El objeto fabricado por el ser humano más remoto en el cosmos se aproxima a la impresionante marca de un día luz de separación de nuestro planeta. Cuando esto suceda, cada comando enviado desde la base terrestre demorará 24 horas en alcanzar la sonda, y su respuesta empleará el mismo tiempo en regresar, generando un ciclo comunicacional de dos jornadas completas.
Lanzada el 5 de septiembre de 1977 desde Cabo Cañaveral, la veterana exploradora interestelar de la NASA se ubica en la actualidad a unos 25.400 millones de kilómetros del hogar terrestre. A la velocidad que imprime su travesía cósmica, unos 17 kilómetros cada segundo, los especialistas calculan que en cuestión de meses concretará este extraordinario logro numérico.
La noción de un día luz representa aproximadamente 25.900 millones de kilómetros, la extensión que la radiación electromagnética recorre durante 24 horas desplazándose a casi 300.000 kilómetros por segundo. Que una cápsula construida con tecnología de los años setenta esté próxima a alcanzar esa magnitud permite comprender la verdadera envergadura de la aventura espacial humana y la vastedad del camino acumulado durante casi medio siglo de navegación silenciosa.
Un emisario interestelar con destino escrito entre las estrellas
La Voyager 1 emprendió su itinerario con objetivos perfectamente delineados: examinar los gigantes gaseosos del sistema exterior. En 1979 sobrevoló Júpiter, revelando detalles inéditos de sus tormentas y lunas, y al año siguiente alcanzó Saturno, cuyos anillos fueron fotografiados con un detalle sin precedentes para la época.
Agosto de 2012 marcó un parteaguas en su odisea, cuando atravesó la heliopausa, esa frontera difusa donde el influjo del viento solar cede ante las condiciones imperantes en el medio interestelar. Desde entonces navega por una región donde la presencia de partículas resulta extremadamente tenue y el entorno obedece a los campos magnéticos y la materia existente entre los sistemas estelares. Sorprendentemente, ciertos dispositivos a bordo continúan remitiendo información valiosa acerca de partículas energéticas, plasma y fluctuaciones magnéticas.
La veterana viajera incrementa su distancia respecto del Sol a razón de más de 520 millones de kilómetros anuales. Su funcionamiento depende de generadores termoeléctricos de radioisótopos que transforman en electricidad el calor liberado por la descomposición gradual del plutonio. Esta fuente energética mengua paulatinamente, obligando a los ingenieros a desconectar ciertos mecanismos para conservar operativos los instrumentos científicos que todavía entregan datos. Las proyecciones de la agencia espacial estadounidense indican que la nave podría continuar transmitiendo información hasta bien entrada la próxima década.
Un mensaje simbólico para quien pueda encontrarlo
La sonda transporta además un tesoro cultural: el célebre Disco de Oro, una cápsula del tiempo que contiene sonidos característicos de la Tierra, saludos en decenas de idiomas y expresiones musicales provenientes de diversas tradiciones. Esta pieza, concebida más como un gesto poético que como un instrumento científico, representa un mensaje simbólico destinado a cualquier inteligencia que eventualmente pudiera toparse con la nave en su deriva interestelar.
Alcanzar la distancia equivalente a un día luz no alterará ni la trayectoria ni las capacidades operativas del artefacto. Sin embargo, establece una referencia tangible sobre las dimensiones que adquiere la comunicación con el objeto más distante jamás construido por manos humanas: en breve, cualquier intercambio con esta mensajera cósmica demandará más de un día completo para completar un solo trayecto.
