El regreso del campeón del mundo a Rosario Central encontró en el duelo ante Barracas Central el escenario ideal para callar cualquier suspicacia: con un golazo y una actuación descomunal, el rosarino demostró que su vigencia no necesita favores arbitrales ni trofeos inventados para brillar en el torneo doméstico.
Si alguna vez, desde algún escritorio, imaginaron que la bienvenida a Ángel Di María al fútbol argentino requería apelar a fallos discutibles o consagraciones sin sustento, el propio rosarino se encargó de despejar cualquier duda durante la jornada dominical en el Gigante de Arroyito. Con 38 años recién cumplidos, el extremo exhibió una vigencia asombrosa que lo asemeja más a un juvenil con destino europeo que a un veterano en el ocaso de su carrera: su conquista en el triunfo por 2-0 representa apenas una muestra del repertorio desplegado sobre el césped.
En un campeonato que transita con cierta normalidad, alejado de las controversias habituales y donde incluso las propias autoridades deberían predicar con mayor mesura institucional en lugar de alimentar debates estériles desde sus cuentas oficiales, un enfrentamiento entre el Canalla y el Guapo difícilmente concitaría mayor atención. Sin embargo, el contexto previo había teñido de sospechas cualquier acción vinculada al regreso del héroe mundialista.
El control remoto de los televidentes se activó anticipadamente, buscando lupa para examinar cada jugada con lente crítico. No era para menos: se enfrentaban dos conjuntos señalados en las últimas fechas por supuestos tratos preferenciales arbitrales. Barracas arrastraba un historial cargado de decisiones polémicas desde su llegada a Primera, aunque esta vez el torrente de suspicacias terminó salpicando sin compasión a la máxima estrella del fútbol argentino.
Di María retornó al país para reencontrarse con su Central amado y recibir el cariño popular en cada estadio -reconocimiento que continúa manifestándose-, pero las múltiples acciones discutibles que rodearon su regreso transformaron en muchos el festejo en indignación. Los penales concedidos y cuestionados desde su presentación oficial ante Godoy Cruz, sumados principalmente a la entrega sorpresiva de un título de «campeón de Liga» sin precedentes ni anuncios previos, generaron un caldo de cultivo espeso.
Por eso el cruce entre rosarinos y porteños convocaba al espectador avezado a buscar conexiones con lo polémico, a esperar «algo extraño». Afortunadamente para el espectáculo, nada de aquello sucedió sobre el terreno de juego.
Tampoco es menos cierto que los protagonistas evitaron extender demasiado el suspenso. Apenas superado el quinto minuto, Facundo Bruera desvió su atención del esférico para propinar un empujón artero, con ambas extremidades dirigidas directamente al rostro de Gastón Ávila. Gabriel Chade, asistente segundo del árbitro principal, observó la infracción aunque simultáneamente argumentó lo inexistente: con su pulgar en alto, se señaló el pecho justificando una supuesta falta que jamás ocurrió.
Consciente de la patente impunidad tras una agresión que merecía revisión tecnológica, el experimentado «Gato» tomó nota mentalmente. Instantes después buscó un balón dividido con el brazo elevado impactando nuevamente en el rostro del delantero rival. Bruera, tendido sobre el césped aunque sin hemorragias, aguardó por un llamado que tampoco llegaría: resultó menos grave que la primera infracción, aunque ambos quedaron a mano con el criterio laxo de los jueces.
Durante todo el desarrollo el fútbol perteneció al conjunto dirigido por Jorge Almirón. Y el absoluto propietario del balón respondió al apellido Di María: con explosión para trasladar y gambetear incontrolables para las limitaciones visitantes, con envíos excepcionales y una visión de juego que sus compañeros desaprovecharon para ampliar la ventaja.
En el complemento se evidenció el mayor predominio canalla. Y si en la etapa inicial ya había sobresalido el rosarino, esta versión resultaría francamente inalcanzable para el adversario. A los 12 minutos estalló el Gigante: un centro de Giménez cayó en la pierna izquierda de Angelito, que abrió su cuerpo para conectar una volea que se incrustó en el ángulo. El rebote lo capturó Agustín Sandez, cuyo nuevo envío encontró la testa de Enzo Copetti superando a Miño.
Kevin Jappert quedó enganchado habilitando la jugada, aunque el diálogo con la cabina del VAR y el subsiguiente trazado de líneas impuso el suspenso característico en jornadas con semejante carga emocional. A los 23, otra intervención de la figura excluyente permitió un centro raso para Alejo Véliz, que se pasó ligeramente definiendo bajo los tres palos como pudo, aunque el esférico se marchó increíblemente junto al poste.
Superadas otras ocasiones de peligro, el broche de oro llegaría en los instantes finales. Nuevamente Di María, que se obsequió una joya para celebrar los 38 años cumplidos en la víspera. No aparenta semejante edad. Tras aprovechar un rebote en las inmediaciones del área e internarse mano a mano, el universo entero anticipó la definición que terminó ejecutando: suave vaselina por encima del achique de Miño para sentenciar la historia.
Firmó así el primer triunfo de Central en Arroyito. No hacen falta penales regalados ni consagraciones inventadas: a Angelito le sobra fútbol para demostrar que su calidad trasciende cualquier controversia.
