A medio siglo del golpe, la memoria se tensa entre el desaliento y la urgente necesidad de refundar el relato

A medio siglo del golpe, la memoria se tensa entre el desaliento y la urgente necesidad de refundar el relato

En el umbral del 24 de marzo, sobrevivientes, historiadores y militantes advierten que las viejas palabras ya no alcanzan. Frente a un modelo económico que reproduce las lógicas de la dictadura y una dirigencia opositora que no logra reencantar, el desafío es reconstruir un nuevo lenguaje que convoque a las generaciones jóvenes sin caer en el consignismo agotado.

Lo que se despliega ante los ojos en el tablero político actual debería obrar como un llamado de atención suficiente para que un sector de la sociedad —aunque se trate de minorías apasionadas— logre inscribir esa coyuntura en el marco del quincuagésimo aniversario del quiebre institucional de 1976. Porque esa efeméride no es un simple punto en el calendario, sino una bisagra que invita a poner en contexto este diseño de nación empobrecida, sumergido en lo que podría denominarse como un exterminio de la industria. Un territorio concebido para que, en el mejor de los escenarios, apenas un tercio de sus habitantes acceda a sus beneficios. Cerca de 47 millones de personas no tienen cabida, ni remotamente, en el entramado oligárquico que privilegia únicamente la producción agroexportadora, los recursos energéticos, la explotación minera y la especulación financiera, sumado a una economía de servicios y conocimiento reservada para una franja ínfima de la población.

En términos relativos, el escenario replica con exactitud lo que los mandos castrenses y José Martínez de Hoz pusieron en marcha en 1976, cuando la población rondaba los 25 millones y el modelo también se pensó para una porción reducida. Entonces surgieron actividades y desafíos tecnológicos que en aquel momento resultaban inimaginables, pero en el fondo, lo que hoy se observa no hace más que reproducir con asombrosa fidelidad —incluso con una profundización mayor— aquellos patrones.

Lo que hace particularmente insoportable esta versión contemporánea es que fue refrendada en las urnas y aún conserva respaldo popular, ya sea amplio o significativo, a pesar de las lecciones que dejaron las experiencias pretéritas. En el trayecto de estas cinco décadas desde la asonada cívico-militar-eclesiástica, o en los 43 años transcurridos desde la restauración democrática, se han hecho cosas loables y otras, muchas, tan reprochables que hoy transitamos por un engendro extremista.

Parecería que atravesamos la peor etapa, producto de una combinación potencialmente letal: una crisis agudizada, el derrumbe de las expectativas económicas y la superposición con episodios de corrupción. Este último factor se ve agravado por el impacto mediático —¿insólito?— que recibe en los medios afines al oficialismo. De esta manera, queda en evidencia que el poder real, aquel que detentan las corporaciones económicas, ya observa con cierto desdén o recelo a la figura decorativa que supo servirle sin reservas durante los últimos dos años y medio.

Mientras tanto, el bloque opositor, en su conjunto, no acierta con la fórmula para volver a entusiasmar, ni tampoco para recomponerse. El miércoles pasado, durante el encuentro en el Centro Cultural de la Cooperación, donde se conjugaron tantas emociones como reflexiones alejadas de los discursos prefabricados, quien suscribe rescató una nota de María Seoane publicada en Caras y Caretas con motivo del cuadragésimo aniversario del golpe. Allí se afirmaba que los negacionistas argentinos —periodistas, intelectuales y algunos funcionarios del entonces gobierno de derecha de Mauricio Macri— buscaban ocultar algo más que los crímenes: pretendían barrer con la memoria histórica de los motivos que los originaron. Si se descorría ese velo de asesinatos, torturas, apropiación de menores, secuestros y expoliación, aparecían los beneficiarios directos de la “guerra sucia”: los dueños del poder económico nacional y transnacional, tanto del pasado como del presente. Eso se escribía en 2016.

Esa tendencia no hizo más que intensificarse y, tal como se señaló en Página/12 al reeditar el artículo de Seoane, aquello que hace apenas una década era una posición marginal y provocadora pasó a ocupar el centro de la escena en el tratamiento oficial y mediático de lo que fue la dictadura. Pero en rigor, se refuerza su carácter monstruoso porque, como sostiene la historiadora Marina Franco, ya ni siquiera se trata de negacionismo. Es más grave, porque ahora ya no niegan: justifican lo ocurrido apelando al relato de que se combatió a “la subversión”, cuando en realidad esa fuerza ya estaba completamente derrotada, como los propios militares habían admitido en diciembre de 1975, tal como lo expresó Santiago Omar Riveros, comandante de Institutos Militares, ante la Junta Interamericana de Defensa en Estados Unidos.

Nos preguntamos entonces cómo fue posible que avanzaran hasta este extremo. Cómo es posible que llegaran a poner en tela de juicio uno de los motivos de orgullo más conmovedores de nuestra historia: el juicio a las Juntas, la condena a los perpetradores, todo aquello que nos llena de orgullo cuando decimos en el mundo que somos argentinos. Y nos replanteamos si acaso la pregunta no debería ser qué nos ocurrió a nosotros para que ellos pudieran consumar esta atrocidad lúgubre.

Pasamos buena parte —quizás la mayor— de nuestra trayectoria periodística sosteniendo que había que dejar de convencernos únicamente entre los ya convencidos. Que era necesario ampliar el espectro, llegar a nuevos públicos, seducir fuera del lenguaje panfletario, las frases hechas y las consignas de ocasión. Y por supuesto que eso sigue siendo imprescindible. Más necesario que nunca. Pero también ocurre que es menester fortalecernos y revitalizarnos entre los propios convencidos, porque resulta que muchos de ellos eran y son supuestos. Bajamos la guardia creyendo que las convicciones estaban ya asentadas para siempre, y así se colaron por casi todos lados y, lo más perturbador, entre las nuevas generaciones.

En este sentido, resulta imperdible y sobrecogedora una entrevista realizada por el colega Andrés Miquel, publicada en la edición del viernes por Buenos Aires/12. Emilce Moler, sobreviviente de La Noche de los Lápices, despliega allí una serie de conceptos profundos y desafiantes acerca de cómo analizar y proyectar este aniversario emblemático. Desde el título mismo, la interpelación es directa: “Habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras”. Moler alude a la crisis de términos y significados en el ámbito de los derechos humanos. Sostiene que es necesario el surgimiento de nuevas generaciones que hablen con el lenguaje actual, porque no podemos seguir explicándoles durante minutos u horas lo que fue la dictadura como venimos haciendo, ya que no nos escuchan, no comprenden las palabras, no entienden qué significa negacionismo o crímenes de lesa humanidad, según relata desde su experiencia, que no es una cualquiera: es la de alguien que, vale subrayarlo, sobrevivió a La Noche de los Lápices.

“Nosotros también fuimos irreverentes —señala—, pudimos aprender y ser sensibles, y entonces tenemos que volver a reconstruir eso. Pero no alcanza con repetir los símbolos como un karma”. Tejer ese nuevo mensaje, aclara, no significa dejar de señalizar calles, colocar baldosas, enjuiciar a los genocidas o construir más sitios de memoria. Eso está y debe continuar estando, pero agrega: ¿cuál es la agenda que le proponés a los pibes para que vengan a militar los derechos humanos? Hoy estamos a la defensiva, y hay que volver a estar a la vanguardia.

Moler añade que cuando se le pregunta a un joven por los derechos humanos, puede responder que es una consigna. O bien, una consigna kirchnerista. Pero sucede que los símbolos y las consignas se desgastan, y por eso hay que recrearlas y alimentarlas. La democracia consolidada en más de cuatro décadas “está en un punto crítico” y los militantes, frente a la gestión actual, quedaron “perplejos, atónitos, paralizados”. Es lo peor que le puede ocurrir a un militante, “y no se puede salir de ahí porque, cuando se cree que el Gobierno ya hizo todo, hay un paso más”. Reclama que vuelva la empatía con el de al lado, al preguntarse desde cuándo un pobre piensa que está como está por culpa de otro pobre y no por los poderosos. Advierte que se rompió la Matrix de lo consensuado, y previene que la reconstrucción no debe imponerse desde conceptos que “quizás ya no despiertan empatía”.

Dejamos para el final de esta cita su referencia a las nuevas luchas y, entre ellas, el feminismo. También aquí cabe agregar que ese fenómeno debe analizarse en perspectiva histórico-estructural y no mediante el señalamiento de que algunas convocatorias y actitudes se extralimitaron, como si lo accesorio reemplazara a lo central. Como indica Emilce a modo de ejemplo, ella —y la inmensa mayoría— no vio venir la ola verde que irrumpió con familias y partidos políticos divididos. Chicas con el pañuelo verde en escuelas católicas. “Creo que se viene algo así. Algo que nos va a sorprender”.

Uno no sabe si su fe tiene razón. ¿Cómo podría saberlo? Pero sí sabe que nada bueno ocurrirá si nos deja vencer el derrotismo.

Este martes 24, todavía sin liderazgos definidos, con una oposición dispersa, desconcertados y absortos por esta situación casi inenarrable que gobierna la Argentina o, al contrario, precisamente por eso, tendremos la oportunidad de demostrar que somos muchísimos al salir a la calle aferrados a lo esencial. Que la memoria no se extingue por decreto. Ni por las desclasificaciones de la SIDE que les resultan convenientes. Ni por nada de lo que intenten o consumen.

Seamos muy directos. Ellos se reconocen en un nosotros. Y nosotros, con todas nuestras internas absurdas, con todas nuestras ausencias, con todos nuestros déficits atravesados por el simple hecho de denunciar lo que ellos hacen, todavía no reconstruimos el para qué. Pero sí disponemos del con qué. En potencia, pero disponemos.

Eso es lo que hay que mostrar este martes, para poner a prueba nuestros reflejos activos. Dirán que es una cuestión de ese día y nada más, que se agotará allí. No dejemos que tengan razón.

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