En una conferencia de prensa estrictamente guionada en el edificio Centinela, el cabo Nahuel Gallo agradeció al Ejecutivo y evitó mencionar a los verdaderos artífices de su regreso. El show mediático no logró disimular la inercia oficial ni el incómodo protagonismo de Claudio «Chiqui» Tapia y la dirigencia venezolana.
En un ambiente de tensión controlada y mensajes prefabricados, el cabo primero Nahuel Gallo rompió el silencio este martes en el edificio Centinela, sede de la Gendarmería Nacional, en lo que intentó venderse como una rueda de prensa espontánea pero que, a todas luces, respondió a un meticuloso libreto oficial. Las directrices fueron claras y contundentes: agradecer al gobierno de Javier Milei y a la fuerza de seguridad, y bajo ningún concepto mencionar a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) ni a su máximo dirigente, Claudio «Chiqui» Tapia.
La escena, que rozó lo esperpéntico por su rigidez, tuvo como protagonista a un Gallo visiblemente incómodo, quien repitió como un autómata las consignas que, según trascendió, le fueron inculcadas durante los días previos en los que permaneció aislado en el sexto piso de la dependencia. El relato del gendarme, que pasó más de un año y medio detenido en el temido centro de detención Rodeo I en Venezuela, estuvo desprovisto de toda emoción genuina y cargado de frases hechas que buscaban ubicar al Poder Ejecutivo como el único gestor de su libertad.
El acto contó con la presencia estelar de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva; el canciller Pablo Quirno; y el director nacional de Gendarmería, Claudio Brilloni. La foto de familia pretendía ser la postal de un triunfo diplomático, pero el contexto evidenció una realidad incómoda: mientras la administración libertaria se dedicaba a repetir denuncias infructuosas y a mantener una relación rota con Caracas, fueron otros actores los que movieron los hilos para traer de vuelta al uniformado.
Las palabras prohibidas y los silencios cómplices
Con un discurso titubeante pero disciplinado, Gallo inició su declaración afirmando que había solicitado él mismo dar su testimonio, un intento burdo por despejar las sospechas de manipulación. «Ayer, hablando con la ministra, con mi jefe, yo pedí dar mi palabra», repitió en un afán por convencer a los presentes. Acto seguido, cumplió con la orden principal: «Me han hecho saber en el Estado venezolano que el Estado argentino pidió por mí. Me enorgullece muchísimo». Sin embargo, la realidad que reconstruyen fuentes parlamentarias y diplomáticas es diametralmente opuesta.
La liberación del cabo no fue fruto de la presión del Ministerio de Seguridad ni de la Cancillería argentina, que permaneció inmóvil y desorientada. El mérito recayó en una intrincada negociación paralela liderada por el exembajador Oscar Laborde, la diputada Marcela Pagano y su esposo, Franco Bindi, quienes establecieron un canal de diálogo directo con la cúpula del régimen bolivariano, particularmente con la presidenta Delcy Rodríguez y el titular de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez. El eslabón final lo aportó la AFA, a través de la relación de Claudio Tapia con Jorge Giménez Ochoa, presidente de la Federación Venezolana de Fútbol y estrecho colaborador del círculo íntimo de Delcy.
Mientras el canciller Quirno agradecía efusivamente a Estados Unidos e incluso a Israel por supuestas gestiones que jamás realizaron, el avión que trasladaba a Gallo de regreso a suelo argentino ya había despegado desde Caracas, fletado y gestionado íntegramente por la casa madre del fútbol argentino. La ironía alcanzó su punto máximo cuando el propio Quirno se enteró del regreso del gendarme a través de la red social X.
La fragilidad de un gendarme y la fuerza del uniforme
La situación de vulnerabilidad de Nahuel Gallo fue el caldo de cultivo perfecto para que el libreto se cumpliera sin fisuras. El efectivo, que enfrentó torturas psicológicas y un aislamiento extremo en Venezuela, depende absolutamente de la Gendarmería para su subsistencia y la de su familia. Su esposa, María Alexandra Gómez, fue incorporada a trabajar en un casino de suboficiales de la fuerza durante el cautiverio de Gallo, lo que garantizó la manutención de su hijo Víctor. Este contexto de necesidad y la vocación de servicio del cabo por permanecer en la institución lo colocaron en una posición innegociable: obedecer o arriesgar su frágil estabilidad laboral.
Por ello, el mensaje fue milimétrico. Agradeció al gobierno, dedicó unas breves palabras para describir el infierno de Rodeo I y pidió a las organizaciones internacionales que no olviden a los que quedaron allí, pero omitió deliberadamente cualquier referencia a los verdaderos gestores de su libertad. La conferencia se disolvió tan rápido como comenzó, sin espacio para preguntas, tal como se les había anticipado a los periodistas acreditados.
El operativo de prensa, lejos de capitalizar el regreso del héroe, destapó la inacción de un gobierno que hizo de la causa Gallo una bandera discursiva pero que, a la hora de los hechos, miró para otro lado. La AFA, una institución a la que el oficialismo suele mirar con recelo, se convirtió en la llave que abrió las puertas de la cárcel venezolana. El intento de apropiarse del relato del rescate naufragó en su propia torpeza, dejando al descubierto que, en esta historia, los verdaderos héroes no visten uniforme verde, sino que usan los colores de la selección y manejan los hilos de una diplomacia paralela que el poder formal fue incapaz de tejer.
