, Occidente, atado al individualismo y al poder del lobby, parece correr siempre por detrás de sus propias innovaciones, mientras China avanza con una paciencia estratégica que mira siglos.

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