Paradojas y silencios: el homenaje de Milei a los caídos de Malvinas en la antesala de un viaje a Londres

Paradojas y silencios: el homenaje de Milei a los caídos de Malvinas en la antesala de un viaje a Londres

Mientras el Presidente participaba del acto conmemorativo en Plaza San Martín, dos empresas extranjeras —una israelí y otra británica— comenzaban la explotación petrolera en la cuenca Norte del archipiélago sin que el gobierno argentino elevara una sola queja oficial. La ceremonia, teñida de contradicciones, evidenció además la utilización política de la gesta para apuntalar a un funcionario cercano al mandatario, acorralado por denuncias de corrupción.

En un escenario signado por la incongruencia, el tributo del 2 de abril encabezado por el presidente Javier Milei generó más interrogantes que certezas. La conmemoración de la guerra de Malvinas adquirió ribetes de paradoja irresoluble cuando se constató que el mismo mandatario que elogia abiertamente a la ex primera ministra británica Margaret Thatcher —la artífice de la respuesta militar que hundió la dictadura argentina en 1982— prepara una visita oficial a Londres para los próximos días. Esta superposición de gestos tornó el acto en un espectáculo de credibilidad tan frágil como las propias declaraciones oficiales sobre la supuesta caída de la inflación y la pobreza.

Pero el sinsentido no terminó allí. Mientras las banderas ondulaban en la plaza y los discursos exaltaban la soberanía perdida, en la cuenca Norte del archipiélago las petroleras Navitas y Rockhopper ponían manos a la obra en el yacimiento de Sea Lion. La primera tiene sede en Israel —nación que concita la admiración casi obsesiva del Presidente— y la segunda es de origen británico. Ambas comenzaron a extraer hidrocarburos del subsuelo argentino, pertenecientes por derecho al pueblo de esta nación, sin que desde el Palacio de Gobierno se escuchara advertencia diplomática alguna ni una mínima protesta. El silencio del poder ejecutivo resultó tan ensordecedor como revelador.

Un análisis más profundo permite trazar un paralelismo incómodo entre la gestión libertaria y los militares que condujeron el país durante el Proceso de Reorganización Nacional. Tanto la dictadura como el actual gobierno comparten una ideología que los subordina estratégicamente a Estados Unidos, y como consecuencia directa de esa dependencia, exhiben un absoluto desinterés por la cuestión malvinera. No se trata de una casualidad, sino de una línea de continuidad ideológica que prioriza los alineamientos internacionales por sobre los reclamos territoriales históricos.

En el caso puntual del acto del 2 de abril, la ceremonia fue aprovechada por el mandatario para otorgar visibilidad a Manuel Adorni, su vocero, quien se encuentra acosado por graves imputaciones de corrupción y con su reputación en franco deterioro. La maniobra remite a la misma lógica utilizada por la dictadura en 1982, cuando la recuperación de las islas nunca fue el objetivo real, sino una cortina de humo para recomponer el respaldo social que las Fuerzas Armadas habían dilapidado. Aquella operación propagandística derivó en un proceso de desmalvinización colectiva: la ciudadanía se sintió estafada y manipulada por unos uniformados que terminaron entregando a los soldados a una guerra sin condiciones.

Aunque el peronismo mantuvo durante décadas una ilusión acrítica respecto de la existencia de sectores nacionalistas dentro de las Fuerzas Armadas —especialmente entre la oficialidad joven—, la evidencia histórica demuestra que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial esa corriente fue perdiendo peso hasta desaparecer por completo. Con el inicio de la Guerra Fría, Washington impulsó un proceso sistemático de captación de los militares latinoamericanos, apartándolos de su función institucional como garantes de la defensa nacional para convertirlos en una suerte de policía política al servicio de la Doctrina de Seguridad Nacional. El golpe antiliberal de 1955 constituyó un punto de quiebre, y durante las décadas del sesenta y setenta el continente se infestó de regímenes castrenses de características homogéneas, todos ellos funcionales a los intereses hegemónicos del norte.

La operación Malvinas de 1982 no tuvo jamás como propósito genuino la recuperación de las islas, sino la utilización del conflicto como recurso propagandístico para rehabilitar la imagen de unos gobernantes de facto que se desangraban en impopularidad. Resulta superficial creer que existía algún plan serio de reconquista cuando el principal aliado era el general Alexander Haig, secretario del Departamento de Estado norteamericano. El célebre informe Rattenbach fue contundente al demostrar que ninguna intención real de recuperar el archipiélago podía sostenerse con soldados sin instrucción, mal equipados para el frío y la turba, armas obsoletas y en pésimas condiciones, y transportes que resultaban inútiles en el terreno malvinense. La estrategia defensiva, según aquel documento, fue improvisada en el último minuto.

La verdadera epopeya fue protagonizada por jóvenes de 18 y 19 años, con escasa preparación castrense, mal armados, mal alimentados y peor vestidos, pero animados por un profundo sentido patrio. Esos muchachos enfrentaron con valentía a soldados británicos profesionales y veteranos de otros campos de batalla. Muchos de ellos habían sido estaqueados, enterrados vivos o sometidos a toda clase de castigos por oficiales que sentían más simpatía por el adversario que por sus propios subordinados, formados como estaban en una mentalidad colonial trasnochada. Porque la decisión de ir a la guerra en esas condiciones no fue honesta, resultó profundamente perjudicial para el reclamo argentino en todos los planos —militar, internacional y doméstico— y dejó en el pueblo la sensación amarga de haber sido engañado mediante la manipulación de una causa legítima y sentida.

Quienes hoy califican estas críticas a la actuación de la dictadura como un mero gesto de “progresismo” revelan, en realidad, un pensamiento colonizado que concibe lo nacional como una sucesión de gestos vacíos: desfiles, banderitas y hechos aislados, en lugar de políticas concretas y sostenidas en el tiempo. Es cierto que hubo acciones valerosas por parte del sector profesional de las Fuerzas Armadas, sobre todo en la Fuerza Aérea, pero esas gestas individuales no modifican el cuadro de fondo, porque se inscribieron en un contexto de caos absoluto y ausencia de estrategia.

La subordinación incondicional del gobierno actual a sus alianzas internacionales se expresa también en la reciente adquisición de aviones F-16, un modelo obsoleto y sin equipamiento eficaz de combate debido a las condiciones impuestas por Gran Bretaña. Vale recordar que el Reino Unido, junto con Estados Unidos, es socio principal de la OTAN. En las antípodas de esta política dependiente, el Brasil de Lula da Silva acaba de anunciar la fabricación de cazas de última generación mediante un plan de desarrollo nacional autónomo e independiente.

En las islas, los kelpers —enriquecidos con los derechos de pesca que comenzaron a cobrar después de la guerra— se aprestan ahora a recibir también los dividendos de la explotación petrolera. La disputa de Donald Trump con los socios tradicionales de la OTAN genera inquietud entre algunos isleños, ya que los conflictos internacionales contemporáneos se orientan cada vez más hacia el control de los corredores comerciales, como ocurre con Groenlandia, los estrechos de Bab el Mandeb y Ormuz, o el canal de Panamá. Malvinas ocupa un lugar estratégico fundamental por su dominio sobre el estrecho de Magallanes y su proyección hacia la Antártida, y los propios kelpers temen que Trump termine desalojando a los británicos para instalar allí su propia base militar. Por otra parte, Irán se ha convertido en una encrucijada entre Europa, Asia y el Cercano Oriente, y las disputas que protagoniza —especialmente con Israel— buscan precisamente controlar el flujo comercial por esa vía por donde sale gran parte del petróleo mundial.

El viaje de Milei a Gran Bretaña fue anunciado con considerable antelación. La información oficial sostiene que el Presidente buscará romper las restricciones vigentes para adquirir armamento y que aspira a cerrar un acuerdo de libre comercio con los ingleses. En paralelo, el gobierno extrajo del país —y se sospecha que depositó en el Banco de Londres— toneladas de oro pertenecientes al Banco Central. El alineamiento automático con Estados Unidos e Israel está desmantelando, uno tras otro, los consensos diplomáticos que durante décadas respaldaron los reclamos argentinos por las islas. Primero fueron los países árabes los que se resintieron cuando Milei anunció que trasladaría la embajada argentina en Israel a Jerusalén. Luego llegó el turno de las naciones africanas, cuando la delegación argentina se sumó a Estados Unidos e Israel para oponerse a una declaración de repudio contra el esclavismo.

En todo el mundo solo subsisten diecisiete enclaves coloniales, la mayoría de ellos en América y el Caribe. Pero Malvinas es el único que se encuentra en disputa con el país al que su territorio pertenece por derecho propio. El reclamo argentino forma parte de una lucha anticolonial más amplia. La creciente militarización del Atlántico Sur y la disputa global por el control de las rutas comerciales han endurecido el rechazo británico a devolver las islas, lo que exigiría una reacción similar del lado argentino. Sin embargo, el gobierno de Milei sigue al pie de la letra los posicionamientos de Estados Unidos, sin asomo de autonomía.

La importancia estratégica de Malvinas por su rol en el paso biocéanico y su proyección antártica no ha recibido la atención institucional que merece. La única protesta por la explotación petrolera de las empresas anglo-israelíes provino de la provincia de Tierra del Fuego, a la cual pertenece el archipiélago. Durante la vigilia realizada desde la noche anterior en la ciudad de Río Grande, participaron los gobernadores Gustavo Melella, Ricardo Quintela y Axel Kicillof, todos ellos enfrentados al gobierno de Milei. Los dos actos —el oficial en Plaza San Martín y el fueguino en Río Grande— mostraron con crudeza que existen dos visiones antagónicas sobre el concepto de soberanía, el sentido del reclamo y la defensa del interés nacional. Una de ellas está dispuesta a poner el pecho; la otra, a mirar hacia otro lado mientras se llevan el petróleo.

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