En medio de un contexto de despidos y cierres de fábricas, el ministro de Economía enfrentó a un usuario en redes sociales, defendió la apertura comercial y minimizó el impacto social del sector, desatando el rechazo de los industriales.
El ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a ejercer su estilo polémico y confrontativo en las redes sociales, esta vez en el ojo de una tormenta que azota a la industria textil nacional. Frente a un escenario marcado por el cierre de empresas y la pérdida masiva de empleos, el funcionario optó por responder con sarcasmo a las críticas de un ciudadano, utilizando la interacción para destacar lo que considera avances indiscutibles de la gestión oficial en materia de liberalización de las importaciones.
El episodio se desencadenó cuando un usuario lamentó, en respuesta a una publicación de Caputo, que los elevados impuestos sobre los pasajes aéreos le impidieran viajar al exterior para adquirir indumentaria a precios más bajos. Lejos de abordar el fondo de la queja, la réplica del ministro desde su cuenta oficial adoptó un tono provocador. En su mensaje, enumeró lo que presentó como cuatro beneficios concretos otorgados por la administración actual: la reducción del precio de la ropa en el mercado local, una menor carga tributaria, la posibilidad de comprar por internet sin necesidad de viajar y la libertad para adquirir divisas extranjeras.
La frase que encapsuló el espíritu de su intervención –“ya no necesitás comprar pasaje”– resonó con crudeza en un sector productivo que atraviesa una de sus peores crisis en años, con plantas que detienen su actividad y trabajadores que engrosan las listas de desempleo. La aseveración fue interpretada como un gesto de desdén hacia las graves dificultades que enfrentan empresarios y empleados del rubro.
Esta chicana digital no constituye un hecho aislado, sino que parece reflejar una postura deliberada. Días antes, durante una entrevista en un medio radial, el titular de la cartera económica ya había expresado una visión muy crítica de la producción nacional de indumentaria. En esa oportunidad, Caputo aseguró no haber adquirido nunca vestimenta en el país, calificando su costo previo como “un robo”, y señaló que quienes tenían recursos optaban por comprar en el exterior.
En sus declaraciones, describió a la industria textil como un “caso emblemático” de un sector artificialmente protegido durante demasiado tiempo, y cuestionó abiertamente la magnitud de su impacto socioeconómico al referirse de manera despectiva a “el cuento” de los miles de familias que dependen de esa actividad. Para el ministro, durante décadas los argentinos se vieron obligados a pagar precios exorbitantes por prendas y calzado, una política que tildó de “zonza” y perjudicial especialmente para los sectores más vulnerables de la población.
La reacción de los representantes del sector no se hizo esperar y cargó de severidad. Claudio Drescher, al frente de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI), fue uno de los más enfáticos en su rechazo, dirigiendo sus dardos personalmente contra Caputo. Lo acusó de pertenecer a “la casta” política y de ser una figura recurrente en gobiernos que, a su juicio, no han logrado solucionar los problemas estructurales de la economía. “Si él hubiera sido empresario, ya estaría fundido. No podría tener empresa porque no acertó ninguna de las decisiones que tomó en sus gobiernos anteriores”, afirmó Drescher, subrayando la distancia entre la retórica oficial y la realidad del entramado productivo.
De este modo, mientras el máximo responsable de la economía nacional celebra la llegada de ropa importada y fomenta el consumo digital en moneda extranjera, la industria local continúa sumergida en un profundo mar de incertidumbre, contabilizando día a día nuevos despidos y luchando por su supervivencia en un mercado cada vez más desregulado. El cruce evidenció, una vez más, la profunda grieta que separa la visión oficial de la perspectiva de un sector productivo históricamente clave para la generación de empleo.
